Nos guste o no, somos hijos culturales de la Antigua Grecia. Igual que lo somos del Imperio Romano y de la Religión Cristiana. Esta influencia de la antigua Hélade no se reduce solo a las preferencias estéticas o la posición de ideal que mostramos hacia ese Mundo Clásico, sino que también en lo que respecta al arte de la Política y la terminología utilizada.

Aunque la materia, indudablemente, se ha sofisticado, especializado y adaptado a las circunstancias de cada época ulterior, el estudio de los distintos sistemas políticos y la terminología con la que los denominamos es hijo de las clasificaciones que hicieron Platón y su discípulo Aristóteles, siendo la de este último la más completa.

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No pretendo aburrirles esgrimiendo toda la clasificación que realizó el Estagirita, por lo que me centraré en la Demagogia, la degeneración de la Democracia, definida por este como «la forma corrupta de la Democracia que lleva a la institución de un gobierno tiránico que lleva al gobierno de unos pocos en nombre del pueblo».

Queridos lectores, esto es básicamente lo que estamos viviendo hoy en día en Occidente, en especial en nuestros europeos Estados de Partidos. Para contrarrestar esto, Aristóteles propuso la Politeia o forma de gobierno que conjuga elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos. Hoy, me permito narrar muy brevemente un ejemplo histórico de cómo la demagogia puede llevar a la paranoia colectiva: la Florencia cuya conciencia era Girolamo Savonarola.

Florencia es maravillosa. No tiene, quizás, la grandeza de Roma, pero al visitar la Plaza del Duomo, el Palacio Vecchio o la Catedral de Santa María del Fiore –con su supina cúpula- cree haber viajado en el tiempo hacia la época de Lorenzo el Magnífico, Bocaccio, Maquiavelo, Da Vinci, Miguel Ángel etc.

Si no han tenido la suerte de visitarla, siempre pueden verla en la película Hannibal, aunque el suspense está asegurado. Pues bien, desde el siglo XII, Florencia estaba gobernada por un sistema de República Oligárquica, basada en la romana, en la que ciertas familias patricias ostentaban el poder.

Pese a la Leyenda Negra sobre la Edad Media, la Christianitas jamás se olvido de la Antigua Roma y mucho menos en Italia. Durante el siglo XV, la archifamosa familia prestamista de los Médici fue ganando influencia en la política florentina y llegaron a ser los prestamistas principales de la Santa Sede, entre otras cosas.

La locura colectiva se apoderó de la ciudad y los males de la época de los Médici se convirtieron en el Paraíso al lado de este Estado Prototalitario y hereje de Savonarola

Con Lorenzo el Magnífico como hombre fuerte de la república (1469-1492), la República Florentina llegó a su esplendor económico –merced a las finanzas y la rica industria textil- a la par que se iban realizando distintas reformas que otorgaban cada vez más poder a Lorenzo y a su círculo de influencia formado por burgueses. Aunque la nobleza, liderada por Francisco de Pazzi y con el apoyo papal, intentó frenar esta deriva, sus esfuerzos fueron en vano.

Lorenzo de Médici, asentado ya indiscutiblemente en el poder, se dedicó a costear caros proyectos artísticos y banquetes suntuosos con el dinero que lograba exprimiendo a las clases populares. Solo su carisma, respeto popular y redes de poder le permitieron seguir en la cúspide de la política florentina hasta su muerte en 1492.  A su muerte le sustituyó su hijo Pedro, menos capaz e impopular. Aquí es cuando entra en escena Girolamo Savonarola.

Girolamo Savonarola era un dominico que en 1490 se hizo cargo de la parroquia de San Marcos. En verdad, sus conocimientos de Teología eran nulos y deseaba imponer su visión de cómo debía ser la sociedad ideal, utilizando la fuerza de ser preciso. Desde su púlpito, criticaba la corrupción del Papado, anunciaba el fin de los tiempos y encendía a un pueblo expoliado por la oligarquía contra los lujos de las clases comerciales dirigentes.

En 1494, las huestes del rey francés Carlos VIII entraron en Italia. El monarca, reclamaba para sí por relaciones familiares el trono de Nápoles y añoraba hacerse con la riqueza de los estados italianos bajo la excusa de tener una posición geoestratégica más propicia para preparar una cruzada contra el Turco y reconquistar los Santos Lugares.

El 8 de noviembre de ese mismo año, las tropas francesas entraron en Florencia y, el pueblo, enfurecido tras años de expolios y exhortados por Savonarola, depuso a los Médici, que se vieron obligados a exiliarse.

Savonarola y sus seguidores –bajo la protección de Francia- tomaron el poder y crearon una suerte de Teocracia. Se prohibió la usura –acabando con el sector financiero, el gran tejido económico de la ciudad- y se extirpó de la administración a los cercanos a los Médici. Los homosexuales fueron quemados en la hoguera, se prohibieron los perfumes, los espejos, el alcohol y el juego.

Las obras de Petrarca o Bocaccio, amén de obras clásicas de la antigüedad grecorromana, quemadas en una gran hoguera. La locura colectiva se apoderó de la ciudad y los males de la época de los Médici se convirtieron en el Paraíso al lado de este Estado Prototalitario y hereje de Savonarola, antecesor de la locura colectiva que se viviría en la Ginebra de Calvino unas pocas décadas después.

Hereje, porque quiso imponer la virtud cristiana por la fuerza y la coacción, y porque pretendía crear el Reino de Dios en la Tierra olvidándose del Mi Reino no es de este Mundo del Evangelio. Los hechos acaecidos en Florencia conmocionaron a toda la Cristiandad. Alejandro VI –el archifamoso Rodrigo Borgia- harto de los desmanes del dominico, le declaró hereje, le excomulgó y amenazó al pueblo florentino con la excomunión general. Los apoyos de Savonarola se desvanecían y la República era un auténtico desastre. Finalmente fue arrestado y ejecutado el 22 de Mayo de 1498. Los Médici no volverían a Florencia hasta 1512.

Ahora, ¿por qué les he contado todo esto? Lo que nos enseña este ejemplo histórico es que siempre que se intenta crear el Paraíso en la tierra, apelando a enfados justificados por una mala situación citerior, el resultado es el caos, el totalitarismo, el liberticidio y, en definitiva, la miseria. Da igual que sea la Revolución Francesa, la Comuna de París, la Alemania Nacionalsocialista o la Rusia Soviética. Los años de caos y locura colectiva se pasaron en Florencia pero, el retorno de los Médici y la nueva situación geopolítica en la Cristiandad comportaron la cada vez mayor insignificancia de Florencia en el Teatro Europeo. No copiemos su nefasto ejemplo…

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