El siglo XIX fue la época dorada de los exploradores. Los británicos David Livingstone y sir Richard Burton cobraron fama mundial con el descubrimiento de las cataratas Victoria y el lago Tanganika, respectivamente. Pero sería un suizo, Johann Ludwig Burckhardt, quien llevaría a cabo uno de los hallazgos más espectaculares de la historia de la arqueología. Hoy se debate si dicho hallazgo fue sólo fruto del azar o si en cambio se debió al empeño personal de Burckhardt. Poco importa, la verdad, porque gracias a él hoy conocemos Petra.

Lo cierto es que algo barruntaba Burckhardt. De hecho, cuando la Association for Promoting the Discover of the Interior Part of Africa le contrató para que recorriese Egipto y desde allí explorase las regiones desconocidas del interior del continente, el suizo ya contaba con un as en la manga.

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Sabedor del peligro que entrañaba el viaje para un occidental, Burckhardt estudió a fondo el Corán y las tradiciones orientales y aprendió árabe a la perfección. Así las cosas, se aventuró solo durante años por toda aquella zona, haciéndose pasar por musulmán. Pero había más.

Fue a raíz de uno de sus viajes acompañando a una caravana donde pudo constatar la veracidad de lo que le contase años atrás en Londres un oficial de fusileros retirado que había servido en Egipto. Según aquel viejo militar, circulaba entre los beduinos la historia de un lugar que en una traducción aproximada vendría a llamarse “La Ciudad de Piedra Escondida”.

Hoy aún pueden verse restos de las tuberías de cerámica a través de las cuales los nabateos conducían su bien más preciado: el agua

Con la sospecha de que podría tratarse de la capital del antiguo imperio nabateo, Burckhardt emprendió su búsqueda, y venciendo las reticencias iniciales de los lugareños, pudo contar con los servicios de un guía que le condujese a un sitio “especial donde sacrificar una cabra para mayor gloria de Alá”. El sito en cuestión no era otro que el Templo de los Leones Alados, uno de los que conforma el enclave de Petra.

Se conservan dibujos del propio Burckhardt, así como acuarelas de la primera mitad del XIX realizadas por uno de los maestros del romanticismo inglés, David Roberts, de cómo era la Petra cuando aún dormía en la noche de los tiempos. Por ellos sabemos que la ciudad tenía prácticamente el mismo aspecto majestuoso que aún presenta, aunque acusando las huellas del paso de los siglos. Hoy aún pueden verse restos de las tuberías de cerámica a través de las cuales los nabateos conducían su bien más preciado: el agua.

Esas tuberías partían de aljibes subterráneos cuya ubicación sólo unos pocos conocían. También controlaban el tráfico de sal y de betún procedente del Mar Muerto, y dada su privilegiada situación, cualquier caravana que quisiera atravesar el desierto tenía que pasar por allí. Hoy son otros los que lo hacen: hordas de turistas venidos de medio mundo, deseosos de admirar uno de los lugares más increíbles del planeta. Ni uno solo de ellos deja de sobrecogerse ante la visión que surge de improviso al final del largo desfiladero del Siq: la fachada del denominado “Templo del Faraón”, santo y seña de Petra. Verlo al amanecer es absolutamente impresionante.

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