El cardenal emérito Carlo Caffarra

¿Por qué ningún  hombre puede seriamente dirigirse a una mujer y decirle: “te amo con todo mi ser durante media hora?”

¿Se puede amar sinceramente sólo durante un periodo, más o menos largo pero limitado, o se trata de un engaño?

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Son preguntas que se plantean muchos jovenes en Occidente cuando conocen a una chica o piensan el matrimonio.  O dicho de otra forma, ¿es verdadera unión conyugal una unión efímera o rompible?

Carlo Caffarra, cardenal arzobispo emérito de Bolonia, responde a esa palpitante cuestión, con argumentos antropológicos. Lo ha hecho en una conferencia, sobre Matrimonio y libertad, que ha pronunciado en la Universidad Católica de Ávila.

¿Por qué el “para siempre” es intrínseco a la lógica del amor conyugal? se pregunta el cardenal.

Y explica, porque en una relación de pareja estamos ante “una experiencia de pertenencia recíproca de dos personas. He dicho personas. Este es el punto central de la antropología que subyace en la  doctrina cristiana del vínculo conyugal”.

“Una persona sólo puede pertenecer a otra mediante el don de sí misma”

¿Y qué quiere decir persona? Que ésta “puede pertenecer a otra solo

mediante el don de  sí misma  al otro. Esta forma de pertenencia tiene una especificidad que la hace  única. La persona puede donar al otro lo que tiene;  o puede donarse a  sí misma”.

Si donas (o regalas) al otro lo que tienes, ese regalo se puede medir: “es cuantificable, mensurable”.

A un pobre –explica Caffarra- puedo donarle 100 ó 1.000  euros; puedo, si soy médico, ponerme a  disposición de Caritas para ejercer gratuitamente la profesión un día o tres días a la semana”.

"El beso", la famosa fotografía de Robert Doisneau
“El beso”, la famosa fotografía de Robert Doisneau

Pero si en lugar de donarle lo que tienes, te donas a ti mismo, tu persona, entonces eso no es medible.

Es decir “el ‘SÍ MISMO’, el propio yo no es cuantificable: o el don es total o es  nulo. O todo o nada. El yo es espíritu subsistente, y el espíritu no es ‘extenso’, no  es un  quantum que pueda medir”.

Añade Caffarra que, por esa razón, el vínculo conyugal implica aceptar al otro por completo, y darse al otro por completo. “Implica la totalidad del don, debe asumir el tiempo, el transcurrir del tiempo”.

La pertenencia del uno al otro, creada por el don de sí, recoge “en el instante del intercambio del libre consentimiento todo el transcurrir del tiempo ‘hasta que la muerte nos separe’. Este es el significado más profundo del ‘para siempre’”.

Eso explica que no tenga sentido hablar de una entrega a plazos, de un amor por tiempo limitado, de una unión para media hora, o dos años o diez…

Si aceptamos que estamos hablando de personas,  que sólo pueden pertenecer a otro con el don de uno mismo, comprenderemos la profundidad y el alcance de una unión entre hombre y mujer para siempre.

El problema –señala el cardenal- es que el actual pensamiento dominante  de Occidente no considera al hombre como persona, sino como individuo.  

Si el hombre es individuo, imposibilitado para dar un paso más allá de sí mismo, sólo puede relacionarse con el otro mediante el contrato y éste es rompible

Y “si el hombre es un individuo, estructuralmente imposibilitado para dar un paso más allá de sí mismo, puede relacionarse con otro solo en la forma del contrato”.

Y un contrato, “por su propia naturaleza es rescindible por parte de los contrayentes”.  Eso es, tal cual, lo que ocurre con muchos matrimonios de Occidente.

El problema que tienen es que “no existe un vínculo de  carácter ontológico entre individuos. Hablar de una realidad matrimonial como el vínculo que toca al ser mismo de la persona, no tiene sentido”.

No por casualidad, subraya Carlo Caffarra, “el Santo Padre Francisco ha hablado de una Guerra Mundial contra el matrimonio”.

¿Qué se puede hacer entonces? ¿Qué respuesta da la Iglesia a este  problema que afecta a numerosas parejas de Occidente, o a los jovenes que buscan novio?

El cardenal señala que la Iglesia debe poner en práctica dos estrategias.

Por un lado, hacer una verdadera pastoral del vínculo, como pide el Papa en ‘Amoris Laetitia’.

Y por otro, poner en marcha un fuerte proceso educativo, en el cual la Iglesia desarrolle dos tareas: una  modesta, la otra extraordinariamente grande.

Monseñor Caffarra explica que “a primera consiste en que la Iglesia se convierta en la Comadrona que ayuda al hombre a nacer  a sí mismo”. Es decir, “que le ayude a comprender quién es el hombre”.

Y la segunda consiste en “ayudar al hombre a realizarse  de un modo verdaderamente libre y libremente verdadero.

Esta ayuda se la ofrece a  través de los medios  sobrenaturales de la salvación, que  la Iglesia pone a su disposición”.

El cardenal Carlo Caffarra es uno de los grandes expertos mundiales en los estudios sobre el amor y el matrimonio. Fue nombrado en 1981 por el papa Wojtyla fundador y presidente del Instituto Juan Pablo sobre la Familia.

Y ha publicado numerosos trabajos sobre la unión conyugal y las relaciones de pareja.

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