Juan Pablo II, convaleciente tras el atentado contra su vida por Alí Agca.
Juan Pablo II, convaleciente tras el atentado contra su vida por Alí Agca.

“Nada humano le fue ajeno” se podría decir de Juan Pablo II, parafraseando a Terencio. A diferencia de otros muchos pontífices, conoció de primera mano las cuitas del hombre de la calle y sufrió en sus carnes los avatares del siglo XX. 

Fue obrero, estudiante, actor; soportó los totalitarismos nazi y comunista; supo lo que era un atentado terrorista; montañero y deportista, vivió en comunión con la naturaleza, mucho antes de que existieran los ecologistas; fue hombre de mundo y de acción, pero a la vez conectado con las corrientes culturales de su tiempo, gracias a su formación filosófica y a su profundo conocimiento de la fenomenología alemana y el personalismo francés.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

Ni siquiera fue inmune a la experiencia del dolor, la enfermedad y la decadencia física. Y aquel atlético Papa con pinta de actor de Hollywood que encandilaba a la juventud de cinco continentes, se transformó en piltrafa ensotanada, agitada por el Parkinson, que se desplazaba penosamente, y al que casi no se le entendía…

Nadie como él comprendió a quienes se enfrentan al (aparente) sinsentido del dolor y de la calamidad, porque él los experimentó. Nadie como él comprendió a quienes sufren la enfermedad, porque él mismo fue, durante buena parte de su pontificado, un enfermo.

El Papa enfermo

El 13 de mayo de 1981, Juan Pablo II sufrió un atentado al ser alcanzado por los disparos del turco Alí Agca, en la plaza de San Pedro. Fue intervenido quirúrgicamente en el policlínico Gemelli y le extirparon 55 centímetros de intestino. Meses después tuvo una infección de citomegalovirus, por haber recibido transfusión de sangre fresca que no había sido suficientemente tratada, por la urgencia con la que se hizo la transfusión el día del atentado. 

En 1992 le detectaron un tumor en el colon, por lo que fue intervenido, en una operación de cuatro horas en la que le fue extraído, y extirpada la vesícula biliar. 

En 1994 se fracturó el fémur derecho en una caída. 

En 1996 fue operado de apendicitis en el Hospital Gemelli.

Desde 1992 comenzó a padecer la enfermedad de Parkinson.

En 2002 comenzó a padecer una artrosis de rodilla. 

En febrero de 2005, a los 84 años, sufrió una crisis respiratoria, por lo que tuvieron que practicarle una traqueotomía. 

El miércoles 30 de marzo se le implantó una sonda nasogástrica para facilitarle la deglución de alimentos. 

El jueves, sufrió un choque séptico con colapso cardiorrespiratorio tras habérsele detectado una infección en las vías urinarias. Esa misma tarde recibió la extremaunción.

Falleció el sábado 2 de abril de 2005. 

Juan Pablo II, sobre las epidemias, las catástrofes, las guerras

“Pensando en el mundo del sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, no es posible dejar de notar que tal mundo, en algunos períodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Esto sucede, por ejemplo, en casos de calamidades naturales, de epidemias, de catástrofes y cataclismos o de diversos flagelos sociales. Pensemos, por ejemplo, en el caso de una mala cosecha y, como consecuencia del mismo —o de otras diversas causas—, en el drama del hambre.

Pensemos, finalmente, en la guerra. Hablo de ella de modo especial. Hablo de las dos últimas guerras mundiales, de las que la segunda ha traído consigo un cúmulo todavía mayor de muerte y un pesado acervo de sufrimientos humanos. A su vez, la segunda mitad de nuestro siglo —como en proporción con los errores y transgresiones de nuestra civilización contemporánea— lleva en sí una amenaza tan horrible de guerra nuclear, que no podemos pensar en este período sino en términos de un incomparable acumularse de sufrimientos, hasta llegar a la posible autodestrucción de la humanidad. De esta manera ese mundo de sufrimiento, que en definitiva tiene su sujeto en cada hombre, parece transformarse en nuestra época en un particular «sufrimiento del mundo»; del mundo que ha sido transformado, como nunca antes, por el progreso realizado por el hombre y que, a la vez, está en peligro más que nunca, a causa de los errores y culpas del hombre”.

¿Cómo conciliar el amor de Dios y el sufrimiento de los inocentes?

[El sufrimiento] “es una experiencia terrible, ante la cual, especialmente cuando es sin culpa, el hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia, otras un desafío, o un grito de rechazo de Dios y de su Providencia. Son preguntas y problemas que se pueden resumir así: ¿cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en el Evangelio? ¿Cómo conciliarlas con la trascendente sabiduría del Creador? Y de una manera aún más dialéctica: ¿podemos de cara a toda la experiencia del mal que hay en el mundo, especialmente de cara al sufrimiento de los inocentes, decir que Dios no quiere el mal? Y si lo quiere, ¿cómo podemos creer que «Dios es amor», y tanto más que este amor no puede no ser omnipotente?”

La afirmación de la Sagrada Escritura: «la maldad no triunfa de la Sabiduría» (Sab 7, 30) refuerza nuestra convicción de que el mal en definitiva está subordinado al bien

El mal no tiene la última palabra

“La afirmación de la Sagrada Escritura: «la maldad no triunfa de la Sabiduría» (Sab 7, 30) refuerza nuestra convicción de que, en el plano providencial del Creador respecto del mundo, el mal en definitiva está subordinado al bien. Además, en el contexto de la verdad integral sobre la Providencia Divina, nos ayuda a comprender mejor las dos afirmaciones: «Dios no quiere el mal como tal» y «Dios permite el mal». A propósito de la primera es oportuno recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: «…Dios no hizo la muerte ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia» (Sab 1, 13-14). (…) Podemos, pues, comprender que, si «Dios no ha creado la muerte», según afirma el Libro de la Sabiduría, sin embargo la permite con miras al bien global del cosmos material”.

Un problema complejo que no siempre soluciona la medicina 

“Puede ser que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del «reaccionar» (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector. El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma”.

¿Tiene sentido el sufrimiento?

“El sufrimiento, aún siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado. 

El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido «destinado» a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo”.

A los enfermos: Un abrazo de hermano

“En este momento [querría] tener miles de manos que se alargaran a estrechar cada una de las vuestras, preguntaros cómo estáis, compartir al menos por un momento vuestras ansias y sufrimientos, y dejaros una palabra de aliento y un abrazo de hermano. Cada uno de los que me veis a través de la televisión o me oís por la radio, sentidme intencionalmente a vuestro lado.

Os amo porque el dolor os confiere una dignidad que merece preferencia de afecto; os amo porque veo en vosotros los tesoros de la Iglesia, la cual se enriquece continuamente con el don de vuestros sufrimientos; os amo porque peregrináis hacia el Cielo, siguiendo un sendero duro y áspero y pasáis a través de la puerta estrecha; os amo porque os pertenece la bienaventuranza reservada por Cristo a los que sufren. ¡Benditos seáis!”

El sufrimiento del enfermo no es inútil 

“Tiene un gran valor sobrenatural vuestro sufrimiento. Y sois además para nosotros una constante lección, que nos invita a relativizar tantos valores y formas de vida. Para vivir mejor los valores del Evangelio y desarrollar la solidaridad, la bondad, la ayuda, el amor (…)  Por eso no consideréis inútil vuestro estado, que tiene para la Iglesia y para el mundo de hoy un gran sentido humanizante, evangelizador, expiatorio e impetratorio. Sobre todo si vosotros mismos adoptáis una actitud abierta, creadora dentro de lo posible y positiva, ante la acción de la gracia que actúa en vuestro espíritu”.

La muerte, enemigo inexorable del hombre

“Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia (…)

Si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres (cf. Sb 1, 13). El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2, 23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús (cf. Jn 8, 44) y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán (cf. Rm 5, 12.17; 1 Co 15, 21). Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia”.

Qué le diría a médicos, enfermeros, voluntarios 

“Deseo expresaros a todos los que trabajáis en este hospital —médicos, enfermeros, farmacéuticos, amigos voluntarios, acompañantes, sacerdotes y religiosos— el reconocimiento de la Iglesia por el ejemplo que dais y por la caridad con que prestáis vuestro servicio a la sociedad. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad. 

La asistencia, por cierto, no puede reducirse al elemento técnico profesional, sino que debe dirigirse a todos los componentes del ser humano, y por ello, también

al componente espiritual (…). La profesión médica ‘trasciende los límites de la simple profesión y toca la dignidad de una verdadera y propia misión’”. 

Ante la impotencia de los médicos para vencer una grave patología

«La medicina se pone siempre al servicio de la vida. Incluso cuando sabe que no puede vencer una grave patología, se esfuerza por aliviar los sufrimientos. Trabajar con pasión para ayudar al paciente en todas las situaciones significa tomar conciencia de la dignidad inalienable de cada ser humano, incluso en las condiciones extremas del estadio terminal».

No nos está permitido «pasar de largo», con indiferencia (ante el prójimo que sufre), sino que debemos «pararnos» junto a él

Una vocación más que una profesión

“¡Cuánto tiene «de buen samaritano» la profesión del médico, de la enfermera, u otras similares! Por razón del contenido «evangélico», encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión.

Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido «pasar de largo», con indiferencia, sino que debemos «pararnos» junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que  se «conmueve» ante la desgracia del prójimo”

Respeto por la vida humana

“Dios os llama a ser eximios defensores de la vida, en todas sus fases, hasta su término natural. Que la ciencia, que el Creador ha puesto en vuestras manos, sea siempre instrumento de respeto absoluto de la vida humana y de su carácter sagrado, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento de Hipócrates”.

Rechazo de la eutanasia 

“Entre los dramas causados por una ética que pretende establecer quién puede vivir y quién debe morir, se encuentra el de la eutanasia. Aunque esté motivada por sentimientos de una mal entendida compasión o de una comprensión equivocada de la dignidad que se debe salvaguardar, la eutanasia, en lugar de rescatar a la persona del sufrimiento, la elimina.

La compasión, cuando no se tiene la voluntad de afrontar el sufrimiento y acompañar al que sufre, lleva a la supresión de la vida para eliminar el dolor, tergiversando así el estatuto ético de la ciencia médica. Por el contrario, la verdadera compasión promueve todo esfuerzo razonable para favorecer la curación del paciente”. 

…Y rechazo del ensañamiento terapéutico 

“La decisión de no emprender o de interrumpir una terapia será éticamente correcta cuando esta resulte ineficaz o claramente desproporcionada para sostener la vida o recuperar la salud. Por tanto, el rechazo del ensañamiento terapéutico es expresión del respeto que en todo momento se debe al paciente”.

Qué diría a los que asisten a enfermos terminales 

“La Iglesia es consciente de que el momento de la muerte va acompañado siempre por sentimientos humanos muy intensos: una vida terrena termina; se produce la ruptura de los vínculos afectivos, generacionales y sociales, que forman parte de la intimidad de la persona; en la conciencia del sujeto que muere y de quien lo asiste se da el conflicto entre la esperanza en la inmortalidad y lo desconocido, que turba incluso a los espíritus más iluminados. La Iglesia eleva su voz para que no se ofenda al moribundo, sino que, por el contrario, se lo acompañe con amorosa solicitud mientras se prepara para cruzar el umbral del tiempo y entrar en la eternidad.

La realización de que la persona moribunda estará pronto ante Dios por toda la eternidad deberá motivar a sus parientes, seres queridos, personal médico y religioso a ayudarla en esta fase decisiva de su vida, prestando atención a cada aspecto de la existencia, incluyendo el espiritual”.

(Fragmentos extraídos de la encíclica Evangelium Vitae, la carta apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento; y de diversos discursos de Juan Pablo a los enfermos, médicos y personal sanitario)

Comentarios

Comentarios

Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.