Un monje católico exhibe la cerveza que elaboran en el convento.
Un monje católico exhibe la cerveza que elaboran en el convento.

Érase una vez una historia basada en hechos reales, un cuento que, más que una narración breve de ficción, es un conciso relato de una vivencia experimentada.

Érase una vez un progre puritano, un católico divertido y un vividor empedernido que se iban juntos de viaje.

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Este trío multiforme de mosqueteros se embarcó en la lid de pasar un fin de semana en un apartamento con costa.

Las discrepancias comenzaron desde el minuto uno en el que tuvieron que realizar gastos comunes. Aunque fuesen tres los integrantes de dicha colectividad, la refriega siempre se bifurcaba en dos bandos o facciones, en una pendencia progre puritano versus católico divertido y vividor empedernido. La cristiandad se mostraba más amiga del vicio sonriente que del vicio mal encarado y convertido en catequesis.

El primer episodio de reyerta discrepante escogió como escenario el supermercado de dicho paraje playero. El católico divertido quería comprar carne, cerveza y vino en alegre y faldicorta abundancia; el vividor empedernido pretendía hacer lo mismo, pero en proporciones tan mastodónticas como desorbitadas; y el progre puritano, sin embargo, les intentaba forzar a sustituir los productos cárnicos por fruta y los brebajes alcohólicos por zumos nutritivos; este último no trataba simplemente de persuadirles, sino de obligarles con hosca, agreste y temperamental oratoria.

El progre puritano impuso su voluntad en un tándem setenta-treinta. El alcohol y la carne no brillaron por su ausencia, pero tampoco resplandecieron por su presencia. Las cantidades que compraron fueron exiguas, de batalla. La Coca-Cola, por su parte, quedó victoriosamente censurada y no pudieron disfrutar de una botella de güisqui, porque no había pócima con la que mezclarla con un mínimo de delectación. La fruta y la verdura, por supuesto, sobraron a espuertas, a porrillo, a raudales, por doquier…

Las moralistas catequesis se extendieron como un reguero de pólvora al resto de las escenas compartidas, haciendo de ellas un martilleo exasperante.

En las conversaciones, el único que gozaba de la prerrogativa de corregir y de hacerlo, además, en un tono prepotente, con el ceño fruncido, la mirada furtiva, el rostro altanero y reproduciendo ademanes agresivos era el progre puritano. Cuando se le llevaba en algo la contraria, bien, tildaba a sus interlocutores de intolerantes, o bien, les atizaba con el sambenito de personas poco inteligentes. La inteligencia y la tolerancia parecían patrimonio único de su modus vivendi y operandi.

El católico divertido y el vividor empedernido cedieron, con paciencia franciscana, a su turbamulta de ruegos, súplicas, manías y querencias.

En la febril y bulliciosa noche del sábado, por ejemplo, constriñó al trío a cenar en un restaurante vegano. También, hizo al grupo huir despavorido de la playa, el mismo día por la tarde, porque se les había olvidado comprar protección solar, y eso que el cielo estaba bastante encapotado, enfoscado por unas nubes extendidas por el cielo como si fuesen mantequilla, con ligeros brotes oscuros que las convertían en queso azul.

Sus amigos cedieron y soportaron, con inamovible bizarría, gallardía, garbo, aplomo y entereza, sus despóticos sermones y exigencias de índole aguafiestas. Hasta el vividor empedernido, truhán y juerguista de pro, fue capaz de volver de picos pardos antes de las cuatro de la mañana, porque el progre puritano necesitaba “conciliar el sueño tras una tortuosa semana de trabajo”.

El católico divertido, después de ceder en un sinnúmero de requisitos, lo único que pidió, a lo largo y ancho de ese fin de semana compartido, es que el progre puritano, dueño del coche, le acercase a una iglesia que estaba a doce minutos del apartamento para oír misa, a lo que este engreído se negó en redondo y con cortante rotundidad.

Para colmo, el progre puritano alegó, en su negativa a llevar al católico divertido a misa, que no tenía derecho a condicionar el viaje del grupo por motivos religiosos, cuando la iglesia se encontraba a doce minutos en coche de distancia y después de que éste cediese, sin rechistar, a sus despóticas y maniáticas peticiones. Además, el vividor empedernido, también, tenía voluntad de asistir a la ceremonia dominical, aunque con menos fervor que su devoto colega.

El católico divertido se quedó sin oír misa, el vividor empedernido también, aunque sin excesivo dolor de los pecados, y todos tuvieron encima que volver a Madrid antes de lo previsto, porque el progre puritano “necesitaba” ir al gimnasio antes de que el sol se hundiese debajo del horizonte.

En este viaje, se puso meridianamente de manifiesto que el progre puritano vivía con más moralismo y mortificaciones que el católico divertido.

El católico divertido, excepto en temas sexuales y estrictamente religiosos, vivía con más libertinaje que el progre puritano. Además, reprendía menos por sus pecados al vividor empedernido que este último.

El católico divertido disfrutaba más de los placeres que le obsequiaba la vida, de saborear una hogaza de pan, de masticar con deleite trémulos pedazos de carne, de empapar sus fauces con vinos añejos, de trasegar cervezas con una equilibrada, que no mojigata, despreocupación.

Moraleja: “Dondequiera que brille el sol del catolicismo, encontramos el amor, las risas y el buen vino” (Hilaire Belloc).

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Escritor por vocación y amor a las causas nobles. Mi licenciatura en Derecho no me ha impedido dedicarme profesionalmente al periodismo durante una temporada de mi vida, oficio que desempeñé en Intereconomía, casa en la que blandí la pluma, con más fuerza que la espada, cerca de 4 años. En el presente, no vivo solamente de escribir, sino de otros menesteres, al igual que Cervantes, pero es una afición que sigo cultivando como colaborador en diversos medios de comunicación y a través de mi blog, El Despacho de Don Pepone, el cual goza ya de más de 1 millón de visitas