Una mujer ora en Manila con la boca cubierta con una mascarilla por el coronavirus. /EFE
Una mujer ora en Manila con la boca cubierta con una mascarilla por el coronavirus. /EFE

Los cristianos creemos que las cosas no pasan porque sí. También estamos en las antípodas de aquellos que creen que Dios manda las enfermedades para que escarmentemos. Los creyentes sabemos que si los hombres, “siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 13).

Es decir, que el Señor siempre cuida de sus hijos, más incluso que una madre amorosa: “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella le olvidara, ¡yo no te olvidaré!” (Is 49, 15). Por tanto, lo primero que debemos renovar en esta crisis del coronavirus es la confianza en el que es el Señor de todo lo creado.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Ahora bien, en momentos como el presente, uno se encuentra con gente que se pone estupenda y que nos increpa a los cristianos por rezar. “No son momentos para rezos, sino para la ciencia”, te espetan desde la atalaya de su supuesta superioridad. Dice Vittorio Messori que “el catolicismo no es la religión del “aut aut” (esto o esto), sino del “et et” (esto y esto)”.

Por eso mismo, los cristianos sabemos (y debemos) seguir los consejos médicos y sanitarios y, además y muy especialmente, ponernos en manos del Señor, que es el Creador de todo lo existente: desde la más gigantesca galaxia hasta el más diminuto virus.

Los creyentes nos encontramos perfectamente cómodos poniendo nuestra confianza plena en Él a la vez que nos tomamos un paracetamol o que guardamos las medidas básicas para evitar contagios porque, como dijo G. K. Chesterton, “para entrar en la iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza”-

Y, créanme, toda esta situación del coronavirus nos puede servir para crecer como personas y como cristianos. Aquí van algunas ideas:

  • Recuerda que “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados” (Mt 10, 30). Ni uno solo de ellos cae si Dios no lo permite. ¿Crees esto realmente? Si no es así, pídele al Señor que te convenza de ello.
  • Estamos de paso. Puede sonar crudo, pero es mejor vivir esta vida siendo conscientes de que estamos de paso por ella. No podemos anclarnos aquí, por más que la ciencia avance. Esto no debe llevarnos a la desesperación, sino a la pregunta: ¿Qué hago aquí? ¿Por qué he sido creado? ¿Para qué? Y vivir en consecuencia.
  • “Solo posees verdaderamente aquello que no perderías en un naufragio”, leí en una ocasión. Y este es un buen momento para recordarlo. Todo lo que nos da seguridad –la cuenta corriente, la puerta acorazada de mi casa, mi puesto de trabajo, vivir en un país del primer mundo, llamar a Amazon y tener cualquier cosa que necesite en apenas un par de horas, contar con un estupendo hospital a un par de manzanas- parece tambalearse en ocasiones como esta. Lo que me da seguridad, ¿realmente es tan seguro? ¿O tendría que reajustar algunas de mis seguridades vitales?
  • Decía san Juan Bosco que una de las herramientas que utiliza el demonio para alejar a los jóvenes de Dios era “la promesa de una larga vida”: “Eres joven, estás fuerte. ¡Disfruta! Te queda mucha vida por delante”. De nuevo, Jesús nos recuerda que “no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25, 13). Y esto no es ser un cenizo o un aguafiestas, sino, sencillamente, un realista. Cada día, cada hora, cada segundo, es un regalo de Dios para que sigamos descubriendo su Amor de predilección por nosotros.
  • Seamos humildes y sencillos. Que esta pandemia nos haga conscientes de nuestra vulnerabilidad, de nuestra fragilidad. Y que no nos vengamos abajo por ella, sino que nos haga más realistas sobre lo que somos.
  • ¿No estaremos demasiado volcados hacia afuera? Necesitamos cientos de cosas materiales para llenar nuestras vidas y, cuando estas nos fallan, el mundo parece venirse abajo. Estos días nos pueden servir para volver a darnos cuenta de la felicidad que se encuentra en casa, en la familia, dedicando tiempo a la lectura, a la contemplación, a poner en orden nuestras cosas. A acostarse temprano y levantarse al alba. A desconectar el ordenador y el móvil y mirarle al otro a los ojos. A preguntarle cómo está, cómo se siente, que miedos e inseguridades tiene. A conocernos más. A compartir vulnerabilidades.
  • Es un momento extraordinario también para aprender. En YouTube, por ejemplo, hay centenares y miles de vídeos y tutoriales estupendos de los temas más variados que se pueden aprender y en los que uno se puede deleitar. Y, por supuesto, los libros.
  • Nos piden reducir nuestra vida social, pero eso no impide que llamemos por teléfono a aquel amigo al que hace tiempo que no veo, o a aquel familiar, e interesarnos por él. Son momentos para estar más unidos que nunca, para mostrar más amor que nunca.

Seguro que cada uno de nosotros puede prolongar mucho esta lista con objetivos concretos y realistas para crecer durante estos días. No tengan miedo: superaremos esta pandemia. Y puede que hasta salgamos reforzados de ella.

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