Desde hace dos años, en que el cantante falleció víctima de un cáncer con 74, se celebra una misa mensual en sufragio de su alma. En una Francia secularizada, en la que sólo el 4,5% de los católicos (alrededor de 1,9 millones) es practicante, el templo está a rebosar. 

Moteros salvajes que parecen arrancados de la película Easy Rider, tipos de vuelta de todo, náufragos de mayo del 68, que bajo la playa no han encontrado adoquines sino canas, achaques y desencanto, le ponen velas a imágenes de Nuestra Señora o se emocionan con las canciones de Halliday, cuya letra ha sido previamente bautizada, de suerte que “vivir para los mejores”, por ejemplo, se han reciclado en “vivir para Jesús” y los rasgueos de guitarra no acompañan al sexo, drogas y rock ‘n’ roll sino a himnos la Virgen (“Oh María, Madre mía, yo con tu Hijo en la Sagrada Eucaristía”).

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Chocante escena ¿Cómo calificarla?: ¿espectáculo herético?, ¿escándalo?, o como sugiere Famille Chretienne ¿el anzuelo del pescador en acción? atrayendo a cientos de alejados, viejos rockeros que vuelven a acercarse a la iglesia y a la fe que recibieron de pequeños.  

¿Cuánto de sincero hay en esta misa mensual? ¿cuanto de idolatría a un icono de la música, conocido como el Elvis Presley francés, que a lo largo de 57 años de carrera vendió más de 110 millones de discos?

De entrada, lo que hay es mucha nostalgia por una época y un personaje. Halliday y la que fue su esposa durante quince años, Silvie Vartan, eran un fenómeno sociológico en Francia, reyes del vinilo, emperadores del papel couché. Y tenían legiones de seguidores. La carrera de Johnny abarca desde de los años 60, cuando versionaba en francés temas famosos de rock and roll anglosajón, como The house of the rising sun  de The Animals, hasta hace solo dos años, cuando su álbum póstumo ‘Mon pays c’est l’amour‘, vendió 2,5 millones de copias. 

“Solíamos ir a la Iglesia de jóvenes” pero ahora con los móviles abiertos y los templos cerrados, es más complicado

Pero entre chupas y guitarras eléctricas, también cabe atisbar otro tipo de nostalgia.  No lo decimos nosotros, sino ellos mismos, según recoge un interesante reportaje de Religión en Libertad. “Solíamos ir a la Iglesia de jóvenes” pero ahora con los móviles abiertos y los templos cerrado, es más complicado, dice una pareja de rockeros. Otro matrimonio ha vuelto a misa, después de muchos años, y acompañados por sus dos hijos. 

Algunos, pocos, siguen siendo practicantes -al menos en Navidad y Pascua- y explican que van a la iglesia, en parte, para no sentirse solos en una sociedad secularizada, para compartir su religión con otros cristianos: “en las iglesias podemos ver y hablar con personas que tienen fe…”.

Y muchos solo buscan silencio, meditación, un oasis de paz en un desierto de ruido. Es el caso de Cathie: “a veces vengo a meditar aquí, incluso cuando no hay misa (…) ”No soy practicante, pero echo de menos todo esto. Me siento tranquila cuando vengo aquí. Descanso”. 

En esto, los fans de Johnny Halliday no hacen sino seguir los pasos del cantante. Porque también él recibió la fe de pequeño, también se alejó con una vida que no fue precisamente ejemplar, y también buscaba de mayor la paz de los templos, yendo a rezar, como ha revelado su última mujer, Laetitia Boudou, 32 años más joven que él. También echaba de menos todo eso.

La vida no se lo puso fácil. Su padre le abandona a él y la madre cuando tiene solo meses, y la madre lo da en adopción a sus tíos paternos. Descargaba camiones en Les Halles, el mercado central de París, cuando a los 14 años ve una película de Elvis Presley (Loving you) y decide ser cantante de rock and roll. Con lo que ganaba en el mercado se compró su primera guitarra y comenzó a actuar en clubes nocturnos. 

Luego vino la fama, pero también los escándalos. Compartió juergas con otros dos angelitos, Mick Jagger y Gerard Depardieu; consumió drogas y alcohol; intentó suicidarse y nunca logró la estabilidad sentimental: cuatro matrimonios y numerosos romances. Ganó dinero a espuertas pero nunca levantó cabeza. 

La herida abierta por el abandono de los padres fue un trauma que le marcó para siempre. Quizá por eso buscaba, subido a un escenario, el cariño que no encontraba. 

Y a pesar de no era una hermanita de la Caridad no renunciaba a sus raíces: «Soy creyente y cristiano. Estoy seguro de que Jesús no me mira mal”. Un cristianismo peculiar, que llevó a los escenarios con la canción hippy Jésus-Christ, al estilo del Jesucristo Superstar de Rice y Lloyd Webber que triunfaba en Broadway por los años 70.

A algunos les parecía incoherente la profesión de fe con la vida que llevaba, una dicotomía que se reflejaba en el crucifijo que llevaba colgado al cuello en los conciertos. Pero el rector de Notre Dame dijo, cuando se celebró su multitudinario funeral, que en esa cruz “había un signo de su apego a un Señor que nunca le abandonó».

Lo que los viejos rockeros hacen al volver a la Iglesia dejando su vida aparcada junto a sus harley-davidson es considerar a la Iglesia como lo que es: un hospital.

Escándalo y fe, pecador y cristiano. ¿Inapropiada combinación? Responde el rector de Notre Dame: «Él tuvo su vida… un camino de pecador como el nuestro”.

Consciente o inconscientemente, lo que los viejos rockeros hacen al volver a la Iglesia dejando su vida aparcada junto a sus harley-davidson es considerar a la Iglesia como lo que es: un hospital. Lo afirma el papa Francisco, sí; pero antes que él lo decía Chesterton: La iglesia no es la asamblea de los puros, sino el hospital de los pecadores”. Por si a alguien no la quedado suficientemente claro tenemos la canción versionada en francés. Por un compatriota de Johnny Halliday, de hace cuatro siglos, Blaise Pascal: “No hay más que dos clases de hombres: los justos, que se creen pecadores; y los pecadores, que se creen justos”

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.