Albert Camus.
Albert Camus.

El viejo debate -que en España se remonta a ilustres ateos como Tierno Galván– cobra actualidad en una época tan descristianizada como la actual. Nos hemos quitado -dicen los apologetas de la ética laica- el peso de la cruz, de una religión de mandamientos y prohibiciones, de una Iglesia en nombre de la cual se han cometido abusos y tropelías. Nos hemos psicoanalizado y librado del trauma del pecado, sobre todo en materia sexual -la materia fiscal es otro cantar-. Ya no nos sentimos culpables, ni vigilados por un Ojo que ve hasta nuestros más ocultos pensamientos -la pesadilla de Woody Allen-. Y ¿ahora qué? ¿Podemos construir un mundo justo sin referencias religiosas?

División de opiniones. Un politólogo liberal y transversal, Víctor Lapuente, ha hecho un Decálogo del buen ciudadano, en el que viene a decir que sin Dios no vamos a ninguna parte. Habla, en concreto, de dos anclas: Dios y patria, dos conceptos que “suenan rancios y viejos” y sin embargo son “las dos ideas más progresistas de la historia de la humanidad” y “dos mecanismos culturales de igualación social”.” La existencia de Dios- añade- “evita el endiosamiento de los humanos.”

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Ramón González Ferriz, otro joven y brillante intelectual, discrepa de Lapuente. En una columna de El Confidencial, sostiene que la idea de Dios puede ser una amenaza para la libertad individual; y que la historia demuestra que se puede utilizar a Dios y a la religión como pretexto para cometer todo tipo de tropelías. O sea que apelar a la música celestial puede ser contraproducente para el bien común, la concordia y la libertad.

Pero la primera objeción no hace sino dar la razón a Lapuente: si no aceptamos nada superior a nuestra libertad individual, es que ya nos consideramos diosecillos, creemos que somos moralmente autónomos, que podemos decidir lo que está mal y lo que está bien de acuerdo… ¿con qué código? frecuentemente con el de nuestra propia conveniencia. Y precisamente por esa vía se antoja imposible el suelo de una ética laica desinteresada. 

Ferriz tendrá que reconocer que, aun con sombras, el balance de la religión es abrumadoramente positivo

Forzoso es darle la razón a Ferriz respecto a la segunda objeción. Se han cometido abusos e injusticias en nombre de la Iglesia, lo cual es un escándalo. Pero lo único que eso quiere decir es que la condición humana es imperfecta y contradictoria. Ocurre con cualquier ideal, por noble y elevado que sea, inmediatamente viene el barro del que estamos hechos y lo estropea todo… o casi todo, porque Ferriz tendrá que reconocer que, aun con sombras, el balance de la religión es abrumadoramente positivo. La civilización que más dosis de libertad, derechos humanos, avance técnicos, prosperidad material, y conquistas en favor de la dignidad humana ha logrado ha sido la occidental, y esta es indisociable del cristianismo. Hasta la separación Iglesia-Estado es un concepto proclamado por el mismo Jesucristo (“…y al César lo que es el César). Como apuntaba Ratzinger, Cristo logró la desmitificación del Estado, su desacralización. 

Y sensu contrario, la civilización más regresiva y letal para la humanidad es aquella que se ha declarado explícitamente atea: la comunista (URSS, China, Camboya etc.), con un saldo de víctimas mortales, y desprecio por la dignidad humana que habla por sí solo. Y ahí sí que ha estado no ya amenazada, sino aplastada la libertad individual.

Sin embargo parece haber un interés en la época actual por desterrar la idea de trascendencia de la vida pública, como si fuera peligrosa para la paz y la convivencia; o como si la religión fuera irreconciliable con la razón. 

La ‘D’ de Dios ha sido reemplazada por la ‘D’ de democracia, como si esta fuera un valor absoluto y un código de conducta

La D de Dios ha sido reemplazada por la D de democracia, como si esta fuera un valor absoluto y un código de conducta. Cuando democracia no es más que un mecanismo para elegir representantes, nada más. Un ábaco, una calculadora de votos y porcentajes, contabilidad solo eso. Y sí, un acuerdo social, para que los ciudadanos elijamos al administrador de nuestros dineros, igual que la comunidad de vecinos elige al encargado de llevar las cuentas, al conserje que se encarga de las basuras y al socorrista de la piscina. Es que es eso, un poquito más complejo y sofisticado, pero en esencia es eso. Algo práctico, que funciona razonablemente bien, pero nada más. No nos volvamos locos elevando a categoría de ídolo o de decálogo, lo que no son más que unas reglas del juego para controlar a nuestros servidores públicos y evitar que se lo lleven crudo -que los gobernantes son servidores, no propietarios: la palabra ministro, no se olvide viene de administrador-.

Está archi-idemostrado que una democracia, una ética civil, no garantiza por sí sola el bien común, la paz y la convivencia. Es, en efecto, un mecanismo para resolver conflictos, mediante el diálogo y el entendimiento, y eso es, sin duda, un avance notable. Pero o se fundamenta en unos principios previos, anteriores a la política, basados en la dignidad inviolable de la persona o la cosa no funciona. O las leyes se apoyan en la ley natural o devienen relativismo del B.O.E., inestable y contradictorio, sujeto a los cambios ideológicos del gobernante de turno y, a la larga, a los caprichos del poderoso.

Lo ha dicho, de nuevo Ratzinger, “el derecho sólo puede ser una fuerza eficaz para la paz cuando su medida deje de estar en nuestras manos. Sin trascendencia, no hay fundamento del derecho”. 

Creer que es posible una ética civil sin la trascendencia es seguir en la ensoñación rusoniana de que el hombre es bueno por naturaleza. Pensar que basta con una Declaración Universal de los Derechos Humanos sin las tablas que Moisés recibió en el Sinaí, y sin la Revelación solo lleva a la frustración y la melancolía. 

Y hasta el filósofo Jurgen Habermas, nada sospechoso de cristiano, ha llegado a decir que “a una modernidad desgastada sólo podrá ayudarla a salir del atolladero la orientación religiosa hacia un punto de referencia trascendental”. 

Esta sociedad escéptica y marisabidilla aplaude a teólogos acomodaticios como el recientemente desaparecido y hagiografiado Hans Küng

Pero Dios está bajo sospecha, hablar de él resulta peligroso -como se titulaba el famoso libro de la disidente rusa Tatiana Goricheva-, y esta sociedad escéptica y marisabidilla aplaude a teólogos acomodaticios como el recientemente desaparecido y hagiografiado Hans Küng, que siguiendo la trasnochada pauta del arrianismo, despoja a Jesucristo de trascendencia, dejándolo en un simpático y esforzado líder espiritual, una efigie más en la galería de camisetas pop, junto a Gandhi y el Ché.

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