El rechazo de Dios caracteriza la postmodernidad.
El rechazo de Dios caracteriza la postmodernidad.

Me presentaron hace unos días a una persona muy interesante quien, después de una adolescencia turbulenta, había llegado incluso a apostatar formalmente de la Iglesia. Era un tipo muy inteligente y con gran inquietud, que durante sus años de universidad militó en política, haciendo gala de un gran activismo y metiéndose en diversos fregados. Y, junto a eso, el “vivir la vida”, la fiesta, experimentar y demás.

Al final de su década de los 20 notaba un agujero insoportable en su interior y no encontraba con qué llenarlo. Buscó respuestas por todos lados, pero no las hallaba. Hasta que un día le vino a la mente un chispazo de luz: “¿Te das cuenta de que te has prohibido a ti mismo pensar en Dios?”.

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Él, que de algún modo se consideraba una persona totalmente abierta, libre, sin cortapisas ni prejuicios y librepensadora, acababa de descubrir que, sin darse cuenta, se había impuesto un “freno”, un muro infranqueable que le impedía siquiera remotamente adentrarse en el terreno de lo espiritual.

“Pero, vamos a ver, ¿qué hago yo prohibiéndome a mí mismo pensar sobre Dios?”, se preguntó con consternación. “Si me considero una persona libre, no puedo entonces prohibirme pensar sobre lo que a mí me dé la gana. No es coherente”, reflexionó. Y, haciendo gala de una gran honestidad intelectual, quitó ese freno; derribó ese muro, y empezó un camino de vuelta al Señor.

Me da la impresión de que ese freno, ese prejuicio, lo tiene, escondido y agazapado, mucha gente. Todo vale; todo se lo permiten, salvo volver a Dios. Puedes experimentar con lo que quieras; puedes probar la filosofía e incluso la religión –siempre que no sea la cristiana- que se te antoje; puedes abonarte a cualquier corriente ideológica de moda; seguir el estilo de vida que más se lleve en ese momento; hacerte vegano, transhumano, ‘cambiarte’ de sexo, hacer un viaje astral (ojo, que son muy peligrosos) o practicar yoga (cuidado, que también lo es). Pero lo que nunca, jamás, en ningún caso, puedes hacer, es plantearte la existencia de un Dios que te espera y te ama. Eso no.

Hace unos días me escribía otro “librepensador” por Twitter y me decía que él cumplía a rajatabla aquello de que, “ante mis frustraciones, jamás me refugio en ninguna religión. Fin”. Claro; la religión sería para los débiles, los endebles, los influenciables sin criterio, los pobres crédulos que se tragan cualquier cosa, los atrasados que no han cambiado de siglo, los supersticiosos, los anacrónicos, los temerosos, los de psicología débil, los que viven colgados de la sotana del cura, los meapilas y las beatas.

Pero una persona sensata, madura, científica, racional, ¿cómo va a creerse el cuento de un Ser Superior que vela por nosotros? ¿Qué es esa tontería de que hay otra vida después de la muerte?

Y, al leer a este tuitero, me acordé del amigo que había conocido hacía unos días y de cómo se dio cuenta de que se había prohibido a sí mismo pensar en Dios. Y me pregunté cuántas personas habrán tratado de encerrar a Dios -a ese Dios del que les hablaron de niños-, en alguna mazmorra de las profundidades más oscuras y remotas de su corazón.

Quizás algún día tengan la valentía, la humildad, la osadía y el arrojo de regresar a esa mazmorra que cerraron y atrancaron hace tiempo; de adentrarse en esas espesas tinieblas que les espantan y atemorizan y, tal vez, descubran que ahí, precisamente ahí, Él les sigue esperando, paciente, manso y sonriente, para hacerse luz en sus vidas.

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