Nunca he entendido muy bien esas encuestas que nos informan de los porcentajes de católicos practicantes que hay en tal o cual lugar. Para el encuestador, parece que el único criterio que determina si alguien es o no católico es si va a misa.

Es probable que esto valga a efectos estadísticos, pero es que la estadística seguramente tenga poco que ver con el espíritu. Y ojo, que no voy a caer en el argumento facilón de “pues yo conozco a tal y cual que no van a misa y son excelentes personas”, o en afirmar que no hace falta la práctica dominical para ser buenos.

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Para mí, como católico practicante, la misa de los domingos está fuera de toda duda. Su valor es incomparable con cualquier cosa en este mundo, y uno que quiera ser verdadero discípulo –que de eso se trata ser cristiano- no puede permitirse “el lujo” de no participar en el sacrificio eucarístico. Ahora bien, considerar que alguien es católico sólo por asistir media hora a la semana a una iglesia, se me hace muy pobre. 

Llevo tiempo con una idea en la cabeza que me da vueltas: la de pensar como los hombres y no pensar como Dios. Esa actitud fue la que propinó una de las mayores reprimendas de Cristo a Pedro (Mt 16, 21-27). Y me sorprende que no se escuche habitualmente predicar sobre esto desde los ambones.

Después, uno se encuentra a numerosos cristianos agobiados y angustiados con las cosas de la vida –sacerdotes y consagrados incluidos- porque quizás no han descubierto que “hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” (Mt 10, 29). O que confían casi exclusivamente en el dinero y las cosas materiales y hacen de ellos, tal vez sin darse cuenta, sus ídolos. O que pierden la paz y la serenidad exageradamente ante cualquier imprevisto, porque nadie les ha enseñado a vivir con la confianza puesta en Dios.

Para ellos, la forma de pensar del mundo es “lo normal”, porque “tampoco hay que ser exagerados”. Sus formas de hablar, sus intereses, sus inquietudes, sus deseos y sus seguridades muchas veces son las del mundo, y quizás no se han parado a pensar si tienen esas áreas de sus vidas entregadas a Dios para que las convierta y las purifique. Se limitan a seguir las formas de ser, de pensar y de actuar del mundo, porque es tal vez lo único que ven a su alrededor.

Luego van a misa los domingos; escuchan una homilía amable, suavecita, correcta, buenista, melosa y dulzona, que les mantiene en sus formas de vida, y vuelven a casa sin sentir la necesidad de la conversión. Y así pasan los meses, los años, la vida entera, yendo a misa pero siendo del mundo. Luego, un encuestador les parará por la calle, les preguntará si son practicantes y responderán que sí, que no faltan a misa ningún domingo desde que son niños.

¿”Practicamos” realmente nuestra fe cuando vamos a misa pero el resto de la semana vivimos como si Dios no existiese?

Muchos de esos cristianos que asisten a misa manejan, además, un baremo equivocado sobre sus propias vidas que les lleva al desaliento. Ven su debilidad, su pecado y sus incoherencias; se ven atrapados por la pornografía, por la lujuria, por las adicciones, por sus malos hábitos y ya se ven irremediablemente perdidos. Como Pedro, se dan cuenta de la fuerza del viento y las olas, y se olvidan de mirar a Jesús, que es quien realmente les sostiene, y comprueban cómo sus vidas se van hundiendo en las aguas (Mt 14, 22).

¿Cuántos católicos practicantes hay realmente? ¿Los que nos dicen las encuestas? Sin duda, el dato que en verdad sería interesante es saber cuántos cristianos son agradables a los ojos de Dios. Ésa es la única encuesta fiable.

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