Manifestación de víctimas de la supuesta trama de robo de bebés durante el franquismo. / EFE
Manifestación de víctimas de la supuesta trama de robo de bebés durante el franquismo. / EFE

Es tan fértil y abundante la vida en este planeta, a pesar de los sueños apocalípticos de Greta Thunberg y compañeros mártires, que basta que se te caiga al suelo una mínima porción de materia orgánica -digamos, un trozo mínimo de carne picada- para que en un tiempo brevísimo sea invadido por esa misma vida, en forma de bacterias, parásitos, moscas, avispas u hormigas; probablemente, todo a la vez.

Algo similar parece suceder en nuestras opulentas sociedades del bienestar, donde ninguna crisis, real, exagerada o completamente falsa, puede declararse sin que inmediatamente surjan asociaciones, observatorios, comisiones y otras formas de ordeñar la alarma y transformarla, si no en una forma de vida estable, al menos en una forma de sacar tajada e ir tirando.

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¿Se acuerdan de los bebés robados durante el franquismo? Era una historia truculenta y magnífica, al estilo de los mejores cuentos góticos, con las dosis precisas de de desgarrador pathos a costa del más elemental y conmovedor de los instintos y la inevitable moraleja política.

La fórmula canónica, que estalló en algún momento de los años ochenta, era algo así: familias ricas y poderosas del régimen se valían de su dominio impune para robar los recién nacidos de jóvenes represaliadas republicanas o, más tarde, sencillamente pobres, para robarles sus hijos recién nacidos con la connivencia de monjas y curas sacados del tableux más impecablemente anticlerical. No faltaba nada en aquellas historias que tan buenos titulares proporcionó a El País y que hizo las delicias de tanto reportero con vena lacrimógena.

¿A quién podría no conmovérsele las entrañas ante esas ancianas que confesaban entre lágrimas que les habían engañado diciendo que sus hijos habían muerto en el parto o inmediatamente después, para descubrir luego que vivían, y que se los habían arrebatado siniestras monjas para aliviar la esterilidad de una dama del régimen y su marido, al que imaginamos con un bigotito fino y un ademán cruel? ¿Qué corazón podría no sentir el desgarro de aquellas mujeres y hombres ya maduros, que a edad avanzada descubrían una madre biológica de la que habían sido brutalmente separados por la prepotencia criminal de los ricos?

Muchos de los que creían haber sido arrebatados con malas artes de sus madres biológicas descubrían que esta les había dado en adopción

El escándalo no quedó en rumor ni en historia con moraleja tranquilizadora para nuestro régimen: se cursaron unas dos mil -2.000- denuncias, de las que 522 se admitieron a trámite, se escribieron libros, se elaboraron largos reportajes en las televisiones y los periódicos, se hicieron telenovelas, se redactaron tonantes tribunas de denuncia. Era tan, tan perfecto…

Lástima que no fuera verdad. Quiero decir, que de todo ese cúmulo de casos -que arruinó la vida de algún médico octogenario-, el número de niños ‘robados’ al cabo de las exhaustivas investigaciones asciende exactamente a cero. Nada, ni uno. En todos los casos en los que la madre alegó que el niño que dieron por muerto no era el suyo, las pruebas de ADN demostraron que lo era, que ese diminuto cadáver era, en efecto, el hijo que habían dado a luz.

En muchos otros casos, la historia era algo más delicada para los protagonistas. Muchos de los que creían haber sido arrebatados con malas artes de sus madres biológicas descubrían que esta les había dado en adopción, una adopción perfectamente legal para la época y libremente acordada.

Uno de los grandes pecados de mi profesión, y no son pocos, es el presentismo sensacionalista. Hablamos mucho de seguimiento de la noticia, pero nos cansamos en seguida o, mejor, nos damos cuenta de que el lector, oyente o televidente ha perdido todo interés. Podemos informar, alborozado, del levantamiento popular en Azania, de cómo el pueblo se ha levantado contra el tirano hasta derrocarlo. Fotos, crónica, artículos de fondo y de ambiente, tribuna (“Azania, en la encrucijada”). Y adiós, nunca más se supo, y dejamos a Azania, que ya no da noticias sensacionales y que se ha convertido en una tiranía muy parecida o peor que la precedente, de signo contrario, donde no se mueve una mosca. Nos da igual. Eso no conmueve a nadie, y parece quitarle dramatismo a la crónica original.

Lo mismo en este caso. Uno de los medios que da el fiasco, que califica toda la historia de ‘mito’, directamente, es el mismo diario El País que tanto contribuyó en su día a jalear el asunto y a entrelazar con los casos un utilísimo relato de villanos y víctimas del que muchos que lo leyeron no conocerán el decepcionante colofón.

Pero nosotros queremos recuperarlo precisamente para eso, para recordar que los periodistas de los grandes medios no son esos presuntos sacerdotes de la información, esos notarios de la actualidad que espigan, de todo lo que pasa, lo que pueda ser más relevante para su lector. No, son los guardianes de un relato, los encargados de convertir la abigarrada realidad diaria en un cuento con moraleja que acerque el ascua de la actualidad a la sardina de sus intereses políticos escogiéndola cuidadosamente, convirtiendo dudas en certezas y certezas en dudas; deformando ángulos y perspectivas y amartillando los hechos hasta que encajen en la misma película que llevan décadas vendiéndonos.

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