Zapatillas o 'puntas' de ballet de color marrón.
Zapatillas o 'puntas' de ballet de color marrón.

Si está usted leyendo esto, tengo malas noticias: es usted la Resistencia, le guste o no.  En serio, sus enemigos están en el poder, dedicados pacientemente a la destrucción minuciosa de esa misma civilización que ha hecho de usted y los suyos lo que son y que probablemente considere, como yo, que ha sido la más brillante en la historia de la humanidad.

No, en serio, ya hemos pasado un punto de no retorno. Olvídese por un momento de partidos y alianzas y estrategias y de qué siglas ocupa qué departamento en qué jurisdicción. Ya no hay campo común, porque no se trata de que unos tengan una opinión distinta de cómo debemos organizar la vida social: tienen directamente ideas muy concretas sobre cómo organizar su -de usted- vida privada, cómo educa a sus hijos y cómo piensa usted mismo. No es que no nos pongamos de acuerdo sobre política -un aspecto siempre menor-; es que ni siquiera vemos la realidad de la misma manera.

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Por eso van a bombardearle sin parar con ‘noticias’ en el mismo obsesivo sentido hasta que ceda. Por ejemplo, con cosas como esta, vista en la cuenta de Twitter de La2Noticias con la etiqueta de #LoMejordela2N: “Llegan por fin las #zapatillas de #ballet marrones, ¡y lo hacen 200 años después que las rosas! Se trata de una revolución para los bailarines negros y asiáticos, y un paso más para combatir el #racismo en el mundo del ballet».

Ya ven, el ‘racismo’ se combate fácil, fabricando zapatillas de ballet marrones. No sé, hubo un tiempo en el que ‘racismo’ significaba algo real y bastante desagradable. Cualquiera podría pensar que si no se fabricaban zapatillas marrones era porque no había demanda de zapatillas marrones, que no había en absoluto una prohibición, tácita o expresa, de fabricar zapatillas de todos los colores del espectro, y que las zapatillas, como cualquier otro producto de consumo, las elaboran y comercializan empresas que tienen como única meta ganar dinero, y el dinero no tiene ni raza ni -en este sentido- color.

Habría que vivir en un extrañísimo mundo de fantasía plana y unidimensional para imaginar una conspiración de fabricantes de zapatillas de ballet, reunidos en un sombrío sótano para frustrar las aspiraciones de bailarines y bailarinas de color, animados por un perverso supremacismo. Me recuerda a ese extrañísimo universo en el que los empresarios pagan a las mujeres menos por exactamente el mismo trabajo, y que se vaya a freír espárragos el sentido común, la competencia o incluso la ley. Pero ese es el mundo en el que están decididos a que usted y sus hijos habiten mentalmente.

Confieso que el ballet no ha sido nunca lo mío, demasiado torpe, así que he tenido que echar un vistazo para comprobar que, naturalmente, hay de siempre zapatillas de ballet blancas, rosas, negras, azules y rojas (no voy a seguir mirando), como se le ocurre al que asó la manteca.

Quizá haya una preferencia por el rosa, aunque el tono no es precisamente el de la piel humana nativa en Occidente. Quizá sea una convención de ese desconocido arte, una costumbre; o quizá fuera, en efecto, un intento de no distinguirse de la piel humana cuando la abrumadora mayoría de las grandes bailarinas eran blancas.

No tengo ni idea, pero tendría todo el sentido del mundo sin que guardara relación alguna con el racismo sino con un vulgar cálculo comercial, igual que la aparición de estas nuevas zapatillas marrones que tanto alegran a los chicos y chicas de La2Noticias será con toda probabilidad otro cálculo comercial para adaptarse al cambio en la composición racial de los cuadros de ballet y no ninguna cruzada para “combatir el racismo”. Aunque, claro, esa publicidad no le va a venir nada mal en absoluto.

Lo importante no es eso. Lo importante es marinarle a usted en una salsa hecha de miriadas de ‘noticias’ así hasta que se rinda y acepte la absurda visión del mundo de nuestros amos.

Lo mismo ha sucedido con la campaña de la Junta de Andalucía contra la violencia de género. Ha sido absurda, surrealistamente atacada, supuestamente, porque presenta a las mujeres sonriendo en un mensaje positivo de que se puede salir de lo peor; imaginamos que preferirían que estuviesen perpetuamente amargadas y alimentando la ubre del negocio feminista; y porque las mujeres que aparecen en las imágenes son modelos, no verdaderas mujeres maltratadas, un caso insólito en el mundo de la publicidad, donde todo el mundo sabe que el niño que sale en la tele rascándose desesperadamente la cabeza en un anuncio de Filvit tiene realmente la cabeza infestada de piojos.

No, en serio, las dos cosas que se denuncian con rasgado de vestiduras universal han sido rasgos rutinarios de otras tantas campañas socialistas que han pasado desapercibidas y sin críticas, naturalmente. Porque lo único verdaderamente criticable de la campaña es quién la decide, una Junta que ya no está en manos de sus ‘legítimos’ propietarios, la izquierda que lleva más de lo que duró el franquismo enseñoreándose del cortijo, y lo que aterra es que se les acabe la paguita, el dulce parné, a la miriada de chiringuitos que llevan años viviendo del sufrimiento ajeno.

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