Actualler: hoy va de tontas y fotos. 

Te presento a una tonta que quiere pasar a la historia de las tontas que en el mundo han sido.

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Aquí la tienes. ¿Cómo lo ves? ¿Te parece una concursante de alguna kk de Telecinco o de Cuatro?

¿Una señora que se pone tal que así cuando ve a Ferreras en la sexta?

¿Es la dama que sueña con una foto dedicada de Pedro Sánchez?

¿Acaso se trata de una votante de Ciudadanos?

¡Pues no! Esta señora es una cantantAde ópera.

No sé si conoces el mundo de la ópera. 

Está lleno de personajes sublimes: los compositores muertos. 

De transmisores respetuosos de su legado, como algunos directores de orquesta (nuestro maravilloso y añorado Jesús López Cobos, por ejemplo). 

De personas que nos enseñan lo que quiere decir la palabra “belleza”. Kraus. Caballé. Domingo. Bowman. Berganza. Scholl. Schwarzkopf. Mena. Luciano. Victoria. Fischer-Dieskau. Tebaldi. Gruberova. Bartoli.

Pero en toda ópera que se precie existe el bueno y el malo. Y en el mundo de la ópera hay un reducto de malísimos tontos de tomo y lomo. En su mayor parte, se cobijan en una cueva llamada “director de escena”, o cosas parecidas. 

Consiste tal lugar en agarrar a Verdi, pongamos por caso su Romeo y Julieta, que va de lo que todo el mundo sabe, y empezar a retorcerlo hasta convertirlo en una historia LGTB. O bien la convierten (es el caso más frecuente) en una historia de abusos sexuales de la Iglesia católica.

Pero hete aquí que, oh, tiempo, oh, costumbres, ahora descubrimos un nuevo rincón del lado oscuro de la ópera: el barranco de los tontos. 

Y tontas. 

Te presento a Tamara Wilson, cantanta tonta asida al mundo progre, perdón, progra:

Antes de seguir, y por si te has librado de la adicción a la ópera, un dato: la protagonista de Aída, otra obra de Verdi, es una princesa etíope. Es decir, una señora de piel oscura. Y toda la vida, desde que se estrenó en 1871, todos los directores e intérpretes la han presentado como una princesa de esa raza. 

Hasta que llegó la cantanta tonta:

“En la Arena de Verona estalló la polémica y se creó un caso sorprendente, que dejó boquiabierto incluso a Plácido Domingo, que lo ha visto todo en la ópera y está siendo protagonista destacado en esta semana en el célebre anfiteatro romano, donde se le dedica un gran homenaje para conmemorar los 50 años de su debut en Verona. La soprano americana Tamara Wilson dio plantón incluso a Plácido Domingo y se rebeló, rechazando «colorearse» la cara de negro para interpretar el papel de Aída.” 

Esta Tamara majadera, a la que he tenido el honor de no escuchar jamás, ha tenido el cuajo de representar dos funciones de Aída maquillada de negro sin decir ni mu. 

Pero en la tercera función, y tal vez porque su interpretación está siendo mediocre y pasa desapercibida, decidió erigirse en defensora de los todos los idiotas que en el mundo son:

“Hacer Aída negra es racismo. Yo rechazo maquillarme de negra. No quiero ser un engranaje en un mecanismo de racismo institucionalizada.”

La verdad, no sé si estamos ante la cantanta tonta o ante Zapatero, que se ha disfrazado de cantanta, a ver si así le hacen un poco de caso:

“Esto no ayuda a nuestra industria a abrazar la diversidad. Me gustaría ver a más personas de color trabajar en la ópera, en el palco y en la administración. Espero que mi voz ayude a abrir un diálogo y a promover un cambio.” 

Nuestro Plácido, al que vemos aquí en el rol del negro Otelo, puso las cosas en su sitio:

“Es un tema muy delicado: pienso que esta sensibilidad viene de Estados Unidos, pero no es justo, porque si en la ópera hay un personaje japonés, como Cio Cio San (Madame Butterfly), debes tener vestimenta japonesa y los ojos orientales. Esta sería la línea general: Otello es moro; Buterfly, japonesa. Una soprano blanca debe maquillarse de negra para hacer Aída, mientras un tenor negro tiene todo el derecho de permanecer como es si canta Marico.” (Una soprano planta a Domingo en Aida para evitar maquillaje negro)

Pues esta es la historia del día de hoy. Ya ves cómo hasta en el mundo de la ópera hay gente capaz de hacer el ridículo. O lo que es peor, y creo que es a lo que nos enfrentamos con esta cantanta, gente capaz de ensuciarlo con las barbaridades “de género” (“abrazar la diversidad”) y con las manipulaciones del pensamiento (un decir) políticamente correcto.

Mientras tanto el gran maestro español ostenta, entre muchos otros, el récord del aplauso más largo de la historia. ¡Una hora y veinte minutos seguidos de aplausos! Sucedió en 1991, en la Ópera Estatal de Viena. Plácido había interpretado su Otelo y tuvo que salir al escenario 101 veces. 

¿Segunda posición? Otra maravilla, Luciano Pavarotti, al que aplaudieron durante 67 minutos en 1968 por su interpretación en L’elisir d’amore, de Donizetti, en Berlín.

En fin, a ver si se me pasa el disgusto con esta, una de mis versiones preferidas de la Casta diva (y lo siento por María):

Los que vamos a currar este agosto te saludan, Actualler, y te agradeceremos infinito que nos sigas leyendo a pesar el calor, de las vacaciones y, como dice otro maestro (este en el mundo de la economía de los sabios), ¡a pesar del Gobierno!

TU DÍA ACTUALL

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