Tanto los mentirosos como sus cómplices, ministros y ministras, portavoces y portavozas, siguen empleando un lenguaje bélico para referirse a una crisis sanitaria. 

Pues bien, aceptemos por una vez su mentiroso lenguaje y veamos hasta dónde nos conduce.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Hipótesis: nuestro país ha fracasado en la batalla contra la Covid-19 porque su estructura política no es eficaz para afrontar situaciones extremas. 

Y no me refiero solo al Gobierno sino sobre todo al Estado, a su andamiaje constitucional. 

¿Dedicamos hoy unas líneas a tratar de probar semejante hipótesis?

Estos días algunos políticos hablan mucho de una guerra, de que la epidemia es la guerra.

Vale, pues aceptemos semejante osadía: imagina que en lugar de una emergencia sanitaria, estos días estuviéramos viviendo una guerra.

¿Qué hubiera sucedido si en lugar de invadirnos un virus nos invade un ejército extranjero? Por ejemplo, a través del Estrecho.

Vale, es una tontería. O una frivolidad. O algo peor. Pero permíteme llegar hasta el final del argumento. Intentemos no pensar en quién gobierna, sino en nuestro país y sus recursos, en la capacidad del Estado para hacer frente a una crisis muy grave, sea sanitaria, como la actual, o un ataque bélico exterior.

Si fuera una guerra…

Te propongo pensar por un momento si la organización política y territorial, los recursos económicos y militares, la estructura política y los partidos, o la opinión pública, si todo lo que da forma a nuestro Estado está preparado para un acontecimiento de esa magnitud.

Si hubiera sido una guerra de verdad:

  • ¿La hubiéramos ganado o seríamos los derrotados?
  • ¿Nuestro Estado está pensado y articulado para afrontar conflicto de gravedad extrema, como una guerra? 
  • ¿Superaríamos un test de resistencia de semejante calibre?
  • ¿Nuestro régimen autonómico lo permitiría?
  • ¿Los partidos políticos que hoy tenemos y la clase política actual están preparados para dirigir con éxito una crisis semejante?
  • ¿Y la opinión pública? ¿Estamos los ciudadanos en condiciones de asumir sacrificios como los que tocaría hacer?

Un Estado roto

En referencia a una de las piezas clave del Estado, los partidos políticos, y en el contexto de la sucesión de elecciones generales de 2019, Amando de Miguel señalaba:

La política para los viejos partidos españoles se ha reducido a algo semejante a un inveterado juego de envite. Cada partido juega con las cartas que le ha proporcionado el azar de las elecciones. El objetivo real de los partidos con posibilidad de decidir el nuevo Gobierno no es tanto ganar como seguir jugando, un placer en sí mismo. (Amando de Miguel: El estado de crisis permanente)

Javier Rupérez fue embajador de España en Estados Unidos, ante la ONU, la OTAN y diversos países, y también diputado y senador. 

Como casi todos los protagonistas de la transición, Rupérez reflexiona acerca del presente partiendo de una situación que fue pero ya no es, sin reparar en las grietas del Estado que contribuyó a crear:

Seguir creyendo en, y luchando por, lo que con tanto esfuerzo habíamos contribuido a crear en las últimas cuatro décadas: una sociedad de ciudadanos libres e iguales en una España patria común e indivisible de todos los españoles. (Javier Rupérez: De confinamientos y secuestros)

El fracaso del Estado nacido precisamente de la transición ha quedado patente en estos últimos años justo en la línea que apunta Rupérez: España ya no es “una sociedad de ciudadanos libres e iguales en una España patria común e indivisible”. 

También en esto fracasa nuestro Estado. 

Como fracasa, y estrepitosamente, en la defensa de sus propios valores como Estado. Y la demostración está en el propio Rupérez, que en 1979 fue secuestrado por un comando etarra dirigido por Arnaldo Otegui.

Y hoy Otegui anda libremente viviendo del dinero que le entrega el Estado al que trata de destruir.

Tal como lo conocemos hoy, nuestro Estado fracasa también al mostrarse profundamente injusto: sus defensores son vilipendiados y se han convertido en víctimas mientras sus agresores se han hecho con las riendas.

Un Estado ineficaz

Si consideras, como yo, que el Estado no estaría hoy en condiciones de afrontar con éxito una crisis profunda, como por ejemplo un conflicto bélico, ¿por qué crees que seguimos mirando para otro lado?

¿Por qué nadie con autoridad, o al menos con influencia en la opinión pública, alza la voz para proponer que reconduzcamos nuestro país en la buena dirección?

Lo primero que me vino a la mente cuando pensé en todo esto fueron las dichosas autonomías. Me puedo imaginar perfectamente a 17 presidentes regionales organizando 17 miniejércitos. ¿A que sí?

Pero la cosa es en realidad mucho más grave, no se trata solo de que el estado de las autonomías no sirva para casi nada.

He leído un artículo en el que se sugiere que el problema no está en el tipo de Estado sino en su eficiencia:

Un interesante artículo publicado hace unos días («The Virus Should Wake Up the West», de Micklethwait y Wooldridge) proponía un enfoque diferente para valorar la respuesta de los diferentes países a la crisis: en lugar de distinguir entre Estados fuertes o débiles, centralizados o federales (clasificaciones todas que resultan insuficientes), proponía la siguiente: aquellos países que han abordado en los últimos años una reforma profunda de las administraciones públicas, como Singapur, Corea del Sur, Dinamarca o Alemania, han tenido más éxito para gestionar la crisis. 

No existe un único modelo de Estado detrás de todos estos países. Lo que sí hay es un mismo patrón: se han preguntado para qué quieren el Estado, y tras definir el objetivo, han abordado las reformas para alcanzarlo. (Isidoro Tapia: La ‘vieja normalidad’: la pandemia y el papel del Estado)

Para qué queremos el Estado

No sé si coincidirás con este análisis, a mi me parece bastante sensato. Como le gustaba decir a Felipe González, lo importante es que el gato cace ratones, no que sea blanco o negro. Lo importante es que el Estado funcione. 

Pero nadie hasta el momento ha pedido la palabra para reclamar un Estado que funcione con eficacia y esté en condiciones de afrontar una crisis extrema.

Nadie se ha preguntado para qué necesitamos al Estado y, en función de la respuesta, se han puesto en marcha las reformas necesarias. 

Aquí todo el mundo, desde los partidos a nosotros, los ciudadanos de a pie, cada vez que oímos la palabra “Estado” extendemos la mano.

A los grandes partidos parece que les gusta un Estado que se meta en tu vida privada, pero sea incapaz de defenderla. 

Han creado a su medida este Estado ineficaz ante las crisis graves, pero supereficaz a la hora de proporcionarles poder, dinero y una población sometida y dependiente.

Por eso ante las crisis extremas, como la del coronavirus, ha llegado la hora de preguntarse si son incapaces de reaccionar y actuar de manera eficiente. Y a lo pero la respuesta es que no sirven. 

Quizá no nos sirven. Ni ellos, los actuales partidos políticos, ni el Estado que han ido construyendo en el último medio siglo. 

Y también, para ser honestos, hay que preguntarse si servimos nosotros mismos, los ciudadanos, acostumbrados a la indolencia nacida de nuestra dependencia de un Estado que promueve el dolce far niente.

Porque no conviene olvidarlo: el Estado no es una cosa abstracta y lejana. Somos nosotros. Es nuestra responsabilidad. Somos tú y yo los que decidimos quiénes actúan como sus gestores cada vez que votamos.

A lo mejor lo de votar no lo estamos haciendo del todo bien…

Y por cierto, si se empeñan en hablar del coronavirus como de una guerra, ¿pediremos un consejo de guerra para Sánchez y sus ministros?

Comentarios

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Jamás pensé que uno pudiera ganarse la vida hablando de la vida de los otros, así que sigo creyendo que no soy un periodista. Dicen que éste, el segundo oficio más viejo del mundo (el que estás pensando es el tercero), se ha profesionalizado. Yo me dedico a intentar disimularlo. Este es mi blog http://mvidalsantos.tumblr.com/