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La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Los políticos españoles, apenas sin excepción, la mayor parte de las figuras representativas de la iglesia, un número crecidísimo de los que consideraban “intelectuales” (y desde luego de los periodistas), la mayoría de los económicamente poderosos, los dirigentes de sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían.

Este fragmento forma parte de uno de los mejores análisis de las causas de nuestra última guerra civil. 

Lo escribió hace ya algunos años Julián Marías, aquel filósofo católico, republicano, miembro del Pontificio Consejo para la Cultura promovido por San Juan Pablo II, senador real en los primeros momentos de la democracia, que se esforzó por explicar la guerra civil con rigor y gran esfuerzo pedagógico.

Puedes leer el texto completo (apenas dos o tres horas) en La Guerra Civil: ¿Cómo pudo ocurrir? A mi me ha impresionado.

Identificar las señales

Marías, que vivió aquellos hechos, quiso desmenuzar los motivos que condujeron a los españoles a matarse unos a otros, con el fin de explicarlos a las generaciones posteriores para que supieran detectar las señales y poder así evitar una nueva confrontación.

Y cuanto más profundiza en las causas que condujeron a la guerra, más actuales suenan sus palabras, más inquietud surge en tu interior al constatar que hoy estamos transitando el mismo camino que en los años 30:

En una gran porción de España se engendra un estado de ánimo que podríamos definir como horror ante la pérdida de la imagen habitual de España: ruptura de la unidadpérdida de la condición de país católicoperturbación violenta de los usos, incluso lingüísticos, del entramado que hace la vida familiar inteligible, cómoda. 

Frente a este horror, el mito de la revolución, la intranquilidad, la amenaza.

La puerta de la violencia

¿Cuándo se deja de hablar, de progresar, cuándo se abandona la política y empieza la violencia?

Lo único que importaba saber de un hombre, una mujer, un libro, una empresa, una propuesta, era si era de derechas o de izquierdas, y la reacción era automática. 

La infinita variedad de lo real quedó para muchos reducida a meros rótulos o etiquetas, destinados a desencadenar reflejos automáticos, elementales, toscos. Se produjo una tendencia a la abstracción, a la deshumanización, condición necesaria de la violencia generalizada.

Deshumanizar al oponente es abrir la puerta a la violencia. Sucedió en 1936. Y está sucediendo de nuevo hoy.

Sucede cuando no solo los asesinos, sino también sus cómplices, los que les blanquean, desprecian a sus víctimas y ni tan siquiera pronuncian sus nombres para que así pierdan su carácter humano. 

Deshumanizar a las víctimas. Ese es el camino que permite a los asesinos borrar sus crímenes.

Muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: 

a) Dividir al país en dos bandos. 

b) Identificar al otro con el mal. 

c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. 

d) Eliminarlo, quitarlo de en medio.

Y ahora dejemos a un lado los años 30 y regresemos a nuestros días.

Tenemos Rey y tenemos patria

El penúltimo episodio de la deshumanización del contrario y la degradación de la convivencia tuvo lugar el 1 de octubre de 2017.

No hay nada que celebrar el primero de octubre, como quieren los golpistas y el Gobierno PSOE + Podemos, que al fin y al cabo son una misma cosa.

Quienes tenemos rey y tenemos patria, es decir, nosotros, la mayoría, los españoles, sea cual sea su región de origen, nosotros celebramos el 3 de octubre de 2017, cuando el rey puso firmes a los golpistas catalanes ante el inaudito silencio del Gobierno de Mariano Rajoy y su pasividad durante la celebración del referéndum de autodeterminación organizado por la Generalidad:

El hito del reinado de Felipe VI ha sido su oportuno discurso del 3 de octubre de 2017, cuando atendiendo al anhelo de la mayoría de los españoles llamó a reponer el orden constitucional en Cataluña. 

Pero Sánchez se mantiene en el poder con el apoyo de los partidos antiespañoles y anticonstitucionales que promovieron el golpe que el Rey llamó a frenar. 

Esa incongruencia insalvable entre Felipe VI y su presidente tenía que acabar aflorando. Y ha sucedido. (Luis Ventoso: El elefante ya pisa la alfombra)

Último freno a la “democracia socialista”

Después de dos años de Gobierno populista, de Sánchez + Iglesias, de PSOE + Podemos, la temperatura de nuestro sistema constitucional ha subido más y más y la democracia liberal empieza a necesitar la UCI. 

Porque si no le aplicamos ya los cuidados que con urgencia requiere, pasará de democracia liberal a “democracia socialista”

Sánchez lleva dos años largos cortando las alas al Parlamento, legislando sistemáticamente por decreto-ley. No ha cesado de intentar someter la Justicia a los intereses políticos de su Gobierno. Y su relación con la jefatura del Estado ha sido cualquier cosa menos respetuosa. 

Ahora, ha querido hacer visible que el Rey carece de autonomía incluso para desarrollar su agenda institucional. Que depende de él para todo. 

En este momento de España, el Rey es, junto al poder judicial, el principal dique interno de contención de la ofensiva de liquidación del Estado de las fuerzas destituyentes. (Ignacio Varela: La monarquía, confinada)

El rey y los jueces, o al menos algunos jueces, son los últimos anticuerpos. Si el virus PSOE + Podemos los doblega, puede que ya no haya vuelta atrás. Al menos en un buen montón de años y de ruina en todos los órdenes.

Estamos en un momento en el que hay que concentrar las fuerzas en proteger la independencia de las instituciones, el equilibrio de poderes, y los derechos fundamentales. Es decir; estamos en la batalla por la esencia de lo político, por las bases de la convivencia.

Si se permite que el Gobierno colonice la Administración, los instrumentos del Estado, se habrá permitido el sueño de todo totalitario: que la gente piense que Gobierno, Estado y sociedad son lo mismo, y que no pueda legalmente existir la disidencia, la crítica, la alternativa; en suma, la libertad.

De hecho, la ministra Irene Montero soltó en el Congreso que su ministerio serviría para que fuera ilegal toda opinión contraria a la doctrina que formule su gabinete. (Jorge Vilches: La batalla cultural no está en el Valle de los Caídos)

La solución

Ojalá fuera tan fácil dar con ella como escribir la palabra mágica: solución. Pero haberlas, haylas. Y como muy acertadamente escribe Juan Carlos Girauta, “es impensable que España haya decidido suicidarse poniendo su futuro en manos de un maniquí de El Corte Inglés y varios navajeros”. 

Hay soluciones a pesar de que ellos, los amigos del maniquí, van a seguir intentándolo, sumidos como están en su pensamiento mágico. John Gray, el catedrático de la London School of Economics, lo ha descrito así:

Según la mentalidad actual, el hecho de que un objetivo sea imposible de alcanzar no es motivo para no intentarlo. Más bien todo lo contrario. 

Los sueños imposibles —nos dicen innumerables predicadores laicos— hacen a los seres humanos únicos y especiales. 

En esta religión moderna, aceptar cualquier límite último al poder humano es el peor de los pecados.

Me aventuro a enumerar un par de soluciones, aunque estoy seguro de que a ti se te ocurren un montón más, y de mayor eficacia:

1) Ilegalización de los partidos antisistema, todos aquellos que no acatan la Constitución, ni la respetan, ni la juraron más que con chanzas, y la están destruyendo.

Toda comunidad política sana se articula en torno a la noción de bien común y la conciencia de pertenencia que garantiza su integridad.

Pero la penosa Constitución española, en su pretensión de alcanzar el «consenso», admitió en su seno a quienes aspiran a la destrucción de la comunidad política, bendiciendo sus partidos y asociaciones.

Ninguna comunidad política que no esté fundada en el más cínico (y trágico) relativismo puede acoger a sus enemigos internos. (Juan Manuel de Prada: Indultos y reyes florero)

2) No callarnos. Y pedir a quienes callan, que hablen.

¿Cuándo se ha normalizado y puesto de moda eso de dejar al Rey sin aire para respirar? Deberían haber puesto los puntos sobre las íes, las cosas claras, la carne en el asador y lo que cuelga encima de la mesa. ¿Quiénes? Los hombres decentes, los grandes empresarios, los principales catedráticos, los más renombrados artistas, los mayores editores, los banqueros más poderosos.

Reivindicar a Don Felipe es ya arriesgado. Lo adecuado en este país de cobardes es avalar los planes sanchistas de rebatiña de fondos europeos. (Juan Carlos Girauta: El vendaval)

Obligarles a hablar, a pronunciarse, a elegir bando, a que proclamen la urgencia de defender la democracia. Pero no solo a ellos, los poderosos. También nosotros, tú y yo, hemos de hablar y hemos de actuar en el bando correcto. Activismo, lo llamamos. ¿Te apuntas?

Para defender nuestra nación y salvaguardar la convivencia nos disponemos a luchar junto al mejor:

Felipe VI ha demostrado que es, de lejos, el mejor político de su generación. Lo que no es muy difícil, teniendo en cuenta el nivel ínfimo de una camada de dirigentes que aprendieron todo lo peor de sus mayores y nada de lo bueno. 

Aun si mañana se declarara la tercera república, no se ve, entre los políticos en activo, a nadie más competente para ejercer con solvencia la jefatura del Estado que el ciudadano Borbón, como lo llama Garzón. (Ignacio Varela: La monarquía, confinada)

Esta no es una batalla cualquiera. Es LA BATALLA, la lucha por la que la Historia juzgará a esta generación.

¡No pasarán!

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Jamás pensé que uno pudiera ganarse la vida hablando de la vida de los otros, así que sigo creyendo que no soy un periodista. Dicen que éste, el segundo oficio más viejo del mundo (el que estás pensando es el tercero), se ha profesionalizado. Yo me dedico a intentar disimularlo. Este es mi blog http://mvidalsantos.tumblr.com/