Mark Zuckerberg
Mark Zuckerberg, practicando el 'running' en la plaza de Tiananmen. (Fotografía: Página de Facebook de M. Zuckerberg)

El Gobierno alemán prepara una ley para perseguir las “fake news” en Internet. Lo hará con multas de hasta 50 millones de euros a las plataformas que las distribuyan por la Red. Si el proyecto sale adelante, Facebook, Google y Twitter trabajarán gratis para el Estado como policías de la verdad.

El temor a un crecimiento de los nuevos partidos alternativos a Socialdemócratas y Cristiano-Demócratas en las elecciones legislativas de septiembre explica la iniciativa. Los partidos instalados recuerdan las sacudidas anti-sistema que representaron, en 2016, el referéndum del Brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Se ha asentado el consenso de que la proliferación de bulos y el pirateo ruso de la Red jugaron un papel decisivo en los resultados.

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El Gobierno no quiere que se repita algo así en Alemania, una sociedad agitada por la política de puertas abiertas a los inmigrantes, indignada por las agresiones sexuales en plena calle durante las fiestas del Año Nuevo de 2016 y los recientes atentados de inspiración islamista.

Un artículo de Katharine Viner, titulado “Cómo la tecnología distorsionó la verdad”, abrió en julio pasado, en plena conmoción por el resultado del referéndum del Brexit, el debate sobre la palabra del año en 2016: “post-verdad”, ese estado del periodismo y de la conversación pública en el que los sentimientos, y no los hechos, conforman la verdad y determinan los cambios políticos y sociales.

La tesis de la directora de The Guardian es que las grandes plataformas de Internet, como Facebook o Google, han minado el periodismo de calidad, al cambiar el modelo del negocio, basado en la credibilidad, por uno nuevo basado en la atención del público a toda costa.

En la cultura del “clic”  Google, Facebook y Twitter ya no se comportan como distribuidores neutrales, sino que actúan como editores

En la cultura del “clic” –entrar en un contenido atraídos por su titular sensacionalista, o por cualquier otro señuelo– Google, Facebook y Twitter ya no se comportan como distribuidores neutrales, sino que actúan como editores que priman aquellos contenidos que más “clics” atraen, porque son, al mismo tiempo, los mejores soportes para publicar los anuncios que son la principal fuente de ingresos para esas grandes plataformas.

Los famosos algoritmos –“opacos, infalibles, irresponsables”, como los define Cathy O’Neil en Weapons of Math Destruction– no son neutrales. Es difícil imaginar un caldo de cultivo más propicio para el desarrollo de las “fake news”.

En sitios tan exóticos como Macedonia o Georgia, jovenes programadores crearon páginas efímeras de noticias durante la reciente campaña electoral que enfrentó a Hillary Clinton y Donald Trump.

Algunas de sus historias contaban que el papa apoyaba al señor Trump, o que el jefe de la campaña Demócrata dirigía una red de pornografía infantil desde la trastienda de una pizzería de Nueva York, o que la señora Clinton estaba bajo investigación por el asalto sexual a un menor, o que los Demócratas habían fletado autobuses para llenar las protestas anti-Trump.

BuzzFeed publicó en diciembre un gráfico que conmocionó a la industria de los medios y la élite política. En él, se muestra que las “fake news” superaron a las noticias factuales en número de interacciones en Facebook, durante la campaña estadounidense. El gráfico es este:

Fake News
Fuente: BuzzFeed News, noviembre de 2016.

Los grandes medios estaban en shock por el triunfo del señor Trump. Dos de cada tres habían hecho una vehemente campaña en su contra. Las élites políticas progresistas culparon al Kremlin, a las “fake news”, a todo el mundo, menos a la mala decisión de elegir candidata a la señora Clinton, o la ceguera de los estrategas Demócratas ante el malestar de las clases medias del país tras ocho años de mandato del presidente Obama.

Mark Zuckerberg, el presidente y creador de Facebook, abrió un periodo de reflexión en la compañía sobre las noticias falsas y el papel de la plataforma en su proliferación. Académicos como Jeff Jarvis contribuyeron con una lista de buenas prácticas.

En enero, Facebook comunicó cambios en la plataforma para ayudar a identificar las “fake news”. Los usuarios podrían alertar sobre ellas más fácilmente, Facebook dejaría de ponerles anuncios, agencias externas “independientes” actuarían como verificadoras. Estas, entre otras, fueron algunas de las novedades introducidas en Facebook, la principal plataforma de acceso a las noticias, hoy en día en los Estados Unidos, según el Pew Research Center.

El Trust Project, una iniciativa de la Universidad de Santa Clara, organizó un hackathon de dos días –maratón de codificación de software– en Londres, el pasado mes de enero, dedicado a desarrollar herramientas de verificación y acreditación de fuentes fiables de noticias. Participaron equipos de la BBC, The Economist, La Stampa, BuzzFeed y El Universal, entre otros medios.

El prototipo ganador fue una aplicación desarrollada por The Economist, que permite al usuario medir el grado de fiabilidad de una fuente. La herramienta sigue un estándar llamado Open Trust Protocol. Se trata de un conjunto de metadatos sobre la compañía que está detrás de un artículo –cuándo se creó, cómo se financia, dónde está establecida, quiénes forman la Redacción, etcétera–.

Estos metadatos se incorporan al código de programación del sitio web. Lo que hace la aplicación de The Economist, básicamente, es leerlos y combinarlos con una valoración de los propios consumidores del artículo, para determinar el grado de fiabilidad de la pieza periodística.

Las ideas para combatir la proliferación de “fake news” están surgiendo de la Academia, de la industria del periodismo y de las grandes plataformas de Internet como Facebook o Google.

Tienen en común su naturaleza auto-reguladora. Nacen de la creencia en la cooperación de los actores privados y todas asumen que hay una línea roja que no puede traspasarse: dejar que los Gobiernos intervengan, como pretende hacer el Gobierno de Angela Merkel.

Jeff Jarvis y John Borthwick, de la City University of New York, son partidarios de la cooperación entre medios de noticias, usuarios y las grandes plataformas de Internet. No solo están en contra de la intervención de los Gobiernos en la solución al problema de los bulos, también se oponen a que Facebook o Google decidan qué es verdad y qué es mentira en el ecosistema de las noticias en Internet.

“No creemos que las plataformas deban ponerse en la posición de juzgar qué es falso o real, como si fueran censores. Nos preocupa la creación de listas negras”, señalan ambos estudiosos en este manifiesto del que son co-autores.

Una de las causas de la proliferación de bulos es la formación de burbujas de contenidos o cámaras de eco. Cada usuario de Facebook o de Twitter puede formar una de estas cámaras, simplemente siguiendo los diarios y a los periodistas que confirman sus ideas políticas. Las burbujas ideológicas son lugares propicios para el consumo de noticias falsas.

El problema es que los grandes medios de noticias se comportan como burbujas en sí mismos, cámaras blindadas frente al pluralismo ideológico

Combatir este fenómeno requiere pinchar esas burbujas, abrirlas a fuentes que desafíen los prejuicios. Facebook ha prometido empezar a recomendar a los usuarios fuentes alternativas a las que está suscrito en su perfil. Por ejemplo, cuando haga clic en una noticia de contenido político, Facebook le mostrará otras fuentes que hablan sobre el mismo asunto desde un punto de vista diferente.

El problema es que los grandes medios de noticias se comportan como burbujas en sí mismos, cámaras blindadas frente al pluralismo ideológico. El problema de las “fake news” está relacionado directamente con el hecho de que el público ha perdido la confianza en los medios. Y la ha perdido porque estos se comportan como militantes en la lucha partidaria y crean sus propias cámaras de eco, excluyendo las opiniones de los adversarios ideológicos.

La reforma legal que prepara el Gobierno alemán representa algo que todos, usuarios, medios y plataformas de Internet, querían evitar: el Estado convertido en policía de la verdad.

El de las “fake news” empezó siendo un problema de confianza en la industria, que la industria y el mercado tendrán que resolver por si solos.

Con la ley punitiva del Gobierno alemán, los bulos en Internet parecerán una broma, comparado con la irrupción del Gobierno en un debate que será, a partir de ahora, un debate sobre la libertad de información y de expresión.

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