Imagen referencial/ Pixabay
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Querría dedicar escasos renglones a un fenómeno al que acabo de bautizar como “segregacionismo digital”. Consiste, lisa y llanamente, en elevar muros entre internautas en lo que a interacción con otros se refiere.

Dudo mucho que esta realidad se dé de manera total y radical (pecaría de tremendista y apocalíptico si con tal crudeza lo afirmase), pero sí que está desplegando efectos de forma parcial y a mi juicio, creciente.

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La agitación, el bullicio, el tumulto y la turbamulta de mensajes acalorados e irrespetuosos que proliferan en redes sociales, están agotando las reservas de paciencia de miríadas de personas.

Éstas, en consecuencia, se están viendo conminadas a decantarse por bloquear a aquellos que discrepen, con un temperamento montaraz y deslenguado, de sus publicaciones. Goza de toda lógica: la paciencia adolece de unos límites y los del respeto, revisten categoría de sagrados.

Otra fisonomía que adopta este “segregacionismo digital” es el del absentismo temporal o definitivo de las redes sociales. Usuarios que se apean de las mismas durante un tiempo o para siempre ante el caldo que hierve en el seno de las mismas. Es otra manera de colocar un muro, en aras de marcar distancias para tomarse un respiro.

Realidades como las de la censura a ciertas corrientes de pensamiento y el éxodo de las mismas a otros espacios interactivos como solución a este talante restrictivo, es otra manifestación de estos muros virtuales, que seguramente sean temporales, pasajeros, aunque no es descartable que representen los albores de un futuro próximo (no creo que llegue a tanto).  

Sin más dilación y como colofón final, quería manifestar que si nos separan los muros virtuales, que no lo hagan los vinos. Ya lo dijo Oscar Wilde con su donaire superlativo: “Después de una buena comida, uno se siente inclinado a perdonar a todo el mundo, hasta a los propios parientes”.

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Escritor por vocación y amor a las causas nobles. Mi licenciatura en Derecho no me ha impedido dedicarme profesionalmente al periodismo durante una temporada de mi vida, oficio que desempeñé en Intereconomía, casa en la que blandí la pluma, con más fuerza que la espada, cerca de 4 años. En el presente, no vivo solamente de escribir, sino de otros menesteres, al igual que Cervantes, pero es una afición que sigo cultivando como colaborador en diversos medios de comunicación y a través de mi blog, El Despacho de Don Pepone, el cual goza ya de más de 1 millón de visitas