El Príncipe Carlos de Inglaterra, heredero al trono, y su primer ministro Boris Johnson dedicaron sendos discursos de Navidad ha recordar tanto la naturaleza indeleblemente cristiana de estas fiestas -¿Solsticio? ¡Váyase usted al guano!- como a denunciar la sangrienta persecución de los cristianos en tantos países del planeta que, pese a ser la mayor de cuantas se suceden en la actualidad, pasa desapercibida para los medios. ¿Quién dijo que todo está perdido?

Es Navidad, y ya he sido lo bastante ceniza como para varias vidas, glosando todo lo que “va mal”, en un reflejo invertido de los sermoncitos en que se ha convertido el mensaje centra de El País. Y no, hoy no.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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«Al recordar cómo el niño Cristo huyó con sus padres a Egipto, recordemos a los innumerables, que sufren una terrible persecución o se ven obligados a huir de sus hogares, y fortalezcamos nuestra resolución para evitar que el cristianismo desaparezca de las tierras de la Biblia”, dijo el príncipe en un mensaje dedicado en exclusiva a recordar a los cristianos perseguidos, los grandes olvidados de la postmodernidad mediática.

Otro tanto hizo Boris Johnson, ese excéntrico conservador que los medios aseguraban que los británicos aborrecen y que acaba de obtener la mayor victoria conservadora desde Margaret Thatcher. También él dijo de los cristianos perseguidos: «Para ellos, el Día de Navidad estará marcado en privado, en secreto y tal vez incluso en una celda. Como primer ministro, eso es algo que yo quiero cambiar. Apoyamos a los cristianos en todas partes, nos solidarizamos, y defenderemos vuestro derecho a practicar vuestra fe».

Nunca es tan oscura la noche como justo antes de amanecer. Los amantes de la civilización cristiana, incluso de los afectos e ideas mínimamente sensatas que han atesorado los siglos, tenemos una marcada tendencia a subrayar los efectos evidentes de la decadencia, yo la primera, y desesperar de encontrar rayos de luz en medio de esta oscuridad.

Cuando solo un diez por ciento de la población mantiene una creencia irrenunciable, esa creencia siempre será adoptada por la mayoría de la sociedad

Y, sin embargo…

Sin embargo, el principio del fin podría estar más cerca de lo que pensamos. No hablo de ninguno de esos míticos paraísos que tanto atraen al progresista y que tanta desolación han traído a la humanidad, naturalmente. Pero sí de un giro sensible, de una vuelta a cierta situación más cercana al sentido común, un ‘momento emperador desnudo’ que se generalice.

Abrimos un periódico, encendemos la tele para ver las noticias, y todo parece un ataque coordinado y demasiado poderoso para poderlo contrarrestar. Pero hay, como en el discurso del príncipe, aquí y allá, notas de esperanza.

Y luego están los estudios sobre los cambios ideológicos en sociedades y el ‘tipping point’. Científicos del norteamericano Instituto Politécnico Rensselaer han descubierto que cuando solo un diez por ciento de la población mantiene una creencia irrenunciable, esa creencia siempre será adoptada por la mayoría de la sociedad. Los investigadores, miembros del Centro de Investigación Académico de Redes Sociales Cognitivas (SCNARC), se sirvieron de métodos informáticos y analíticos para descubrir el punto de no retorno, el ‘tipping point’, a partir del cual una creencia minoritaria se convierte en mayoritaria.

“Cuando el número de quienes mantienen determinada opinión firme está por debajo del diez por ciento, no hay avance visible en la expansión de esas ideas”, declara a la publicación del centro el director del SCNARC, Boleslaw Szymanski. “Pero en el momento en que crece por encima de ese diez por ciento, la idea se extiende como un incendio”.

Los resultados del estudio no son exactamente nuevos, solo para mí: se publicaron el 22 de julio de 2011 en la revista Physical Review E en un artículo titulado ‘Consenso social a través de la influencia de minorías comprometidas’, que podría estar hablando de los lectores de Actuall. El futuro, por pronunciar una de esas frases pomposas tan de moda, es de los que nunca se rinden.

Los pueblos de Occidente no se resignan ya a mantener su conducta de lemmings precipitándose a la extinción a recomendación de sus líderes culturales, y están expresando en las urnas y, a veces, en otros medios, opiniones que se oponen frontalmente a lo que los grandes medios, las grandes empresas y los políticos del consenso quieren presentar como dogmas de obligada aceptación. Pero lo único bueno de su esquema ideológico de disparate y muerte es que sus ideas son inviables, llevan a un callejón sin salida. Y lo que promueve la estirilidad y la muerte, muere.

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