Xi Jinping, presidente de la comunista República Popular China.
Xi Jinping, presidente de la comunista República Popular China.

El cardenal Pietro Parolin, jefe diplomático del Vaticano, firmó un acuerdo secreto con los funcionarios comunistas chinos en septiembre de 2018. Aunque sus términos nunca fueron hecho públicos, todo apunta a que ha establecido un proceso por el cual los obispos podrían ser seleccionados por el gobierno de Beijing y luego confirmados por la Santa Sede. El acuerdo de dos años se renovó una vez en 2020, y el cardenal ha expresado su deseo de que pueda renovarse el próximo septiembre.

En vista de la creciente persecución de todas las religiones en China por el Partido Comunista Chino, es difícil ver cuáles podrían ser las razones para que el Vaticano deba renovar el acuerdo.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Hagamos un poco de historia:

Durante el 2017 y el 2018, el Vaticano hizo grandes concesiones a China con el fin de llevarla a la mesa de negociaciones y llenar las 40 o más diócesis sin obispo. Primero, el Papa Francisco levantó la excomunión de los siete «obispos» nombrados irregularmente por la Asociación Patriótica Católica China, es decir, por el Partido Comunista Chino. En segundo lugar, parece haber estado de acuerdo en que los obispos ancianos de la Iglesia Católica en clandestinidad debían ser retirados por la fuerza y reemplazados por obispos patrióticos a elección de Beijing, mientras que los obispos fieles en clandestinidad más jóvenes debían ser reubicados en cargos subordinados dentro de la iglesia patriótica. Esta «liquidación» de la Iglesia Católica en clandestinidad es lo que motivó a que el cardenal de Hong Kong Joseph Zen a viajar a Roma, para defender la causa de los católicos fieles chinos ante el propio Santo Padre.

Sin embargo, incluso con estas concesiones, solo ha habido seis ordenaciones de obispos católicos en China en los últimos tres años y medio. Parece claro que el Partido Comunista Chino se ha contentado con dejar sin pastor a muchas diócesis, quizás porque sacerdotes y laicos sin líderes son más fáciles de controlar.

Desde la firma del acuerdo sino-vaticano las cosas han empeorado, y mucho, para los creyentes en China en otras formas también. Como me dijo una religiosa el año pasado, «las paredes se están cerrando».

En diciembre de 2021, el Secretario General del Partido Comunista Chino, Xi Jinping, dio un discurso en la Conferencia Nacional sobre el Trabajo Relacionado con Asuntos Religiosos. Xi enfatizó que «la religión y las organizaciones religiosas deben estar vivamente orientadas para adaptarse a la sociedad socialista», y que aquellos que trabajan en «asuntos religiosos» dentro del Partido deben tomar la Sinicización de la religión como su tarea principal. Y para que no haya quienes digan que la Sinicización de la que habla Xi solo significa hacer modestas adaptaciones a la cultura china, agregó: «Sinicización significa que todas las comunidades religiosas deben ser dirigidas por el Partido, controladas por el Partido, y apoyar al Partido».

Tres meses más tarde, el 21 de marzo de 2022, se publicó un artículo en el Study Times, una publicación oficial del Comité Central del Partido Comunista de China, en el que se exponía cómo se iba a lograr la Sinicización mediante el control total de las organizaciones religiosas, y sus doctrinas por el Partido.

El Partido, dice, tiene la intención de «fortalecer la orientación ideológica y política de los círculos religiosos, mejorar la conciencia política de los círculos religiosos, [y] guiar a la comunidad religiosa para apoyar la dirección del Partido Comunista de China y el sistema socialista, unirse estrechamente en torno al Comité Central del Partido con el camarada Xi Jinping en el centro, y seguir firmemente el camino del socialismo con características chinas». Esto llevará a «alentar a los círculos religiosos a estudiar diligentemente el Pensamiento Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era, estudiar la historia del Partido, la historia de la Nueva China, la historia de la reforma y la apertura y la historia del desarrollo socialista de una manera planificada, y a educarse profundamente en el tema del Amor al Partido, Amor al País, Amor al Socialismo…”.

De una manera siniestra, el artículo explica que algunas religiones simplemente no pueden ser sinicizadas. Se hizo referencia específica a los grupos religiosos que «copian el modelo de enseñanza extranjera, toman valores extranjeros como estándar e incluso aceptan las órdenes y la dominación de las fuerzas extranjeras».

Aquellas religiones que se nieguen a someterse al control del Partido serán consideradas «fuerzas hostiles extranjeras y fuerzas extremistas que están utilizando la religión para infiltrarse y sabotear nuestro país, dirigiendo sus religiones en una dirección distinta al camino del socialismo, y conspirando políticamente para derrotar y subvertir a China». Cualquier religión que se niegue a seguir la dirección del Partido en todo será «resueltamente suprimida y erradicada.»

Es difícil ver cómo tal formulación deja espacio para alguna colaboración fructífera entre el Vaticano y el Partido Comunista Chino… mucho menos en el nombramiento de obispos.

A pesar de lo anterior, el Cardenal Parolin cree que el Acuerdo Sino-Vaticano debe extenderse, aunque admite que puede ser necesario retocarlo. «Estamos reflexionando sobre qué hacer», comentó:

«(La pandemia) COVID no nos ayudó porque interrumpió el diálogo en curso. Estamos tratando de reanudar el diálogo concretamente, con reuniones que esperamos se celebren pronto. Reflexionaremos sobre los resultados del acuerdo y posiblemente sobre la necesidad de hacer aclaraciones o revisar algunos puntos».

No comparto el optimismo de Parolin. Mientras los comunistas aplastan la religión en China, un poco de «ajuste» diplomático por aquí y por allá no estará ni cerca de eliminar ese vasto abismo que separa la misión divina de la Iglesia Católica del intento del Partido Comunista Chino de usar grupos religiosos para sus propósitos ateos.

El Partido Comunista Chino ha dejado claro que solo tolerará la existencia de organizaciones religiosas si éstas permiten ser utilizadas como extensiones del Partido. La nueva directiva del Partido establece que cualquier grupo religioso que no enseñe el socialismo [es decir, el comunismo] y la línea del Partido, y no enseñe a sus miembros a amar al Partido y al socialismo, es una religión atrasada que se dedica a actividades religiosas ilegales y debe ser erradicada.

La brecha entre la Iglesia Católica y el Partido Comunista Chino es tan amplia como la que separa el Cielo del Infierno.

La Iglesia sufriente en China necesita nuestras oraciones ahora más que nunca.

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