La escena parece sacada de la persecución de Diocleciano o de Nerón, cuando se crucificaba a hombres, mujeres y ninos, pero no ha ocurrido hace 2.000 años, sino hace sólo unas semanas en las proximidades de Alepo (Siria).

Los verdugos no eran esta vez sayones romanos, sino terroristas del Estado Islámico, pero su nivel de crueldad tan salvaje o más que el de aquellos. Y las motivaciones, las mismas: obligar a sus víctimas a renegar de Cristo, bajo la amenaza de tortura y muerte.

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La víctima no estaba escogida al azar. Era el hijo de un ministro evangélico, que había fundado nueve iglesias en la zona. Los terroristas interrogaron a padre e hijo y a otros dos miembros de la misión.

Con su estilo propagandístico, marca de la casa, los verdugos del IS congregaron a una multitud de lugareños a fin de convertir la tortura en espectáculo. Y conminaron al ministro evangélico y a su hijo a renegar del cristianismo y abrazar el islam.

Al no ceder, los guerrilleros del IS cogieron al joven de 12 años, le cortaron las yemas de los dedos y le golpearon brutalmente, diciéndole a su padre que sólo dejarían de torturarle si él se convertía al islam.

Pero el ministro cristiano no cedió, y los islamistas procedieron a torturarle también a él y a los otros dos miembros de la misión. Después, los crucificaron junto con el nino de doce años.

“Todos fueron salvajemente maltratados y luego crucificados”, narra un testigo. “Les abandonaron en sus cruces durante dos días. No permitieron que nadie se acercara para llevarse sus cuerpos”. Los mártires murieron junto a las señales que habían puesto los militantes del IS para identificarles como «infieles».

Dos cristianas de unos 30 años siguieron rezando mientras eran violadas y crucificadas

No terminó ahí el horror. Dos cristianas de unos 30 años fueron detenidas y maltratadas. Y cuando  alegaron que sólo sentían la paz y el amor de Cristo, fueron violadas en público, y posteriormente crucificadas. Según testigos, las dos mujeres continuaron rezando mientras abusaban de ellas.

“Todos se pusieron a rezar”

Los testimonios de quienes vieron todos estos martirios es estremecedor. “Los aldeanos dijeron que unos estaban orando en el nombre de Cristo, que otros estaban rezando la oración del Señor, y que algunos de ellos levantaron la cabeza para encomendarle sus almas”, declaraba un miembro de la misión evangélica. “Una de las mujeres levantó la vista y parecía estar casi sonriendo cuando exclamó: ‘¡Jesús!’”.

Después de decapitarles colgaron sus cuerpos en cruces, señaló un responsable de la misión con la voz quebrada. Él había formado a todos los trabajadores para su ministerio evangélico y había bautizado al ministro torturado y otros miembros de la misión.

Podían haber evitado el martirio

No fueron mártires a la fuerza. Tuvieron la opción de abandonar la zona, ante la llegada de los yihadistas. Pero habían repetido más de una vez que su puesto estaba allí. “Esto es lo que Dios nos ha dicho que hagamos. Esto es lo que queremos hacer”. Como relata un testigo: “Sólo querían quedarse y compartir el Evangelio”.

Los que optaron por permanecer se podrían haber dispersado y ocultado en otras áreas, como hicieron sus familiares. Pero no fue así, y los terroristas del IS les capturaron y les plantearon la dramática disyuntiva: o renunciaban a Cristo o perdían la vida. Y no lo dudaron.

Fuente: Christian Aid Mission. Traducción de Cristina Castro

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