Cartel de la beatificación de los mártires vicencianos asesinados por odio a la fe en el siglo XX en España.
Cartel de la beatificación de los mártires vicencianos asesinados por odio a la fe en el siglo XX en España.

Hace 80 años declararse católico en España podía suponer la sentencia de muerte. Es lo que le pasó al joven Rafael Lluch, de 19 años. Estaba en su establecimiento el 12 de octubre de 1936, cuando se presentaron tres milicianos, inspeccionaron el local y le robaron la bicicleta.

Rafael aguantó sin decir nada. Pero cuando comenzaron a blasfemar y trataron de arrancar el cuadro de la Virgen que se encontraba presidiendo la zona de laboratorio, ni quiso callar para ser fiel a su voto: “antes la vida que a mi Madre”.

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Se lo llevaron preso. Fue fusilado tres días después.

Rafael Lluch es uno de los mártires de la Guerra Civil que son beatificados ocho décadas después. Las suyas son historias de coraje y de fe, de gente corriente, que en una situación crítica fueron capaces de poner su fe y sus convicciones por encima de su vida.

Este sábado son beatificados en una Madrid 60 mártires de la familia vicenciana asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa desatada durante la Guerra Civil Española.

Son sacerdotes, hermanos de San Vicente de Paúl, laicos e Hijas de la Caridad que, coincidiendo con el 400 aniversario de la fundación del carisma vicenciano, son elevados a los altares.

Se suman así a otros 42 mártires de esta familia de profunda raigambre misionera católica que fueron beatificados en Tarragona en el año 2013.

Todo ellos vivieron según los deseos de su fundador, san Vicente de Paúl, que en 1656 dejó dicho a sus misioneros: “¡Quiera Dios, mis queridos padres y hermanos, que todos los que vengan a entrar en la compañía, acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio y de consagrarse por entero al servicio de Dios, tanto en los países lejanos como aquí”.

“Con tal de que se termine esta espantosa guerra, y no se ofenda Dios, poco importan nuestras vidas”, decía sor Toribia

Los nuevos beatos provienen de dos causas de beatificación diferentes, una iniciada en Madrid y otra en Valencia y hallaron el martirio en diversos lugares correspondientes a los territorios episcopales de Madrid, Barcelona, Gerona, Valencia y Cartagena-Murcia.

De las breves biografías facilitadas por la familia vicenciana es posible extrar detalles que dan cuenta de la generosidad, la valentía, la entrega y el perdón con el que se forjó la vida de los mártires a quienes se arrebató la vida por odio a la fe.

Un valor forjado en las trincheras del Rif

Cuando la hermana Toribia Marticorena tuvo que afrontar los tiempos de la persecución ya había templado el acero de su valor y entrega en las trincheras de la Guerra de Marruecos, donde los soldados españoles sufrieron de la peor forma imaginable el hambre, la sed, la fiereza de sus enemigos y la ineptitud e inoperancia de los mandos y el Gobierno de España.

Corría el año 1921 cuando de la hermana Toribia ya se decía: “Era la hermana valiente que salía al campo de batalla para recoger a los soldados heridos”. Tal vez por haber conocido aquél infierno en el desierto de Marruecos, se recuerda que repetía, ya en España en los años 30: “Con tal de que se termine esta espantosa guerra, y no se ofenda Dios, poco importan nuestras vidas”.

Sor Toribia y su compañera sor Dorinda Sotelo, fueron martirizadas el 24 de octubre de 1936 en Barcelona. Son conocidas como ‘Las luminarias del Tibidabo‘. Precisamente del Tibidabo: Tibi dabo Dominum [Todo mi ser para Ti, Señor].

A la  Virgen, “mi Madre”, ni tocarla

El 15 de ocubre de 1936 le llegó la hora del martirio al mencionado Rafael Lluch Garín. En ese tiempo vital lleno de fortaleza, promesas y sueños que es tener 19 años. Siempre llevaba su estampa de la Virgen de los Desaparados en el bolsillo y, cuando le advertían de que resultaba peligroso portar objetos religiosos, en especial desde el estallido de la guerra, respondía: “Antes me quitan la vida que a mi Madre”. Y adelantaba a sus interlocutores sun intención final: morir al grito de ¡Viva Cristo Rey! Cumplió.

El 20 de julio, su cuñado fue apresado. Desde entonces, con permiso y estrecha vigilancia, se le permitió mantener abierto su establecimiento. Al anochecer del 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional y del Pilar,  aparecieron tres milicianos -dos hombres y una mujer- con correajes y pistolas a inspeccionar el local.

El beato Rafael Lluch fue martirizado en la localidad valenciana de Silla en octubre de 1936.
El beato Rafael Lluch fue martirizado en la localidad valenciana de Silla en octubre de 1936.

Le robaron la bicicleta y no protestó. Pero cuando comenzaron a blasfemar y trataron de arrancar el cuadro de la Virgen que se encontraba presidiendo la zona de laboratorio, ni pudo, ni supo, ni quiso callar para ser fiel a su voto: “antes la vida que a mi Madre”.

Se lo llevaron detenido y fue fusilado en Silla (Valencia) tres días después. Entre sus ropas, una nota para su madre terrena: “No llores, mamá; quiero que estés contenta, porque tu hijo es muy feliz. Voy a dar la vida por nuestro Dios. En el Cielo te espero”.

La vida, por la de un hijo secuestrado por el ‘sargento Veneno’ 

Apenas había pasado un mes desde el comienzo de la guerra, cuando se presentó  a primera hora de la mañana un grupo de milicianos de las Juventudes Socialistas Unificadas de Centro (Madrid) en casa de Eduardo Campos, un ayudante de obras públicas perteneciente a la Asociación de la Virgen Milagrosa.

Uno de ellos, apodado como el sargento Veneno, un apelativo elocuente a todas luces de lo que se iba a perpetrar, estaba entre ellos. Como fuera que esa mañana Eduardo no estaba en casa, los milicianos decidieron llevarse en prenda a su hijo de tan solo 20 años.

Eduardo se presentó en la checa del Círculo Socialista del Norte de Aravaca (Madrid) donde quedó detenido. Su hijo fue liberado bajo vigilancia a media tarde. Al amanecer del día 21 fue trasladado junto a José Garví, otro de los beatificados, al Cuartel de la Montaña. Y de allí al cementerio de Aravaca, donde fueron fusilados.

Desde la cárcel entre torturas: “Nuestra condición aquí no debe inspirar a nadie compasión, sino envidia. Tú has estado aquí poco tiempo y no puedes saborear las dulzuras de este lugar”

Desde la cárcel: “No puedes saborear las dulzuras de este lugar”

Juan José Martínez Romero, sacerdote diocesano, fue asesinado el 31 de enero de 1931 en Totana (Murcia) tras una vida entregada durante casi un cuarto de siglo como sacerdote en diversas localidades de la región murciana.

El día de Santiago Apóstol de 1936, los milicianos clausuraron el templo. Un mes después, el párroco se introdujo a hurtadillas de madrugada en el templo para salvar algunos objetos de culto acompañado de dos jóvenes.

Eran las cinco de la madrugada del 23 de agosto cuando fueron soprendidos por los comunistas. Llevados a las afueras del pueblo, recibieron una brutal paliza y, ensangrentado y amoratado fue hecho preso.

El beato Juan José Martínez fue torturado mientras manifestaba su alegría por imitar sí mejor a Cristo.
El beato Juan José Martínez fue torturado mientras manifestaba su alegría por imitar sí mejor a Cristo.

Le sometieron a todo tipo de torturas. En cierta ocasión, confesó que a un compañero de penurias, que no había sentido “jamás” mayor alegría que el día que permaneció una hora de rodillas y con los brazos en cruz mientras era golpeado, “porque estaba padeciendo por Cristo”.

En una carta al párroco de Mazarrón, refería: “Ha venido por aquí una miliciana y me ha maltratado. Yo he gozado como nunca en mi vida, mientras ella me maltrataba. Si tu quieres, yo te diré lo que tienes que hacer para venir a la cárcel”.

Y a otro sacerdote, que expresaba su pesar por no haberles podido ayudar: “No sientas pena alguna por nosotros. Estamos separados del mundo y entregados a Dios, obrando nuestra santificación. Por lo tanto, nuestra condición aquí no debe inspirar a nadie compasión, sino envidia. Tú has estado aquí poco tiempo y no puedes saborear las dulzuras de este lugar”. Lo mataron el 31 de enero con otros dos compañeros.

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".