Seguidores del grupo islámico Tehrik Labaik Ya RasoolAllah durante una protesta contra Asia bibi, una mujer cristiana condenada a muerte por blasfemia, en Karachi (Pakistán)
Seguidores del grupo islámico Tehrik Labaik Ya RasoolAllah en Karachi (Pakistán) / EFE

No era fácil rezar el Credo el 23 de diciembre y hacer una confesión pública de fe católica en la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima en Islamabad, la capital de Pakistán. Sobretodo, después de que, para poder acceder al templo, sea obligatorio pasar por dos controles policiales. El primero para que los agentes que custodiaban la valla de entrada permitieran el acceso al recinto al tener la certeza, tras la revisión de los bajos del coche, de que no había ningún artefacto explosivo. El segundo control tenía como objetivo los bolsos y cualquier bolsa que se quisiera introducir en la iglesia. Aún así, el templo estaba lleno para asistir a la misa del domingo.

Tampoco ha sido fácil instalar esta Navidad en Pakistán el Belén que simboliza el Nacimiento de Jesús. Pero en los jardines del Centro de Formación Profesional Don Bosco en Lahore (la capital del Punyab y la segunda más poblada del país) y en el Convento de Jesús María en esta misma ciudad, a casi 400 kilómetros de la capital pakistaní, no faltó el misterio que da sentido a la Navidad.

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Los cinco millones de cristianos que viven en Pakistán, de una población de 200 millones de habitantes, han decidido este año superar sus miedos, como así lo ha podido comprobar ABC esta Navidad, al recorrer varios puntos estratégicos de Islamabad y Lahore, vinculados a la Iglesia Católica. En uno de los momentos de mayor tensión, tras la anulación de la pena de muerte por blasfemia de la católica Asia Bibi, han desafiado la amenaza terrorista de los islamistas radicales.

Cristianos portando las bolsas de comida que les ha mandado por Navidad la organización CitizenGO.

La tensión se palpa en cada punto del país, donde el riesgo es evidente, a pesar de los seis mil policías que el Gobierno ha desplegado para proteger las iglesias y los lugares donde se reúnen los cristianos. Aunque el Ejecutivo se esfuerza en proteger a las minorías, las capas más desfavorecidas de la sociedad las atacan sin piedad. Sin embargo, la clase alta, como así lo aseguraba a este periódico un influyente empresario pakistaní, «apoya al Gobierno y respeta a los cristianos».

Esta amenaza ha convertido en héroes a las pequeñas comunidades de monjas y sacerdotes que realizan su laboral pastoral misionera en muy difíciles condiciones de seguridad. Especialmente preocupante es esta Navidad la situación de Lahore. Una ciudad en la que en 2016 un ataque suicida contra los cristianos provocó la muerte de 72 personas en un popular parque. Este mes de diciembre se ha decretado una alerta de seguridad, que parece no importar demasiado a la hermana Pilar Vila San Juan, religiosa de Jesús María.

La monja española recibe a ABC en uno de los colegios de esta orden en Lahore. Un remanso de paz en la populosa calle Durand Road, en la que nada te lleva a pensar que, detrás de un muro junto al que circulan un enjambre de motos, tuc tuc, hombres llevando un carro tirado por un burro y todo ello envuelto en un ruido infernal, se encuentra un centro en el que se formó Benazir Bhutto o la sobrina del general Musharraf. Aquí estudian 2.500 alumnas, de las que 700 son cristianasLas musulmanas, las de clase alta, pagan unos 30 euros al mes; las cristianas, las pobres, unos tres dólares, y no comparten clase. Además, hay un centro de educación especial para niños deficientes, al ser síndrome Down, sí que estudian juntos.

Cierran el visado

«Algunas veces, sí llevamos la Cruz fuera, nos insultan y nos critican, pero a mí me da igual. Si no me porto bien, me cierran el visado, y me tengo que volver a España», relata la hermana Pilar junto al pequeño Belén instalado en una salita de visitas del centro. «¿Miedo?, no me he preocupado, porque el miedo me incapacita», asegura. Por el contrario, afirma que su testimonio de fe sí que inquieta a los islamistas: «Nosotros sí le damos miedo, porque el mensaje que transmitimos les molesta. No nos dejan predicar, porque nuestro ejemplo, les duele, y les duele mucho».

Algunas veces tienen problemas con internet: «Cuando les interesa nos dicen que no hay cobertura, y nos lo cortan. Esta Navidad, cuando los cristianos hemos estado cantando villancicos, se va la luz«. Otras veces, cuando está en un centro de salud con una cristiana«siempre atienden antes a la musulmana, y si tenemos el número cinco, nos pasan al diez».

A pesar de estas dificultades, esta monja de Jesús María se siente feliz en Pakistán: «Aquí, cuando me acuesto, pienso, Dios, gracias porque hoy he hecho algo. Yo me siento aquí útil y hago más falta que en España».

Los más pobres

Si la hermana Pilar atesora años de experiencia en este país, el séptimo más peligroso para los cristianos, el sacerdote salesiano Gabriel hace tan solo cuatro meses que ha llegado procedente de Méjico al Centro de Formación Profesional Don Bosco en el barrio cristiano de Youhanabad en Lahore. Una zona deprimida, como la mayoría en la que viven los cristianos, que realizan los peores trabajos.

Este centro ofrece formación a través de diferentes talleres, un internado y un colegio. De estas aulas salió el chico de 19 años, Akash Bashir, que se inmoló y evitó una matanza de cristianos, hace ahora un año, en la Parroquia de San José, al abrazarse en la puerta al suicida que activó la carga explosiva que llevaba. Junto a la foto del joven, ahora en proceso de beatificación, Gabriel asegura que la fuerza para estar ahí la recibe «de los jóvenes y de la oración».

«Los católicos que hay en Pakistán son gente de una fe real, muy, muy auténtica. Una fe que no la encuentras en Europa», subraya Gabriel. No puede vestir de sacerdote porque el visado está condicionado a no hacer «proselitismo religioso». Se siente impresionado por las creencias de una gente, cuya profesión de fe es un riesgo para sus vidas: «Ver rezar a los muchachos es una cosa impresionante. Ellos son felices, con sus limitaciones. Ver a estos niños, tan necesitados, pero con tantas ganas de vivir, de ser mejores, es lo que me convence de que vale la pena estar aquí».

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