El presidente de Turquía, Reccep Tayyip Erdogan, reza en Santa Sofía, abierta al culto musulmán de nuevo en julio de 2020. /EFE
El presidente de Turquía, Reccep Tayyip Erdogan, reza en Santa Sofía, abierta al culto musulmán de nuevo en julio de 2020. /EFE

Quitar la cruz y poner la media luna en Santa Sofía es un gesto político de Recep Erdogan que apela así a una de las dos almas de Turquía: la islamista. La otra es la nacionalista. Y el líder juega a las dos barajas para ganar popularidad. 

Erdogan quería convertir a la antigua basílica bizantina en mezquita desde que llegó al poder, en 2002, pero es ahora cuando lo ha hecho realidad porque su imagen se ha deteriorado debido a la crisis económica y a la mala gestión de la pandemia. 

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Sabe que bajo la capa de modernidad que exhibe el Estado turco alienta una sociedad atávica que poco o nada tiene que ver con las democracias occidentales. Y es consciente de que este momento de crisis y debilidad de una Europa que ya no cree en sí misma ni en sus raíces, es el indicado para exhibir las que han forjado la cultura otomana. 

Erdogan exhortó a los inmigrantes turcos en la UE a tener “cinco hijos, no tres” remedando a Gadafi (“conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”)

Eso explica que no dude en lanzar provocaciones como la religiosa ahora (con el regreso del almuédano a Santa Sofía); o como la demográfica, hace tres años, cuando exhortó a los inmigrantes turcos en la UE a tener “cinco hijos, no tres”, porque “sois el futuro de Europa”, remedando a Gadafi (“conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”). Y puesto ya en modo conquistador, se ha permitido reclamar Al Andalus, y en seguida ha salido un jeque de Emiratos Árabes, Al Qasimi, pidiendo la mezquita de Córdoba. 

Aunque la natalidad de Turquía -como en general la de muchos países musulmanes- ha descendido en las últimas décadas, sigue siendo superior a la de las naciones europeas. Cuando habla del “futuro de Europa”, Erdogan se está refiriendo a la invasión silenciosa que suponen los 20 millones de musulmanes que son ciudadanos de la UE y a la tasa de fertilidad de las familias musulmanas del Viejo Continente (2,2 hijos por mujer) frente a la de las no musulmanas (1´5 hijos por mujer).

Es difícil que Turquía ingrese en la UE, dada la deriva autoritaria de Erdogan, pero los inmigrantes otomanos constituyen una quinta columna sociológica, una lenta vía de penetración en una Europa que ha renunciado a su visión antropológica del mundo. Y Erdogan aprovecha la condición de socio estratégico de la OTAN en el polvorín de Oriente Medio para presionar a Occidente. 

La toma de Santa Sofía y la imagen del presidente otomano haciendo los rezos coránicos forma parte de ese relato. Enlaza con el pasado de la potencia enemiga de la Cristiandad. Desde el sultán Mehmet II que entró en la basílica en 1453, tras la caída de Constantinopla, dejando que su caballo profanara suelo sagrado, hasta Solimán el Magnífico, que convirtió al Mediterráneo en un mar de sangre y fuego y amenazó el corazón de Europa: Viena. 

Y desmiente la imagen de modernidad puramente cosmética de Erdogan. Es verdad que con las reformas de Kemal Ataturk (1923), Turquía pasó de ser un sultanato mahometano a una república moderna. Se abolió el califato, la sharia fue sustituida por el código civil y la mujer logró el derecho al voto. 

Turquía se quitó el velo pero lo que no se quitó fue el autoritarismo. De moderna tenía el nombre, porque se masacró a minorías como los kurdos, se pisotearon los derechos humanos, la libertad de expresión brilló por su ausencia y si un inocente tenía la mala suerte de caer en manos de los jueces, que Alá le cogiera confesado, porque el sistema turco no es muy garantista que digamos y las mazmorras otomanas no son Alcalá-Meco.

Erdogan ha cogido el testigo del autoritarismo y lo ha reforzado hasta el punto de que según el directivo de una asociación de la prensa “Turquía es hoy la mayor cárcel de periodistas del mundo”. No quiere testigos en su intento por perpetuarse en el poder, reformando la Constitución. 

En las guerras de religión, como en todas las guerras, pesa lo suyo el factor demográfico

Veremos en qué queda todo esto. También a Gadafi se le calentaba la boca -mientras entrenaba a terroristas en Libia- echando pestes contra Occidente, reclamando Ceuta y Melilla, y acabó derribado, con una muerte medieval transmitida por vídeo. 

Lo más inquietante de todo es que en las guerras de religión, como en todas las guerras, pesa lo suyo el factor demográfico, como rezaba la famosa cuarteta: Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos; / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos. Y la dos veces vieja Europa no anda sobrada ni de efectivos humanos ni tampoco de convicciones.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.