Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad.
Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad.

Fue en 1964. Madre Teresa estaba invitada a un acto presidido por el papa Pablo VI en Bombay. Cuando iba de camino se encontró a dos moribundos, marido y mujer. Permaneció junto a ellos hasta que él murió en sus brazos, momento en el cual la religiosa cargó en hombros a la esposa y la llevó a un centro de su congregación. Obviamente, no llegó a tiempo a la ceremonia, pero sí a la Eternidad. Esa “llegada” se celebra cada 5 de septiembre desde 2016, fecha de su canonización.

Una de las primeras víctimas del COVID-19 en Reino Unido fue la superior de la casa de las Misioneras de la Caridad en Swansea -Gales-, sister Sienna. Todas las monjas de su congregación se infectaron del virus al dar de comer a los “sin techo” de la ciudad. Pese al avance de la pandemia no cejaron en su labor, aún a sabiendas de que se jugaban la vida. Su carisma lo definió bien la propia fundadora: estar con the poorest of the poors, “los más pobres de entre los pobres”. En puridad, dicho carisma deberíamos hacerlo nuestro todos los que nos llamamos cristianos, aunque rara vez es así.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Ser pobre en el primer mundo no es lo mismo que en otras partes. He podido verlo de primera mano en Etiopía, país donde la expresión “estar tirado en el suelo” es literal. En Addis Abeba, la capital, las aceras -muchas de tierra- se pueblan por la noche de gente que no tiene siquiera un soportal bajo el que guarecerse. Ancianos, niños, enfermos y discapacitados morirían si las sisters no los cuidasen. En sus casas, sin embargo, nunca falta una sonrisa ni un milagro.

Sólo en 2019, más de 8.000 cristianos fueron asesinados por profesar su fe. Sin embargo, los medios apenas se hacen eco de ello. Tampoco de lo que hace la Iglesia por los más desamparados. En cierta ocasión un periodista acusó a Madre Teresa de “dar peces en vez de una caña y enseñar a pescar”. Su respuesta fue tan genial como elocuente: “lo que dicen ustedes me parece perfecto, pero los pobres con los que nosotros trabajamos están tan débiles que no tienen fuerza ni siquiera para sostener la caña entre sus manos. Si les parece, nosotras les alimentamos para que adquieran esa fuerza y luego ustedes les enseñan a manejar la caña”.

¿Puede volver a repetirse atentados como el de Yemen en 2016, cuando cuatro sisters fueron asesinadas por islamistas? Sin duda. Las Misioneras de la Caridad trabajan en zonas muy peligrosas, conscientes del riesgo que corren. Pero ahí siguen, y seguirán, con o sin focos mediáticos. Un día Madre Teresa acudió a solicitar una ayuda a un organismo oficial en Calcuta. El funcionario que la atendió fue tremendamente hostil y denegó la solicitud de malos modos, pero su superior jerárquico le enmendó la plana y la aprobó. Cuando ella fue a recibir la suma concedida, el funcionario displicente le espetó: “Este dinero es para usted”. A lo que ella respondió inmediatamente: “No, este dinero es para los pobres. Para mí era su comportamiento del otro día”.

A Madre Teresa no le gustaba mucho discutir, aunque tampoco evitaba cuestiones espinosas. Estando en Holanda, un protestante le comentó que, en su opinión, los católicos le daban excesiva importancia a María. “Sin María no hay Jesús”, replicó ella, lacónica y elemental. Hoy en día, las Misioneras de la Caridad siguen esa estela. Sólo piden lo que necesitan para “sus pobres”, aún a riesgo de que les suelten cuatro frescas. Viven para ellos, y por eso a veces mueren, como a tantos cristianos. Sister Sienna ya no atenderá a nadie más en Swansea. Pero su testimonio perdurará, igual que el de Madre Teresa. Santa Teresa de Calcuta.

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