Nairobi, la capital de Kenia, está en el ecuador de la tierra, por lo que al menos durante 12 horas al día hace mucho calor. Se trata de una ciudad que despunta, trufada de lugares de ocio lujoso e inmensos barrios de chabolas.

Ese contraste fue el que atrapó a Javier Aranguren, un profesor español de Filosofía, que decidió asumir el reto de ir a dar clase en una universidad fundada recientemente. Se trata de un centro de iniciativa social, a la que acude un número ingente de alumnos becados, provenientes de los barrios chabolistas o slum.

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La mitad de sus más de 5.000 alumnos son cristianos protestantes, el 40%, católicos y el 10% restante, musulmanes.

De la pobreza a la miseria

El 35% de la poblacion del país vive con menos de dos dólares al día, lo que no es óbice para que Aranguren señale que «es una país alegre en el que la gente baila hasta en la misa». En los ámbitos rurales, la pobreza es evidente, pero en las barriadas marginales que rodean las ciudades ésta se convierte en miseria.

Una miseria nauseabunda, por cierto. Cuando Javier muestra fotos de estos barrios en sus cortas estancias en Madrid, reitera con crudeza: «Lo veis pero no lo oléis».

En el slum de Kibea, a 600 metros de la casa donde vive Aranguren no hay agua corriente y los problemas de higiene afloran por todas partes. Sólo el 23 % tiene una letrina particular en su casa (no más de 10 metros cuadrados para seis personas). El resto, utiliza el sistema de las bolsas voladoras, por el que las deposiciones son lanzadas lo más lejos que se pueda.

Uno de los alumnos del Centro de Rehabilitación de ninos de la Fundacion Karibu Sana /FKS
Uno de los alumnos del Centro de Rehabilitación de ninos de la Fundacion Karibu Sana /FKS

Ayuda, como sacar cerezas de un cesto

Toda esta circunstancia conmovió a Javier de tal manera, que se decidió a echar una mano. Empezó con un alumno, que no tenía para comer a mediodía. Luego se decidió a netrar en los barrios marginales y, como es tanta la miseria, «cuando ayudas a uno, en seguida conoces las necesidades de hermanos, padres y amigos».

Así narra el propio Javier Aranguren una de estas «experiencias cereza» en su página de Facebook:

«Paseo hacia Kibera. A las puertas del ‘slum’ he quedado con Víctor y con su hermana Elsa (ella, de siete años, que es pequeña como un juguete, parece que no pese nada; y cada vez que me ve sale corriendo hacia mí para darme un gigantesco abrazo con su diminuto tamaño).

Les llevo, en dos bolsas, unos cuantos regalos: juguetes usados de un nino de Madrid, los restos de la batalla. El presente (algunos recuerdos de ‘Happy Meal’, dos puzzles, pelotas que dan cuando compras unos pares de zapatos) les entusiasma. Lo miran sentados en una mesa de un kiosco (no puedo llamarlo bar) donde nos hemos sentado a comer unas patatas fritas y a comprar unas fantas (que no beben para compartirlas más tarde en casa). Pero ese gesto supone verse instantáneamente rodeado por otros, los mirones. En este caso son dos ninos de parecida edad que quedan fascinados por los juguetes (y por la comida). Les sugiero a Víctor y a Elsa la posibilidad de compartir, y no lo dudan un instante. Los ninos se marchan cada uno con un regalo y con una de las dos raciones de patatas.

Al vernos, la señora que atiende el kiosco nos recarga de comida. Pero a lo largo de esos treinta minutos también tendrá tiempo de pedirnos una de las pelotas para sus ninos (gemelos) y para preguntarme (tanto ella como una amiga) si estoy ayudando a Víctor y a Esther, y si puedo también por favor ayudarles a ellas (gemelos una, una niña en 6º la otra). Luego un hombre con cara de loco (ojos siempre abiertos, la mirada clavada en mí, con la cara tensa) ha decidido sentarse en nuestra mesa y hemos disuelto la reunión. Niños dando lo que acaban de recibir, generosidad (y petición) por todos lados: eso es lo que –en medio de la miseria, de las riadas de personas que regresan rotas, cansadas, sin lavarse, a casa– hace que amemos África».

Para abordar todas esas necesidades y con ayuda de un socio local, Musa Muthaka, que es el que desarrolla el proyecto, Javier Aranguren puso en marcha la Fundacion Karibu Sana, que es swajili significa «bienvenidos», con cuatro objetivos.

El primero de ellos, el pago de colegios. Además de aprender, los ninos se aseguran una comida y las familias sólo deben proveer con sus escasos recursos la cena. Esto se soluciona con 250 euros al año por cada alumno; el segundo, es que puedan continuar sus estudios después de completar los elementales en Kwetu, en Centro de Rehabilitación; el tecero, conceder ayudas a mayores de 18 años, (parte a crédito para que valoren el esfuerzo ); y el cuarto, el apoyo a los padres de esos ninos, en especial a las viudas, para mejorar sus condiciones de vida para que sea lo más digna posible.

Colaborar con la Fundacion Karibu Sana es sencillo y se puede hacer a través de la Fundacion Valora. 

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