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Corrección política

A pesar de la desaparición del nazismo y del hundimiento del estalinismo en nuestras democracias se ha instalado un totalitarismo ideológico. Hoy el silencio se impone sin muertos, como una dictadura del pensamiento, o mejor del conocimiento. La razón ha sido expulsada del debate.

Las argucias desplegadas para demostrar que Europa no puede sino resignarse a la inmigración masiva son muy variadas. El villano oficial seguirá siendo “la ultraderecha”, y el euro-progresismo seguirá entonando “We are the world, we are the children” hasta el final.

Ninguna institución o costumbre europeas puede quedar a salvo de la demolición realizada por el Imperio Progre. El Concierto de Año Nuevo de Viena está en el banquillo esperando el juicio en que pague sus crímenes contra la ‘nueva era’: sexismo, euro-centrismo, machismo...

En la escuela elemental de Manchester, en Nebraska, habían vetado los villancicos, los colores verde y rojo y los dulces en forma de bastón. Jennifer Sinclair, la directora, justificaba la decisión por un afán inclusivo y culturalmente sensible con todos los estudiantes.

La gente está hasta el moño de la corrección política y de ideologías absurdas que solo triunfan gracias al poder del estado. Hasta el moño de que haya temas tabú y de no poder opinar sobre lo que quiera, hasta el moño de que le digan que es radical por pensar.

¿Vamos a ponernos ahora estupendos y ridículos y cuestionar todo lo que se ha hecho y dicho? Es lo que pretenden los nuevos censores de la corrección política. Hemos pasado de la mariconez a la gilipollez, a un deseo censor implacable que castiga a aquellos que no se alinean con el pensamiento único.

Ya es difícil disimular que lo que nos están imponiendo se parece cada vez más a las sociedades comunistas atemorizadas por la Stasi o la KGB, que a una sociedad verdaderamente democrática.

La Corte Suprema concluye que las universidades son libres de usar la raza como un factor en los procesos de admisión. Las recientes polémicas suscitadas por las cuotas de género hacen temer que, antes o después, se acaben imponiendo también unas cuotas raciales.

El dictador moderno no es intolerante, simplemente, no tolera las ideologías que, para él, ponen en solfa y entredicho su idea de tolerancia. El dictador moderno viste chaqueta para conservar su etiqueta de élite social y se despoja de la corbata para ser, a su vez, un hombre del pueblo.