Joaquin Phoenix recoge el premio Oscar al mejor actor /EFE
Joaquin Phoenix recoge el premio Oscar al mejor actor /EFE

Joaquín Phoenix está empeñado en ganar un Oscar a la interpretación del perfecto ‘woke’, del ultraprogre moderno para el que nada es lo suficientemente idiota o sonrojante si hace parecer más avanzado que todos los demás, que es la verdadera competición en Hollywood. En su discurso de agradecimiento (¡ejem!), ha dicho cosas tan preclaras como esta: “Nos creemos con derecho a inseminar a una vaca y a robarle a su bebé, a pesar de que sus gritos de angustia son inconfundibles. Y luego nos llevamos la leche, que es para su ternero, y se la echamos al café». En los premios BAFTA ya se excusó por contaminar yendo y viniendo en jet privado, pero aseguró que lo compensaba no comiendo carne.

De todos los imbéciles de la modernidad, el cineasta es quizá el producto acabado, perfecto, imparodiable. De él puede esperarse una fidelidad absolutamente soviética a la línea del partido, amplificada por su fama y exagerada por el narcisismo delirante y ligeramente acomplejado de la profesión, y perfectamente aislada de la vida real.

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Hubo un tiempo -la mayoría de ustedes eran demasiado pequeños para acordarse- en que la entrega de los Oscar era una gala llena de glamour en la que se premiaba el mérito haciendo películas. El premiado salía al escenario, recogía emocionado la estatuilla y aprovechaba para darle las gracias a las personas que le habían ayudado a obtener el galardón en una lista que podía extenderse más o menos, según la locuacidad del interesado, hasta padres, amigos y socios.

Hoy, en cambio, las películas son lo menos importante. No me extrañaría si en un futuro no muy lejano las obviaran por completo, dándolas por sobreentendidas o incluso inexistentes. ¿Para qué? Se trata de desplegar virtud progresista en un medio cálido, todos sonrientes, guapos y magníficamente vestidos, ante un público de millones que no puede practicar la virtud de no coger el jet privado porque, ay, no tenemos de eso. Ayuda mucho que solo se oigan unos a otros y nunca al despreciable vulgo, viviendo una vida que ni diseñada en un laboratorio podría aislarles más de la real.

A esto se une la inseguridad intrínseca de la profesión, en la que hoy te tienes que quitar a los agentes que te quieren contratar como si fueran moscas en septiembre y mañana nadie se acuerda de tu nombre. Pero mientras has sido adorado como un dios pagano, lo que se sube fácilmente a la cabeza cuando uno no la tiene demasiado llena, que ya dijo aquel humorista que la mayoría de ellos había ido menos días a la escuela que Greta Thunberg, es fácil que te lo acabes creyendo y des clase de compasión y pensamiento correcto a la chusma.

Es curiosa esta compasión con la vaca a la que le quitan el ternero en un gremio que presume de su decidida defensa del derecho a arrancar un niño vivo del vientre de su madre y tirarlo, literamente, a la basura

Es, sobre todo, fácil, porque no se requiere pensar. Pensar está gravemente penado en Hollywood, más aún que en el resto de los foros públicos, que ya es decir. Por ejemplo, Phoenix cree que no tenemos derecho a beber leche, lo que resulta solo medianamente sorprendente. Yo también tomo el café solo, pero no me imagino a Phoenix enfrentado a un campesino francés diciéndole que no tiene derecho a hacer queso. Tendría una magnífica ocasión de aprender lo que el pueblo de verdad piensa de sus estupideces.

Tampoco me lo imagino diciéndole a un masái que no puede quitarle un ternero a la vaca. Es curiosa esta compasión con la vaca a la que le quitan el ternero en un gremio que presume de su decidida defensa del derecho a arrancar un niño vivo del vientre de su madre y tirarlo, literamente, a la basura.

O, para ser algo menos obvios, animar hasta rozar la coacción a la madre a que dejen a sus ‘terneros’ al cuidado de mercenarios -si ha sido tan tonta de tenerlo o se ha dado ese capricho- para poder vivir la vida empoderada de una profesional de éxito. En una gala cinematográfica anterior cuyo nombre no quiero ni molestarme en mirar, una actriz ganadora presumía de haberse deshecho del hijo que en su momento llevaba en el vientre para conseguir la absurda estatuilla. No es que se presuma en las vacas sentimientos humanos; es que parece entenderse que solo ellas los tienen, mientras que los humanos podemos ser tan egoístamente crueles con nuestras crías como se nos antoje. Humanizamos a los animales a medida que deshumanizamos a las personas.

Demos gracias a Dios por Hollywood, que encapsula y expone en toda su irracional estupidez las ideas que cada día se imponen con más insistencia en nuestras vidas. Porque pocas cosas pueden servir tan adecuadamente para abrir los ojos de los más obtusos como ver a esa panda de ricachones narcisistas y degenerados, donde prosperan todos los Weinstein y los amiguitos de Jeffrey Epstein, donde el egocentristmo, esos tipos emocionalmente desequilibrados de vidas completamente alejadas del común, reduciendo a la simpleza risible lo que nuestros amos quieren convertir en ley para todos los demás.

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