“Siempre supo utilizar su profundo conocimiento de la vida y sus secretos para el verdadero bien del hombre y de la humanidad, y sólo para ese fin”.

Estas palabras de Juan Pablo II, escritas a las pocas horas de su muerte, describen como pocas el alcance de la figura de Jérôme Lejeune, un científico de talla mundial silenciado por los códigos censores de la corrección política y el dogma abortista, cuya fundación se acaba de presentar en España.

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En un tiempo en que los obreros revolucionaban en el barrio parisino de Montmartre y la bohemia campaba a sus anchas en Montparnasse al ritmo del jazz, vino al mundo Jérome Lejeune en 1926.

Pronto encontró su vocación al tratar por primera vez, como médico pediatra, a un nino de aquellos que entonces eran conocidos como mongólicos. Quería saber porqué y, sobre todo, cómo ayudarles. Y lo consiguió.

Descubrió el origen genético de los síndrome de Down

Su curiosidad científica y su humanidad, fueron los motores que le llevaron a investigar hasta descubrir la trisomía 21, origen del Síndrome de Down. “Hizo este descubrimiento porque amaba a estos ninos y a sus familias y quería ayudarles”, ha explicado en alguna ocasión su hija Clara Lejeune-Gaymard.

Jérôme Lejeune, descubridor de la trisomía 21 como causa del Síndrome de Down / Fundacion Jérôme Lejeune
Jérôme Lejeune, descubridor de la trisomía 21 como causa del Síndrome de Down / Fundacion Jérôme Lejeune

Y tanto empeño le puso, que el 22 de mayo de 1958 halló por primera vez 47 cromosomas (en vez de los 46 habituales) en el cariotipo de uno de esos ninos a los que trataba. Al principio, su descubrimiento no despertó especial interés, pero no tardó mucho en reconocer al científico que había demostrado por primera vez el origen genético de una enfermedad. Sólo tenía 32 años.

Empezaron a lloverle reconocimientos debido a sus muchos descubrimientos.  No sólo el origen genético del síndrome de Down, sino que determinó la causa genética del síndrome del maullido de gato, del Síndrome de Lejeune (monosomía 5p) y del síndrome de Edwards (trisomía 18).

El “racismo cromosómico” le birló el Nobel de Medicina

Este éxito profesional le valió ser considerado como el padre de la patología citogenética, disciplina que estudia los genes como origen de las enfermedades.

La Organización Mundial de la Salud le designó experto en genética humana; le nombraron director del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia y la Universidad de la Sorbona creó, exprofeso, la primera cátedra de Genética Fundamental en la Facultad de Medicina. En 1969 recibió el premio William Allan, el mayor galardón en genética.

Todo hacía pensar que la Academia Sueca tendría que valorar muy mucho su trayectoria y concederle el Nobel de Medicina. Sin embargo, su postura frente al proyecto de ley de despenalización de aborto por razón de enfermedad del concebido en Francia le condenó al ostracismo científico.

En aquellos años, Lejeune fue uno de los líderes provida más reputados. Reescribió el cuento de Pulgarcito desde esta perspectiva, para afirmar: “El increíble pulgarcito, el hombre más pequeño que mi pulgar, realmente existe; no precisamente el del cuento, sino el que cada uno de nosotros hemos sido”. No en vano, todos hemos medido, al cumpli run mes de gestación, cuatro milímetros y medio.

A finales de los 60, calificó de “profundamente desalentador” que muchos de sus colegas sólo vieran en sus investigaciones y descubrimientos una opción para eliminar a los ninos enfermos, en vez de ayudarles. “Algunos blanden el racismo cromosómico como si fuera la bandera de la libertad”, aseveró.

Jérôme Lejeune, en su laboratorio / Fundacion Jérôme Lejeune
Jérôme Lejeune, en su laboratorio / Fundacion Jérôme Lejeune

Ya en los 70, en las Naciones Unidas, se refirió a la Organización Mundial de la Salud como “una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”. Es misma tarde escribió, profético, a su familia: “Hoy me he jugado el Premio Nobel”.

“Señores, pónganse en pie, porque este caballero acaba de matar a Beethoven”

En 1991, tres años antes de su muerte, el doctor Lejeune fue llamado a comparecer ante la Asamblea de Francia en relación al crimen del aborto. Fue allí donde hizo fortuna el caso que luego han defendido miles de activistas provida en todo el mundo.

Cuando se le otorgó la palabra, preguntó qué debía hacerse  con el cuarto hijo  de una mujer desnutrida y tuberculosa y un hombre sifilítico y alcohólico. Rápidamente, un senador socialista replicó desde su bancada que la única fórmula posible era realizar un “aborto terapéutico”.

Lejeune guardó silencio. Y antes de que los rumores de la cámara pudieran ahogarlo, proclamó solemne: “Señores, pónganse en pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven”.

Última comida antes del atentado de Alí Agca

La relación entre Jérôme Lejeune  y Juan Pablo II fue fructífera, y se remonta a los tiempos de Wojtyla en Cracovia.

Lejeune había mantenido una estrecha amistad con la polaca Wanda Poltawska, mano derecha en asuntos de familia del cardenal polaco, que también admiraba su trabajo y le invitó a Polonia.

Aunque el “fichaje pontificio” corrió a cargo en primera instancia de Pablo VI, para la Pontifica Academia de las Ciencias, Juan Pablo II le seguía la pista desde años atrás, leyendo todos sus escritos, según el testimonio de Poltawska. Así, cuando el polaco se decidió a crear la Academia Pontifica de la Vida en 1994, fue nombrado su primer presidente.

Años atrás, sin embargo, ocurrió un episodio singular. Lejeune, junto a su esposa, compartió la última comida con Juan Pablo II antes de que sufriera el atentado del 13 de mayo de 1981. 

Después de volver a Francia, Lejeune conoció que el Pontífice se debatía entre la vida y la muerte. Cayó enfermo, con dolores “similares a los del Papa”, según ha explicado su hija Clara. A él nunca le gustó hablar de esa conexión, pero “realmente existió”, ha aseverado su hija.

Birthe, su viuda: “ante la mentira que mata, su honor era el de no callar nunca”

La relación fue tal, que en 1997, Juan Pablo II no quiso dejar pasar la oportunidad de rezar ante su tumba, durante su viaje a Francia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud.

Jérôme Lejeune y su mujer, junto a Juan Pablo II / Fundacion Jérôme Lejeune
Jérôme Lejeune y su mujer, junto a Juan Pablo II / Fundacion Jérôme Lejeune

El proceso canónico en Roma para elevar a los altares a Lejeune se abrió en 2013. Ahora, su fundación llega a España.

Su mujer, Birthe Lejeune, ha dicho: “La perturbadora verdad es que él era un signo de contradicción. Ante la mentira que mata, su honor era el de no callar nunca. Pero su obra y su reputación le rinden testimonio”.

Así era Jérôme Lejeune, el gigante defensor de los pulgarcitos. Buscando al microscopio lo más pequeño, para defender al más débil, halló la mayor de las grandezas.

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".