Sin duda, las áreas más pujantes de la ciencia del último siglo, la Física y la Biología, han generado una serie de aplicaciones tecnológicas que han contribuido de manera extraordinaria al bienestar y la salud humana. No obstante, esto no implica el hecho de que debamos dejar a un lado los riesgos y la responsabilidad en el modo de afrontar los avances, especialmente en los fines que se pretenden alcanzar y las consecuencias que se puedan derivar para el hombre y el resto de la naturaleza. Y es que el avance del conocimiento debe ir acompañado de una reflexión ética sobre lo que se desea conocer, para qué se desea conocer, cómo se ha de llevar a cabo y qué consecuencias se van a derivar de ese conocimiento.

Lamentablemente, en las últimas décadas, no siempre se ha tenido en cuenta el valor de la vida humana, o del entorno natural en el que vivimos, ni la generosidad y el desinterés que deben primar en la actividad científica. Los cambios culturales y el vertiginoso ritmo de la ciencia han situado a algunos científicos y tecnólogos, o a quienes los alientan o gestionan sus logros, al borde de la ética, y lo han traspasado.

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Así lo evidencian una serie de episodios escandalosos en el campo de la física nuclear (lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki) o en la práctica abusiva de la medicina (las prácticas eugenésicas de los médicos del tercer Reich, el experimento Tuskegee en el Estado de Alabama, la desastrosa comercialización de la Talidomida en Europa, etc.), o lo que ya se está haciendo o pergeñando en la medicina reproductiva e ingeniería genética, con los avances en la manipulación genética (selección y utilización de embriones, aplicación de la edición genómica en embriones humanos con la técnica CRISPR, los intento de mejoramiento humano de los transhumanistas, etc).

El avance científico es necesario y beneficioso, pero no a cualquier precio. Las aplicaciones requieren una reflexión pensando en el valor de lo que existe y en el legado que le dejemos a las futuras generaciones.

Esa es la finalidad de la Bioética en los campos de la Medicina y la Biología. Este foro de debate nació hacia los años setenta del siglo pasado, acuñado por el médico oncólogo y humanista americano Van Rensselaer Potter (1911–2001). La etimología de la palabra Bioética revela su significado, ética de la vida. Para Potter el papel de la Bioética es el de «dar respuestas a los conflictos de valores en relación con un comportamiento humano aceptable en el dominio de la vida y de la muerte». Ha de entenderse la vida en su sentido más amplio, no solo en relación con el hombre, al que he de atender prioritariamente, sino también en lo que supongan actuaciones sobre el resto de los seres vivos.

De este modo, la Bioética constituye un campo multidisciplinar en el que convergen diversas disciplinas, como la Medicina, la Biología, la Filosofía, el Derecho, la Teología y las Ciencias Sociales, con el fin de dar respuesta a los conflictos de valores que se plantean en los ámbitos de la salud pública y la conservación de los recursos naturales.

La Bioética incluye una amplia franja de campos de investigación y sus aplicaciones. Entre otros, los debates sobre los límites de la vida, como el aborto y la eutanasia, las aplicaciones de la reproducción humana asistida, como la utilización de los embriones en investigación, la selección de embriones o la gestación subrogada, la asignación de los recursos sanitarios, como el racionamiento de la atención médica, la donación de órganos, o el rechazo de las prácticas contrarias a la conciencia por razones religiosas o culturales, la metodología y finalidad de los ensayos clínicos y las investigaciones médicas, la utilización de los animales en la investigación, el cuidado y gestión de los recursos naturales, etc.

La “Bioética personalista”, tiene como premisa la consideración de la dignidad que hace iguales a todos los hombres y su objetivo principal es la defensa del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural

Los bioéticos a menudo discrepan entre sobre los límites precisos de su disciplina, debatiendo si el campo debe preocuparse por la evaluación ética de todas las cuestiones relacionadas con la Biología y la Medicina, o sólo un subconjunto de estas cuestiones. Pero fundamentalmente la gran discrepancia que ha surgido en el seno de los debates de la Bioética tiene que ver con la cosmovisión que cada uno tenga sobre el sujeto principal de las decisiones a tomar, el ser humano. De este modo, han surgido dos posiciones contrapuestas, con algunas posturas intermedias: una “Bioética personalista” y una “Bioética utilitarista”.

La “Bioética personalista”, tiene como premisa la consideración de la dignidad que hace iguales a todos los hombres y su objetivo principal es la defensa del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. El sujeto principal de sus deliberaciones es el ser humano, y desde esta perspectiva nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de otra persona, considerada como un fin en sí mismo. Desde la “Bioética utilitarista”, con diversos enfoques, lo que ha de primar no es el reconocimiento del valor del ser humano en sí mismo, sino los beneficios materiales a obtener de las actividades sobre la vida humana, de modo que se asegure el mayor bienestar al mayor número de personas.

En las mentes de los que sustentan el utilitarismo no se tiene en cuenta que el ser humano no es una máquina, a la que se pueda cambiar, manipular o alterar sus propiedades para hacerla más efectiva, sino seres constitutivamente finitos e imperfectos, sometidos a las mismas contingencias de los demás seres de la naturaleza. Es limitante y alienador olvidar la dimensión personal, que constituye lo más genuinamente humano. Algo que se escapa de las posibilidades de la biotecnología y que le afecta en su identidad e integridad como persona, tanto en su aspecto material como en el espiritual.

Los transhumanistas y los posthumanistas desean intervenir en las características de los seres humanos con la idea de crear una nueva especie

Pese a todo, en el extremo del utilitarismo se encuentran los transhumanistas y los posthumanistas, que desean intervenir en las características de los seres humanos con la idea de crear una nueva especie mediante la aplicación de nuevas tecnologías, sin pensar en el gran riesgo de alterar el gran bien que ya supone la vida de toda persona humana.

Si el principal motivo de aplicación de la Bioética es el ser humano y el marco referencial para la adopción de normas de actuación es la consideración de unos valores morales, es evidente que debe existir una íntima relación entre la Bioética y el respeto a la dignidad de la vida humana.

De acuerdo con Roberto Andorno, Profesor de Ética Biomédica en la Universidad de Zurich, «la finalidad última de la Bioética consiste en controlar el control, es decir, procurar que la evolución biotecnológica esté supeditada a la cuestión del sentido de la vida humana. Ya que las técnicas no son finalistas en sí; sólo existen para servir el ser humano, que continúa siendo el objetivo último de las instituciones sociales y políticas» (R. Andorno, La tâche la plus difficile de la bioéthique. Huffingtonpost, 2016).

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Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura. Consultor del Pontificio Consejo de la Familia. Pertenece a diversos comités de Bioética. Autor de varios libros de divulgacón científica y de bioética. Participa en másteres, cursos, conferencias, publicaciones y medios de comunicación.