Una joven visita el espacio ExpoVida habilitado por Derecho a vivir en Madrid. /DAV
Una joven visita el espacio ExpoVida habilitado por Derecho a vivir en Madrid. /DAV

Suele afirmarse que un embrión no se ve… y tal vez por eso, no se valora, pero lo cierto es que quienes sí lo ven son los que utilizan las técnicas de fecundación in vitro, que además saben que cada embrión tiene un valor, el valor de una vida humana. Aunque tal vez el término valor no sea el adecuado al admitir diferentes interpretaciones, según se utilicen criterios materiales o inmateriales y según sean los objetivos o las intenciones de quienes ofrecen la citada tecnología para obtener los preciosos embriones.

Así, podemos encontrar una enorme variedad de motivaciones que justifican una tecnología que nació en Inglaterra en 1978, para tratar de solucionar problemas de infertilidad, pero que hoy se utiliza del mismo modo para proporcionar un hijo a quien lo desee, a través de la maternidad subrogada, retrasar la implantación manteniendo los embriones en congelación para mejor momento o un futuro uso, ponerlos a disposición de la investigación con todo un abanico de aplicaciones, etc.-

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En cualquier caso, además del incalculable valor de la vida humana en términos de dignidad, los embriones producidos de esta manera son una buena fuente de ingresos económicos, como lo demuestra la proliferación de centros privados dedicados a esta tecnología –en España unos 400, de los cuales casi 50 se localizan en Madrid. Un negocio lucrativo, creado a partir de una demanda social.

Pero volvamos a los embriones. Hoy no hay motivos para aducir que un embrión humano no es más que un insignificante aglomerado de células, por su aspecto visual cuando se observa al microscopio invertido a unos 400 aumentos transcurridas unas 17 horas desde la fecundación. Desde que la Biología se convirtió en una ciencia, hace más de 200 años, y apareció la Biología Celular,  la Embriología, y luego la Genética, poco a poco se fueron desentrañando los procesos por los que la célula constituida tras la fusión de un óvulo y un espermatozoide, el cigoto, da lugar a un ente tan impresionante y complejo como un ser humano adulto.

A las 24 horas de la fecundación y la constitución del cigoto habrá tenido lugar la fusión de los pronúcleos y con ello la constitución de una nueva identidad genética

Quienes practican la fecundación in vitro, observan este proceso al cabo de unas 17-20 horas de tiempo para ver el resultado del intento de fecundación y reconocen los óvulos fecundados, por la presencia en ellos de dos núcleos gaméticos –o pronúcleos-, el femenino y el masculino, de aquellos otros en que ha fallado la fecundación o ha tenido lugar una forma anómala, como por ejemplo, si se observa la presencia de tres núcleos tras una doble fecundación. La tasa de éxito, según se hayan generado los embriones por fecundación in vitro espontánea o asistida por microinyección –modalidad denominada ICSI-, no superará el 70%, en el mejor de los casos.

Tras la fecundación, el embrión unicelular o cigoto, es ya un individuo humano que ha comenzado su existencia y en el que se cumplen todas las condiciones necesarias y suficientes para proseguir de forma autónoma su camino, aprovechando todo el potencial para el que está genéticamente equipado, naturalmente si se le proporcionan las condiciones necesarias de desarrollo.

Un embrión generado de este modo en el laboratorio no es menos humano, ni tendrá menos valor que los embriones procedentes de fecundación natural ya que su naturaleza biológica es la misma. La fase embrionaria es una etapa de la vida y, por ello, constituye parte de la vida de cada individuo humano. Es la fase que media entre la fecundación, natural o artificial, y el final de la séptima semana.

Aproximadamente a las 24 horas de la fecundación y la constitución del cigoto habrá tenido lugar la fusión de los pronúcleos y con ello la constitución de una nueva identidad genética. Tras ello tiene lugar la replicación del ADN y el reparto de las copias del nuevo genoma individual a las dos células hijas, mediante el mecanismo de la mitosis.

A partir de ahí el embrión sigue creciendo, mediando la replicación del ADN y la conservación de la misma identidad en todas sus células. Aproximadamente a los tres días de la fecundación, el embrión tiene aspecto de una mora, por lo que se le denomina mórula. Desde el primer instante, los 21.000 pares de genes del genoma individual constituido por combinación de genes maternos y maternos, empiezan a trabajar de forma regulada, como si de una cadena de producción se tratara, para ir edificando al nuevo ser con su propia información genética. Prácticamente desde la primera división se van activando genes diferentes en las distintas células y zonas del embrión. 

Los genes, generan moléculas de ARN y proteínas de señalización que dirigen el proceso de forma regular y precisa. A pesar de la apariencia, un embrión es mucho más que un conglomerado de células, precisamente por la determinación de los papeles que cada una de ellas va a seguir prácticamente desde la primera división celular.

A partir de la octava semana el embrión muestra ya figura humana, y se entra en la fase fetal

Hoy se conoce bastante bien los varios modos por las que en las células del embrión se estimula la expresión de genes específicos y como se envían señales a otras células vecinas según su posición en el embrión durante el desarrollo. En esto consiste el paso del sencillo embrión inicial a la sorprendente transformación morfológica de las fases siguientes, de blástula y gástrula, hasta la aparición de los diferentes tejidos y órganos, que se llevarán a cabo en la fase fetal, completada la cual se producirá el parto.

A partir de la octava semana el embrión muestra ya figura humana, y se entra en la fase fetal. Hasta entonces, y así seguirá pasando en el feto, todo el desarrollo se materializa mediante un proceso continuo y regulado de expresiones genéticas diferenciales en el momento preciso en las distintas células y partes del embrión. La identidad genética propia de cada embrión, adquirida tras la fusión de los gametos paterno y materno, se conserva en cada célula y a lo largo de la vida y se traducirán en el sexo, las características físicas y fisiológicas, y los posibles errores en los genes recibidos a través de los gametos se expresarán a lo largo de la vida en el momento preciso.

Ya no hay cabida a la especulación sobre qué es un embrión, ni sobre cuando empieza la vida de un ser humano. Las recientes técnicas de secuenciación del ARN de una sola célula, permiten hoy abordar el mapa de actividades génicas a lo largo del desarrollo embrionario, lo que se ha dado en llamar el Atlas del Desarrollo Celular Humano –HDCA. Este significativo avance, no solo nos dará a conocer cómo se edifica un ser humano a partir de la célula inicial, sino que permitirá entender mejor una serie de cuestiones biológicas de interés en la investigación de muchas enfermedades genéticas, incluido el cáncer.

Un embrión humano es por tanto una fase de la vida humana, como lo es el feto o el adulto. Si como se señala en el Artículo 3º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, habrá que aplicarlo por igual a toda vida humana, independientemente de su estado de desarrollo, su edad o su estado de salud.

La edición de genes en genomas de embriones humanos, que a los transhumanistas les parece una gran aportación para el “mejoramiento” humano, es de un gran riesgo al poder inducir cambios incontrolados que, en caso de que fuesen viables, podrían trascender a futuras generaciones

Sin embargo, desde que, en 1978, el Dr. Richard Edwards logró traer al mundo al primer bebé probeta, los embriones producidos en el laboratorio se han convertido en objetos manipulables y su valor intrínseco como vidas humanas ha pasado a segundo plano respecto a su valor material y comercial. La instrumentalización de los embriones es patente ante la avalancha de aplicaciones y ocurrencias que se están generando. A la ya consagrada selección de embriones previa a su implantación, se han ido añadiendo los embriones híbridos hombre-animal, los embriones triparentales, los embriones objeto de modificación o edición genética, o para experimentación, los embriones manipulados con fines eugenésicos y transhumanistas, etc., etc.

A la pérdida de vidas humanas por la propia ineficacia de la tecnología de la fecundación in vitro, problemas de manipulación, supervivencia a la descongelación, etc., se suma el sacrificio de cientos o miles de embriones en todas y cada una de las aplicaciones, siendo la más significativa la de la selección de embriones. Por su aspecto visual o para el diagnóstico genético preimplantatorio que conlleva el descarte de los que no se ajusten al perfil genético deseado. Además. debe tenerse en cuenta que los embriones manipulados pueden sufrir “modificaciones epigenéticas”, no aparentes, pero que pueden ser la causa de ciertas patologías, cada vez más patentes en los niños procedentes de la fecundación in vitro.

O pueden generarse modificaciones genéticas ocultas que incluso pueden afectar a las células de la línea germinal y trascender a futuras generaciones. Así, la edición de genes en genomas de embriones humanos, que a los transhumanistas les parece una gran aportación para el “mejoramiento” humano, es de un gran riesgo al poder inducir cambios incontrolados que, en caso de que fuesen viables, podrían trascender a futuras generaciones.

Y finalmente, aunque de esto hablaremos en otro artículo con mayor extensión, está el plano de el anonimato de las donaciones de gametos… Los embriones procedentes de donantes anónimos suponen la negación del derecho a conocer su origen genético a los niños y adultos que resulten de ellos. Ser padre o madre a costa de negar este derecho a una persona que deseas como hijo contradice el más elemental principio de la generosidad y altruismo propios de una familia.

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