Imagen referencial /Pixabay
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* Javier Espinosa Martínez.

Tengo setenta y cuatro años, lo cual, unido a alguna que otra dolencia, me sitúa en ese grupo de personas del alto riesgo en esta pandemia. Estoy, como todo el mundo, recluido en casa, tomando todas las precauciones posibles para evitar el fatídico contagio.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Vivía con relativa tranquilidad este confinamiento hasta que esa tranquilidad se transformó en inquietud al saber que, en algunas comunidades autónomas, ante la falta de medios, se comenzó a seleccionar enfermos, priorizando a los más jóvenes frente a los mayores, con menos posibilidades de sobrevivir.

Me sobrecoge pensar que muchas de estas personas por el hecho de tener una cierta edad, entre las cuales me encuentro, si nos contagiamos, estamos condenados a una, más que probable muerte, sin la asistencia médica que trate de salvarnos, sometidos a unos protocolos que están orientados a “salvar años de vida”, discriminando por edades, con el fin de optimizar los recursos existentes.

Pienso en los sanitarios que han de tomar esta drástica decisión, basada en una “ética impuesta”, para reservar esos recursos a “los pacientes que más se puedan beneficiar”. No quisiera estar en su lugar.

También pienso en los políticos que, por su incompetencia y su negligencia, han dado esa instrucción sin el mínimo atisbo de sentirse responsables de semejante barbaridad; me atrevería a decir que incluso auto justificándose porque están convencidos de haber hecho lo mejor.

Estamos ante un escenario “eutanásico” perfecto, ensayo general del que nos encontraremos cuando la ley se apruebe.

En este caso de la pandemia, ante la necesidad de optimizar los medios, los argumentos empleados para explicar la decisión a los familiares (en el caso de la Generalidad de Cataluña, similares, supongo, a los de otras comunidades autónomas), son:

  • Plantear la limitación como un bien para el paciente
  • No hacerle estos tratamientos no implica abandonar al paciente
  • Se trata de asegurar el confort del paciente si se queda en casa
  • No hacer referencia a que “no hay camas para todos”.

Cuando se apruebe la ley de la eutanasia la razón que se nos dé será distinta: procurar a las personas una muerte digna y, en aras de la libertad, facilitar el suicidio a todo aquel que quiera acabar con su vida. Coartadas perfectas para ocultar las verdaderas motivaciones ideológicas y económicas y, al tiempo, tranquilizar a muchos familiares para los que los mayores son una carga.

Toda muerte de un ser humano es digna ‘per se’, porque la dignidad de un ser humano se mantiene intacta desde su concepción, hasta el momento final de sus días, sean cuales sean las circunstancias que le toque vivir

En Holanda, país pionero en la aplicación de la eutanasia, cada año se practican unas 4.000 muertes “legalmente provocadas”, de las cuales un 41% están legitimadas por el deseo de los familiares, según datos de un estudio de la Universidad de Göttingen.

Dada mi edad, los años que restan para que mi vida llegue a su punto final, en buena lógica, no deben ser muchos. Me resisto a que otros decidan cuando y como debo morir, apelando a una falsa compasión y a facilitarme una muerte digna. Toda muerte de un ser humano es digna per se, porque la dignidad de un ser humano se mantiene intacta desde su concepción, hasta el momento final de sus días, sean cuales sean las circunstancias que le toque vivir; no necesita de leyes ni consensos para ser dignificada.

Si de verdad se quiere minimizar el dolor final que la muerte pueda conllevar, deben potenciarse los cuidados paliativos, equipándolos con los medios adecuados y con los profesionales adecuados. Lo que ocurre es que esto exige un respeto por la vida, también por la vida de las personas mayores, incompatible con la ideología “progre”.

Del mismo modo, que la pandemia actual ha afectado a mi generación con mucha más virulencia que al resto; también con la próxima ley de eutanasia va ocurrir lo mismo: las personas mayores vamos a ser su objetivo principal.

Al igual que ocurrió con la ley del aborto, cuyo objetivo es eliminar al ser humano no nacido, la ley de la eutanasia será aprobada por amplia mayoría en el Parlamento, será asumida con total naturalidad por esta sociedad adormecida e insensibilizada y bajo su amparo se podrá, impunemente, acabar con la vida de miles de personas por el simple hecho de haber dejado de ser útiles.

En un futuro próximo, si no lo remediamos, el derecho a la vida de todo ser humano, quedará limitado a las personas que sean útiles en términos económicos y que no planteen muchos problemas como consecuencia de su senilidad.

Ahora bien, las personas mayores ¿no tenemos alguna responsabilidad también en todo esto?, yo diría que sí: recibimos de nuestros mayores una sociedad, en términos económicos, culturales y de bienestar, mucho mejor que la que ellos habían heredado; supieron educarnos en el esfuerzo y en el sacrificio, gracias a lo cual hemos vivido, probablemente, los años más prósperos de nuestra historia y supimos reconciliarnos tras muchos decenios de confrontación y odio; sin embargo nosotros no hemos sabido hacer lo mismo con nuestros hijos: los hemos educado en la comodidad y el egoísmo, en la ley del mínimo esfuerzo y el consumismo, en un relativismo para el que la verdad no existe.

Como consecuencia de todo ello, la sociedad actual es una sociedad dividida y enfrentada, una sociedad que ha dado la espalda a Dios y se encuentre completamente desorientada, sin valores ni puntos de referencia, una sociedad construida por nuestros hijos a los que no supimos trasmitirles la educación que recibimos. Alguna responsabilidad tendremos.

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