La profesión médica tiene algo de oficio… ésta se aprende de mano de tus tutores o adjuntos y no sólo en los libros. Es el periodo de residencia médica, tras haber aprobado el examen MIR donde todos los médicos inexpertos hemos aprendido de esos médicos adjuntos el oficio de ser médico.

Cuando estaba en el periodo de residencia, una noche de madrugada llegó un paciente bastante joven, no más de 45 años, venía en ambulancia y entró en el pasillo de Urgencia al grito de parada. Acababa de tener una parada cardio-respiratoria, y fue rápidamente introducido en el cuarto de parada. Los médicos que estábamos en ese momento a cargo de la Urgencia, un puñado de médicos residentes y bastante inexpertos, no dudamos en poner todo nuestro afán en “sacar” ese enfermo adelante…

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Gracias a Dios, a ese enfermo lo pudimos reanimar. Tras estos momentos de tanto estrés, revisamos sus informes médicos… Este paciente tenía un cáncer en fase terminal. Técnicamente no teníamos que haberlo reanimado… A la mañana siguiente fuimos reprendidos por nuestro jefe de guardia… Ese paciente vivió unos meses más… No sé qué le faltaba por hacer, pero seguramente que algo y que aquella noche aunque técnicamente no teníamos que haberlo reanimado no le tocaba morir.

«Es mucho más fácil y económico eliminar pacientes complicados que aliviarles y cuidarles»

Las decisiones médicas no son sencillas, ni siempre son las mismas para situaciones que parecen similares. La medicina es ciencia y arte, requiere mucho estudio y mucha humanidad. Atender a los pacientes en el final de la vida, requiere profesionales especialmente motivados con esta tarea tan importante. En la carrera no se nos prepara para atender a un enfermo que se va a morir, es parte del oficio que uno aprende poco a poco y en el que la humanidad del médico desarrolla un papel fundamental.

Es mucho más fácil matar que cuidar. Ser capaz de adecuar los tratamientos, sin prolongar innecesariamente la vida… tener un conocimiento de las patologías y de aquellos tratamientos que alivian los síntomas previos a la muerte, y respeto para acompañar a la familia y al moribundo, es una tarea que es mucho más compleja y cara que aplicar una sustancia que finalice con la vida de un paciente complicado, con síntomas de difícil tratamiento y que además se siente solo e inútil.

Recuerdo en una ocasión que fui llamada para ver en su domicilio a una paciente de 96 años que estaba semi-inconsciente. Cuando llegué, aquella mujer parecía que estaba en la fase previa a la muerte, y por un momento pensé, ha llegado su momento de morir. Pero algo me hizo dudar de esto y lo cierto es que me llevé a la paciente al hospital. ¡Tenía una infección urinaria y se curó gracias al antibiótico… en dos días la paciente me estaba dando las gracias y sé que vivió por lo menos dos años más!

El panorama ideológico, teóricamente progresista, en el que la eutanasia se plantea como una de las primeras medidas políticas necesarias en este momento en nuestro país no va a resolver ningún problema y va a tener consecuencias muy negativas. La pérdida del valor de la vida va a producir ese efecto no sólo en pacientes sino también en sanitarios. Porque es mucho más fácil y económico eliminar pacientes complicados que aliviarles y cuidarles.

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