Nos encontramos ante uno de los principales problemas de las sociedades modernas del mundo actual. Cada vez nacen menos niños, hasta el punto de que en España el índice de nacimientos ha caído a niveles de hace varios siglos. El dato de referencia para la llamada fecundidad de reemplazo es de ser 2,1 hijos por matrimonio. Sin embargo, en España, según datos recientes del INE, es ahora de 1,26, de los más bajos de Europa.

La causa de esta situación es evidente. De forma progresiva desde hace años en España mueren más personas de las que nacen, al tiempo que la población se envejece como consecuencia del aumento de la esperanza de vida. Esto último es estupendo y consecuencia de los avances del bienestar y la calidad de vida, pero el efecto es una tendencia hacia una población cada vez más envejecida, lo que a su vez supone un riesgo para la sostenibilidad de un sistema público de salud económicamente cada vez más costoso.

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Si bien es verdad que las circunstancias sociales y la dificultad de lograr una conciliación familiar y laboral están influyendo en los datos de una natalidad a la baja y un retraso en la edad a las que las madres deciden tener su primer hijo, hay otros factores a tener en cuenta.

En octubre de 2007 cuando el papa Francisco era arzobispo de Buenos Aires, ante las políticas contrarias a la vida que se promovían en su país, dijo: «En la Argentina se vive una cultura del ‘descarte’ por la que se aplica la pena de muerte mediante el aborto y la eutanasia de ancianos mediante el abandono. Esta cultura es como una ‘nueva ilustración’ que se expresa en un progresismo ahistórico, sin raíces y en un ´terrorismo demográfico’».

¿Qué es lo que ha inducido la delirante corriente mundial de lo que el Papa llama terrorismo demográfico?, ¿por qué una organización como las Naciones Unidas, que hace tan solo 50 años proclamó que «todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona» ha renunciado a este principio y promueve el aborto por todo el mundo? Y, tras el aborto, la eutanasia, y quien sabe si el infanticidio…

La realidad es que las Naciones Unidas y otras instituciones internacionales han asumido el discurso racista y clasista de Robert Malthus (1766–1834) de finales del siglo XVIII, según el cual, el aumento de la población en el mundo llegaría a ser un problema, y la disponibilidad de alimentos y espacio para satisfacer las necesidades humanas se irían limitando hasta producir una catástrofe demográfica.

Esto nunca pasó, ni en el siglo XIX ni mucho menos en el XX, sencillamente porque el hombre ha sabido sortear el problema mediante la investigación, la industrialización y el desarrollo agrícola y ganadero, que ha conducido a que se produzcan cada vez más alimentos para el abastecimiento de la población.

En lugar de mejorar la distribución de los recursos y abastecer mejor a los países más pobres del mundo se propician las políticas de la anticoncepción y el aborto en los países en vías de desarrollo

A pesar de ello, ciertas instituciones influyentes, constituidas por magnates económicos, políticos y personajes conocidos, principalmente de países opulentos, como los Club de Roma, Bildenberg, Illuminati, Comisión Trilateral o la masonería, inquietos por modelar el mundo, parecen ignorar las posibilidades reales y se han lanzado a la creación de un nuevo “orden mundial”, arrastrando a las grandes instituciones internacionales e incidiendo en la política de muchos países.

El problema es que, en lugar de mejorar la distribución de los recursos y abastecer mejor a los países más pobres del mundo –una petición constante de la F.A.O.- se propician las políticas de la anticoncepción y el aborto en los países en vías de desarrollo. Un espectáculo obsceno que contrasta con el hecho de que en occidente y los países más desarrollados del mundo, crece la obesidad, se tiran toneladas de alimentos a la basura y se fomentan políticas contra la maternidad y la familia natural, la constituida por padre, madre e hijos.

No se respeta el hecho de que la familia es la institución social y jurídica más antigua del mundo y el marco idóneo para el desarrollo cultural de las personas y de la humanidad, ni se tiene en cuenta que sin la familia solo hay individualismo, soledad y tristeza.

Además de la reducción de la población, se fomentan políticas para mantener a la gente en un perpetuo estado de incertidumbre emocional y se promueve un férreo control sobre la educación. El “aborregamiento” de la población y el terrorismo demográfico van de la mano.

Frente a esto, solo cabe fortaleza y esperanza, ya que, al igual que los pronósticos maltusianos naufragaron, las descabelladas propuestas de este suicidio colectivo también fracasarán. Es cuestión de tiempo y, aunque el daño ya es grande, hay sectores de la sociedad que mantienen la esperanza y la fuerza de los principios y valores fundamentales que han caracterizado de siempre a la humanidad, que al menos en occidente son el humanismo cristiano, el derecho romano y el pensamiento griego.

Como muestra de una reacción a favor de la familia y la vida, ya se aprecian algunos brotes verdes. Por ejemplo,  ahí está el reciente informe del Abortion Care Network de los Estados Unidos, según el cual un tercio de los centros independientes, que no forman parte de Planned Parenthood –la cadena de abortos más grande de los Estados Unidos- han cerrado sus viles instalaciones en los últimos 5 años, salvando a muchos bebés y a sus madres del aborto. Es un dato importante si tenemos en cuenta que más del 60% de todos los abortos y el 94% de los que se practican a partir de las 22 semanas del embarazo se llevan a cabo en estas empresas. Planned Parenthood y los hospitales y consultorios médicos hacen el resto.

El motivo de este retorno a favor de la vida en el país más influyente del mundo, se encuentra en el activismo pro-vida, las nuevas legislaciones de la administración americana y los abusos y escándalos de algunos centros abortistas, como los cometidos por Kermit Gosnell, el abortista de Filadelfia, culpable de tres de las cuatro acusaciones de asesinatos de bebés que nacieron vivos tras abortos fallidos, y cuyas instalaciones no fueron inspeccionadas durante más de una década.

El cese del terrorismo, el apaciguamiento de las hostilidades en zonas sensibles del mundo, la mayor sensibilidad por el cuidado de la casa común y el hecho de que en las últimas décadas la globalización haya contribuido a mejorar los niveles de crecimiento de los países más pobres, sacando a millones de personas de la pobreza, son todos signos de una evolución hacia un mundo mejor… por lo menos así debería ser.

Cuanto mejor si todo esto supusiera una evolución hacia el respeto auténtico a los derechos humanos, empezando por respetar la familia, la vida y la dignidad e igualdad de las personas.

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