Imagen referencial /Pixabay
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No soy mujer de ciencias, qué más quisiera.

Tengo una familia totalmente escorada hacia lo que tradicionalmente se llaman “las ciencias” y yo soy el mirlo negro. “Letrasada” me llaman. Lo asumo. Mientras la ciencia ha ido creciendo en conocimiento exponencialmente, lo que tradicionalmente llamamos “las letras”, la filosofía, las artes, la literatura…, se han quedado dando vueltas sobre sus propios interrogantes de forma que no se ha aportado mucho desde el mundo clásico. Incluso me atrevería a decir que hay aportaciones que lejos de traer progreso, traen retroceso.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Si nos centramos en los temas del género, nos encontramos con que las letras están tratando de sustituir a las ciencias al grito de “para qué hacer caso a la biología, la genética, la anatomía, la neurología y la evidencia, si Maggi me lo da hecho y adaptado a mi opinión y criterio” en un ejercicio de soberbia y desconocimiento de sus propios límites que da grima.

Mientras la ciencia nos muestra el genoma humano, cura de enfermedades incurables, geolocalizaciones, universos virtuales, viajes al espacio, vuelos al fin del mundo, energía sacada de la nada y virus capaces de curar, de matar, de cambiar mapas demográficos y de tirar la economía mundial, la filosofía, las artes, la literatura… siguen su trayectoria circular, volviendo a la casilla de salida, o a peores casillas, en un juego de mesa sin fin.

Los de letras seguimos dando vueltas al sentido de la vida, al valor del ser humano, a la grandeza del gesto individual, a qué dejamos y qué nos llevamos de este pequeño planeta de una galaxia perdida. Planeta que las ciencias han diseccionado hasta el último organismo vivo, el último elemento químico, la penúltima fuerza que lo mueve… Sólo queda llegar a la última fuerza. Y, por tanto, a la última respuesta.

Quizá lleguen pero, de momento, ahí estamos los “letrasados”, en nuestro humilde puesto, recogiendo cadáveres, esos restos del conocimiento que la ciencia ni disecciona, ni entierra porque no tiene respuestas.

No incidiré en el tortazo que ha sido para una humanidad autopercibida eterna, que escondía la muerte bajo la rutina de un tanatorio y para la que Dios era un ornamento innecesario, descubrir que somos finitos, que no sabemos ni cuándo, ni cómo, ni hacia donde, ni por qué, pero que nos vamos. Para algunos, Dios es hoy la esquina ineludible que girar en busca de una explicación y un consuelo a lo insoportable. Para otros, hay un universo curvo y sin esquinas.

Dejemos a cada uno, en esa faceta de “letrasado” que todos tenemos, buscar respuestas. No es el objetivo del artículo. Yo quiero hablar de supervivencia. De lo que los “letrasados” procesamos sobre este bicho que dicen salió de una sopa pero que ha podido ser creado por alguno de ciencias.

Si nos fiamos de los que no han sabido gestionar esto, nos merecemos lo que nos pase. No confiemos en quienes ignoran nuestro dolor, quienes desprecian nuestras vidas, quienes han convertido a nuestros muertos en una estadística. Confiemos en nosotros

Desde mi atalaya a ras de suelo, me voy a atrever a dar consejos sobre esta roja pandemia del color del partido comunista chino, que no de los chinos, que son su primera víctima.

  1. Este bicho tiene aristas que no conocemos. Empiezan a verse efectos secundarios muy negativos en el sistema circulatorio. Cuanto más tarde nos contagiemos, más se sabrá sobre él.
  2. Las vacunas son armas contra la enfermedad que requieren tiempo y pruebas. Toda vacuna precipitada puede ser una forma de hacer de cobaya sin quererlo. Consigamos que los laboratorios tengan su tiempo de estudio y comprobación. Es lo mejor para todos.
  3. Hace tres meses no sabíamos claramente la forma de contagio del virus, sus síntomas, su estrategia, su duración, sus consecuencias… ahora sabemos mucho más. Utilicemos ese conocimiento: Se transmite por vías respiratorias o por contacto con superficies infectadas. Hay contagio antes de los síntomas y contagiados asintomáticos. Utilicemos ese conocimiento y no bajemos la guardia con los medios de protección a nuestro alcance.
  4. La letalidad es más alta para colectivos debilitados (ancianos, enfermos…) y puede que dependa de la cantidad de virus en el contagio o de factores genéticos. Los hombres parecen más afectados. Los niños, de momento, parecen ser más resistentes a los síntomas letales.

Seamos realistas. Aunque hay un porcentaje aleatorio (incontrolable) en el contagio, aquí estamos en un tema de supervivencia básica de la especie. Sobreviven los más fuertes, los más inteligentes, los que mejor se adaptan a la situación. Bueno, pues utilicemos lo que sabemos, protejamos a los vulnerables y adaptémonos. Ante la duda sobre la evolución del virus, no nos contagiemos. Empecemos nuestra particular batalla por la supervivencia.

Si la mascarilla da puntos de supervivencia, y los da, puesto que frena la transmisión, usemos mascarilla, la que sea. Mejor una buena. Mejor una, que nada.

Si lavarnos las manos da puntos, lavemos, mantengamos lo más estériles posible los móviles, los bolis, los objetos de uso continuo.

Si la distancia social dificulta el contagio, relacionémonos sin transmisión, sin tocarnos. No participemos en aglomeraciones y hagamos vida normal, pero sin efusiones.

Si nos fiamos de los que no han sabido gestionar esto, nos merecemos lo que nos pase. No confiemos en quienes ignoran nuestro dolor, quienes desprecian nuestras vidas, quienes han convertido a nuestros muertos en una estadística. Confiemos en nosotros.

Hagamos equipo familiar, social. Inculquemos responsabilidad a todos los de nuestro equipo de que la supervivencia depende de cada uno de los miembros. No hace falta, afortunadamente, sobrevivir a costa de otros. Sólo participar y tratar de llegar a meta apoyados unos en otros.

La ciencia llegará con sus armas y sus soluciones. Sus test y sus remedios. Nos interesa que ese momento nos pille vivos a todos. Pensemos en “letrasado” con la información que nos da la ciencia. Sobre todo, no nos dejemos llevar por los que nos quieren meter en una “nueva normalidad”. No se puede volver a algo que es nuevo porque nunca se estuvo. Volvamos a la normalidad.

Supervivencia es ser fuerte, ser inteligente, saber adaptarse a unas circunstancias cambiantes con un único propósito: que nosotros, nuestro grupo familiar, nuestro grupo social (amigos), nuestra ciudad, nuestro país, nuestra especie humana, sobreviva. Empecemos por lo menor y conseguiremos lo último.

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Riojana. Filóloga Profesora de educación física. Madre objetora a educación para la Ciudadanía. Estudiosa de la ideología de género. Conferenciante, tertuliana en programas de radio y televisión. Miembro de la Ejecutiva Nacional del partido VOX. Escritora de novelas y ensayos. Perseguida por su libro “Cuando nos prohibiernos ser mujeres…y os persiguieron por ser hombres”. Buscadora de la verdad. Defensora incansable de los derechos humanos fundamentales.