Nacemos con una identidad genética, un patrimonio genético propio y distinto al de nuestros padres, pero en el que la mitad de la información de la que dependen nuestras características biológicas heredables, procede de cada uno de ellos. Esto determina el parecido de los hijos a sus padres y la herencia de rasgos típicamente familiares, como pueden ser el color de los ojos, la contextura del rostro, el color del pelo o de la piel, y también nuestros defectos y las posibles alteraciones genéticas. Debido a nuestro origen biológico, con la participación de dos progenitores de perfil genético diferente, en cada persona surge un sello biológico propio e inmodificable a lo largo de la vida, que nos vincula a nuestros familiares. Por ello, es apropiado hablar de un patrimonio genético personal, pero también de un patrimonio genético familiar. De hecho, el diccionario de la RAE, entre sus acepciones, define la identidad como el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad, que los caracterizan frente a los demás.

Es importante conocer que la identidad genética, el patrimonio genético de cada individuo, se constituye en el momento de la fecundación y no cambia a lo largo de la vida. Cambia el fenotipo, nuestro aspecto para cada uno y el conjunto de nuestros rasgos físicos, fisiológicos y psíquico Es importante conocer que la identidad genética, el patrimonio genético de cada individuo, se constituye en el momento de la fecundación y no cambia a lo largo de la vida. Cambia el fenotipo, nuestro aspecto para cada uno y el conjunto de nuestros rasgos físicos, fisiológicos y psíquicos, como consecuencia de la interacción con el ambiente que nos rodea, pero el genotipo es estable y se mantiene invariable en cada una de nuestras células, salvo alguna rara mutación somática.

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Un varón o una mujer puede hormonarse o someterse a operaciones para parecer del sexo contrario, pero su identidad genética seguirá siendo la que tenía desde su concepción

Una persona de piel blanca se puede llegar a poner muy morena como consecuencia de una exposición elevada a la radiación ultravioleta, pero no deja de ser blanca. Un varón o una mujer, con un sexo biológico sustentado en una constitución cromosómica 46,XY o 46,XX, puede mimetizarse del sexo opuesto al cromosómico y vestirse y adornar su cuerpo, o incluso hormonarse o someterse a operaciones para parecer del sexo contrario, pero su identidad genética seguirá siendo la que tenía desde su concepción. Debe repararse que la identidad genética no incluye la identidad de género, sobre lo que ya hablamos en un artículo anterior.

Un Ferrari Testarossa seguirá siéndolo, aunque le pintemos de verde… o aunque le cambiemos su motor de doce cilindros por otro de cualquier otra marca. La identidad la confiere el origen, no el disfraz o los componentes que queramos añadir o quitar. Lo importante es lo que es genuino en cada sujeto que analicemos. En el caso humano, la identidad genética es la característica biológica más importante por constituir el programa de nuestro desarrollo del que dependen nuestros caracteres y los rasgos que determinan nuestra vida.

«En la maternidad subrogada prima el deseo de los adultos sobre los derechos del menor»

Recientemente, en un programa veraniego de entretenimiento de la televisión madrileña, en el que me pidieron intervenir para dar mi opinión sobre la maternidad subrogada, justifiqué mi postura en contra, además de por razones éticas, al considerar que atenta contra la dignidad de la mujer y del niño, por el hecho de que en la mayoría de los casos se recurra a la utilización de gametos ajenos a los padres y en la mayoría de los casos de donantes anónimos, lo que atenta contra el derecho de los niños así nacidos a conocer su identidad genética. Los hijos adquiridos por un contrato, podrán ser muy deseados e incluso muy queridos por quienes los encargan, una pareja homo o heteroparental, o un varón o una mujer solos. Pero en muchos casos, a esos niños se les niega el derecho a conocer la procedencia de su identidad genética, sin considerar las consecuencias psicológicas y de salud que esto les vaya a suponer en su madurez.

Curiosamente, tras exponer ese elemental detalle, una conocida periodista me rebatió señalando lo siguiente, literalmente: “a quién le importa conocer la filiación genética, al margen de alguna enfermedad genética, a mí que más me da saber mi filiación genética, ni quien es mi padre ni mi madre, eso es algo que suena racista… mi padre y mi madre son quienes me han criado”. Pues ahí queda eso. Esta misma persona había argumentado a favor de la maternidad como algo que obedece a un gran deseo.

«Justificar una renuncia a la identidad genética es traicionar a tus raíces»

Pues ese es el problema, que en la maternidad subrogada prima el deseo de los adultos sobre los derechos del menor. Aunque sea un deseo que solo puedan pagarlo quienes dispongan entre 40.000 y 120.000 euros para satisfacerlo, precios que dependen del país en que se compre el niño y de la “calidad” del producto objeto del contrato.

Pues no. Ser padre o madre no es un derecho que habría que facilitar a mayor beneficio de intermediarios y agencias de contratación, ya que la madre gestante recibirá una cantidad mínima de los costes del contrato, como tampoco es lo mismo ser padre o madre biológicos, que ser el parental A, el parental B, o incluso el único parental. La maternidad y paternidad no equivale a “parentalidad”, sino que es, en todo caso, una elección de personas que se quieren, pero también que desean ser madre o padre el uno a través del otro, pensando en el niño como un don, fruto de una capacidad afectiva, como una prolongación de uno mismo al que se desea transmitir lo mejor de nuestra condición humana y biológica e inculcar nuestros valores, pensando en él como un bien en sí mismo, como alguien, y no como un objeto de compra-venta.

Asombra oír que defender el conocimiento de la filiación genética es una idea racista. Que pensar en las personas y defender su derecho a conocer su origen y sus raíces suena a racismo… Es justo lo contrario, es defender su derecho a saber su procedencia biológica y a sentirse orgullosos de ella, de su familia y de sus orígenes genealógicos. Otra cosa será que esos orígenes te parezcan mejor o peor, o discriminar a las personas en función de sus genes. Eso sí sería racismo, pero justificar una renuncia a la identidad genética es traicionar a tus raíces.

En el caso de la maternidad subrogada, debería de existir un control estricto de los donantes y un registro de la procedencia de los gametos y embriones, y no su anonimato

La importancia de conocer el origen genético de cada persona tiene su base en un deseo psicológico y en la explicación de la procedencia de muchos de los rasgos, no solo físicos o biológicos, sino también de comportamiento que inducen a las personas a responder al deseo natural –a veces obsesivo- por conocer la procedencia de sus caracteres o el simple conocimiento de su identidad familiar. La maternidad subrogada con donación total o parcial de gametos va en contra del elemental derecho a responder a estas preguntas.

Pero, además de por las razones afectivas y genealógicas señaladas, el conocimiento del origen genético conlleva la posibilidad de averiguar las causas de determinadas patologías, puede ayudar a conocer la procedencia de una alteración física o mental, puede facilitar la investigación sobre la filiación genética o la identificación de familiares, o de las personas por sus restos en procesos de carácter judicial o en Medicina forense, mediante pruebas de ADN, etc. Al mismo tiempo, en el caso particular de la maternidad subrogada, debería de existir un control estricto de los donantes y un registro de la procedencia de los gametos y embriones, y no su anonimato, para evitar los posibles casos de repetición y ocasional consanguinidad entre personas procedentes de esta práctica a las que se ha privado del derecho a conocer si sus padres genéticos estaban emparentados.

En la maternidad subrogada, debido a la carencia de una legislación apropiada, hay una verdadera explotación de las madres gestantes y el beneficio económico de este negocio se lo llevan usualmente los intermediarios y las agencias comerciales. Al final hay un niño sin vínculos genéticos con quienes lo adquieren como un producto de compra-venta. No hay transparencia en el sistema y por ello esta práctica es una fuente de problemas legales.

El hijo no es un objeto, ni debe considerarse solo como una elección, algo que se puede adquirir por medio de una transacción económica, sino como “alguien” generado por el amor de los padres, fruto de una unión a la vez genética, afectiva y cultural.

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