Imagen referencial / Pixabay
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Quizás una de las peores cosas de todo lo ocurrido en relación con la pandemia del covid-19 haya sido la desinformación relacionada con todos los aspectos de esta sorprendente enfermedad que amenaza con cambiar el rumbo de la humanidad. Esperemos que no sea así, y que tras la tormenta las aguas vuelvan a su cauce y no estemos inmersos en un toque de arrebato, una especie de experimento dirigido por quienes tratan de controlar los destinos del mundo hacia un “nuevo orden mundial”. Y esperemos que no sea ese el significado del oxímoron “nueva normalidad”, el modo cursi de expresar la idea de un cambio hacia una “nueva ética mundial”. aunque haya sobradas sospechas de que esto puede estar ocurriendo.

El 6 de abril, la UNESCO emitió una Declaración sobre el covid-19, con el título de Consideraciones éticas desde una perspectiva global, en la que defiende que una perspectiva de bioética y ética de la ciencia y la tecnología, arraigada en los derechos humanos, debería desempeñar un papel fundamental en el contexto de esta complicada pandemia. En tal sentido propone un diálogo interdisciplinar entre los agentes científicos, éticos y políticos y recomienda a los gobernantes de las naciones una preocupación especial por la investigación científica sólida para avanzar en el conocimiento y establecer una “inmunidad colectiva” para hacer frente a esta y futuras pandemias. También el Comité de Bioética de España, CiViCa, la AEBI y otras muchas asociaciones y entidades de carácter científico y ético han emitido diversos informes.

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El informe de la UNESCO hace énfasis en que las políticas que no se basan en conocimientos y prácticas de carácter científico y sólido no son éticas y da una gran importancia a la información al señalar que en la era de las redes sociales, que dan cabida a la desinformación y a los bulos, la información pública precisa y, lo que es más importante, la información científica, deben cumplir una función clave en la orientación del compromiso social de las personas.

Tras la rectificación de los datos oficiales por la OCDE, España bajó del 8º al 17º puesto en el ranking mundial de aplicación de test de detección del virus en la población

Probablemente el mejor antídoto contra los bulos e informaciones falsas, sea la transparencia, es decir una información puntual, oportuna, precisa, clara y completa. Algo que en la crisis de la pandemia en España ha brillado por su ausencia desde el principio. No solo se ha ocultado la identidad del comité asesor del Gobierno, que debiera estar compuesto por expertos microbiólogos, epidemiólogos, inmunólogos y médicos especialistas en enfermedades infecciosas, sino que la forma de llegar a los ciudadanos ha estado presidida por continuas contradicciones.

Lejos de concienciar adecuadamente a la población, en un par de semanas se pasó de minimizar los riesgos y asegurar que el coronavirus no ocasionaría víctimas por tratarse poco más o menos que de una gripe, a implantar el estado de alarma más largo de los países de nuestro entorno.

  • De las ‘mascarillas, no’, simplemente porque no había disponibilidad, a las ‘mascarillas obligatorias’ desde ya y sine die cuando culmine el estado de alarma.
  • De publicar un informe técnico titulado “Nuevo Coronavirus 2019-nCov” fechado el 10 de febrero de 2020, elaborado por el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias en el que se señalaba la elevada contagiosidad y letalidad del SARS-Cov-2, a hacerlo desaparecer de la web del Ministerio.
  • De saber lo que estaba pasando en China e Italia y los 160 casos y un fallecido por covid-19 en España el 3 de marzo, a no hacer nada por impedir la celebración de actos multitudinarios, como las manifestaciones y otros eventos deportivos y sociales del 8 de marzo, a pesar de las repetidas advertencias de la OMS y de la Organización Médica Colegial española, sin duda una temeridad que trajo un agravamiento de la situación.

Para mayor confusión se minimizó la necesidad de hacer los test de PCR, que son los necesarios para, ante un brote, saber si una persona está infectada o no, y en su caso proceder a tratar los síntomas y la cuarentena, e investigar sus contactos, verdadero método para frenar la expansión de la epidemia. En lugar de esto, a finales de abril el ejecutivo español enviaba a medios internacionales la falsa suma de estos test con los de anticuerpos, que para lo que sirven es para detectar a toro pasado, quien fue infectado y generó las inmunuglobulinas IgM e IgG, con síntomas o sin ellos. Tras la rectificación de los datos oficiales por la OCDE, España bajó del 8º al 17º puesto en el ranking mundial de aplicación de test de detección del virus en la población.

Para mayor confusión informativa, ahí está el cambiante y confuso sistema de contaje de afectados y fallecidos a causa del SARS-Cov-2 desde el principio. A 4 de junio se daba la cifra oficial de 27.128 fallecidos, que parece haberse quedado inamovible desde entonces, en tanto que el INE y el Instituto de Salud Carlos III elevaban el número a unos 48.000 basando su apreciación en una comparación con el número de fallecidos en el mismo periodo de tiempo en años anteriores.

Es evidente que una información veraz y basada en datos científicos es una necesidad que hubiera permitido vivir con menos incertidumbre una situación como la ocasionada por el SARS-Cov-2.

A la desinformación, se unen los bulos, no siempre atribuibles a los poderes públicos. Uno de los más extendidos es la sospecha de que esta pandemia no ha sido ocasionada de forma fortuita por un coronavirus que mutó desde una forma adaptada a unos animales, sino el producto de una manipulación en un laboratorio de ingeniería genética. Sin embargo, si ha habido manipulación no ha sido en el genoma del virus sino en los medios de comunicación que han utilizado unas presuntas opiniones de personalidades de la ciencia para convertirlas en verdades científicas incuestionables.

De este modo, se ha divulgado la opinión del polémico Premio Nobel de Medicina de 2008 Luc Montagnier codescubridor del virus del sida (VIH), que en una entrevista declaró que «las características del nuevo coronavirus no pueden haber surgido de manera natural. Sino el producto de una manipulación en el laboratorio de alta seguridad de Wuhan (China), la ‘zona cero’ de la pandemia». Estas declaraciones han sido cuestionadas por la comunidad científica, como por ejemplo su compatriota Etienne Simon-Lorière, virólogo del Instituto Pasteur de Paris y muchos otros, más alejados del mundo de la comunicación.

Del mismo modo y en el mismo sentido, se ha atribuido una falsa información al Premio Nobel de Medicina de 2018, el médico e inmunólogo japonés Tasuju Honjo, inmediatamente desmentidas por el mismo a finales de abril, cuando la Universidad de Kyoto publicaba un comunicado en el que el propio Honjo afirmaba que: «me entristece mucho que mi nombre y el de la Universidad de Kyoto hayan sido utilizados para difundir falsas acusaciones y desinformación».

Lo cierto es que en ciencia lo único que da crédito a una hipótesis es la demostración experimental, y tras ello su publicación en una buena revista tras su sometimiento a revisión por pares.  En este sentido, sobre el origen del SARS-Cov-2, la única demostración empírica es el trabajo publicado el 17 de marzo en Nature Medicine, basada en una comparación del genoma del SARS-CoV-2 con el de otros virus relacionados, y que demuestra que el genoma de este virus no puede ser una construcción de laboratorio o un virus manipulado intencionalmente, sino el producto de modificaciones espontáneas a partir de los virus relacionados que se encuentran en murciélagos y pangolines.

Finalmente, nos queda la fundada sospecha del interés por reducir la población mundial, en el que desde hace tiempo juegan un papel importante las Naciones Unidas y la OMS. Si el virus no ha sido producto de manipulación, a quienes persiguen este objetivo desde hace décadas les ha venido que ni pintado. Esta sospecha se basa en la errática predicción decimonónica maltusiana de una “bomba demográfica”, según la cual hay que frenar el crecimiento de la población en el mundo, y como prueba de ello, ahí está la cultura de la muerte, con la promoción del aborto, la eutanasia, la ideología de género, la lucha contra la familia y su gran defensora, la Iglesia Católica,

En este sentido, entre la certeza de los hechos y el bulo, estemos alertas a las iniciativas del multimillonario Bill Gates con su proyecto ID2020 (Identidad Digital 2020) y la tecnología del 5G, que en su conjunto suponen una vuelta de tuerca más hacia el control de nuestras vidas. En este tren se ha montado España por medio de una decisión política, con presupuesto incluido, de apoyar el Proyecto GAVI (Alianza Global para Vacunas e Inmunización), una organización patrocinada por las Fundaciones de Bill Gates y Melinda Gates para la vacunación de todos los niños del mundo con carácter obligatorio, a desarrollar de aquí a 2030. Ojo, con esto. Hay varias razones para estar alertas. En primer lugar, la vacunación no ha de ser obligatoria sin más. Solo en circunstancias muy especiales como una pandemia puede ser recomendada y en su caso debe explicarse muy bien a la población, pero en ningún caso puede ser impuesta. Va en ello el derecho a la patria potestad, la privacidad y libre decisión de cada persona. Para conseguir una “inmunidad colectiva”, a la que alude el informe de la UNESCO, no tiene por qué vacunarse a todo el mundo, sino a un porcentaje suficiente de la población como para que una enfermedad infecciosa no se convierta en epidémica.

La fundación Bill Gates, que financia a la Organización Mundial de la Salud (OMS), en unión de importantes compañías biotecnológicas, está implicada, junto con la Fundación Rockefeller en el objetivo de un registro y control biométrico de la población mundial, que llegue a identificar a cada persona por encima de los registros de identidad de cada Estado Nacional. El propio Bill Gates declara sin ambages que, tras la pandemia del COVID-19, el mundo solo volverá a la normalidad cuando todas las personas del planeta hayan sido vacunadas.

Como instrumento, la tecnología 5G, una red inalámbrica de última generación que permitirá cuando se implemente, no solo el desarrollo de una serie de tecnologías que cambiarán la forma de vivir y trabajar con aplicaciones en medicina telemática y automatización industrial, sino tener un registro de todo el mundo, sus datos biográficos y de salud, sus movimientos y con ello la pérdida de intimidad de todos los seres humanos.

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