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Cada año mueren en España cerca de 60.000 pacientes sin recibir un tratamiento que atenúe el sufrimiento. Hace dos años, el Dr. Javier Rocafort, director médico del Hospital Centro Cuidados Laguna de Madrid, en una entrevista en Diario Médico decía: «Hay sobre 60.000 personas que cada año están sufriendo innecesariamente porque necesitan cuidados paliativos avanzados y no los tienen. Cada día hay unas 150 personas que sufren innecesariamente… Cada diez minutos, una persona fallece en España con sufrimiento». En dos años no ha cambiado, sino que se ha agravado la situación.

Por eso se necesitan más y más unidades de cuidados paliativos en España. Todas las personas saben que la muerte es inevitable y que la vida es efímera. Y ante la inevitabilidad de la muerte lo que desea quien se siente mal y abocado a ese final es evitar el sufrimiento y dejar este mundo, si ello es posible, de la forma menos traumática posible, desde las perspectivas física, psíquica y espiritual. Y eso es precisamente lo que suministran los cuidados paliativos, un soporte médico justo al enfermo y a su entorno familiar, eludiendo la eutanasia y el encarnizamiento terapéutico y proporcionando al moribundo lo que sea humanamente posible en las dimensiones física, psíquica y espiritual.

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El error nuclear en el planteamiento de quienes reivindican la eutanasia es que confunden el extravagante derecho a morir con el derecho a ser matado

En la actual situación sociológica y sanitaria española, agravada por la incidencia de la pandemia que nos ha supuesto más de 50.000 muertes en unos pocos meses, no hace falta ninguna ley de eutanasia. ¿Es esa la respuesta a tantos ancianos que han fallecido en las residencias y a tantas personas que a pesar de los esfuerzos médicos han muerto en circunstancias de soledad y sin el soporte psíquico y espiritual adecuado? Por favor, un respeto a la vida de todas esas personas. Un respeto a la vida y, lo que hay que hacer es legislar para atender las deficiencias actuales y las necesidades de las personas que por las circunstancias que sean tienen próximo el hecho irreversible de la muerte.

En realidad, la eutanasia y los cuidados paliativos no son mutuamente opuestos. Si hablamos de derechos, los cuidados paliativos lo son, pero la eutanasia no. No puede serlo, pues no existe el derecho a algo que es consustancial con la vida humana, no existe el derecho a morir, la muerte es un hecho inevitable para todos.

Si alguien en un momento dado no desea seguir viviendo, siempre existe el recurso el suicidio. Suena duro, pero es la salida que soluciona los problemas a quienes por las razones que sean quieren dejar este mundo sin esperar al momento que inevitablemente llegará. Sin embargo, como señalábamos en la Declaración de CiViCa sobre la Eutanasia de junio de 2018, el error nuclear en el planteamiento de quienes reivindican la eutanasia es que confunden el extravagante derecho a morir con el derecho a ser matado. Que es a lo que se refiere el suicidio asistido.

Si el Estado reconociera el derecho a morir del solicitante, habría que establecer el modo de satisfacerlo. Para ser coherente, el Estado estaría obligado inexorablemente a crear un cuerpo de funcionarios cuya función sería quitar la vida a quienes lo pidieran. Descartados los médicos, por su obligado deber deontológico de procurar el mantenimiento de la vida hasta el final natural, solo quedaría el recurso de imponer a algún funcionario el deber de satisfacer un derecho subjetivo público reconocido por la ley. Este es el gran error de quienes reclaman la eutanasia, que lo que reclaman es el derecho a ser matado por otro, grave error cuando no se encuentra quien esté dispuesto a hacerlo y se pretende cargar a los médicos de la Sanidad Pública el deber de producir la muerte de quien lo solicitase.

Ante la perspectiva actual, con una ley que no cuenta con un respaldo social, ni bioético ni del mundo de la Sanidad española, como hizo el PSOE con la ley del aborto de 2010 –ni otras en su etapa de gobierno anterior-, es bueno recordar lo que suscribimos más de 7.000 personas hace 12 años, cuando se promovió por el mismo partido la primera iniciativa sobre el pretendido derecho a una “muerte digna”, eufemismo que trata de ocultar la dureza de la auténtica intención de una ley de eutanasia.  

El 23 de septiembre de 2008, un grupo de Profesores universitarios encabezado por los doctores César Nombela, Francisco López Timoneda, José Miguel Serrano Ruiz-Calderón, Elena Postigo, José Carlos Abellán y Lucía Prensa, presentamos e impulsamos un Manifiesto en defensa de la muerte natural, que por la fuerza de sus argumentos e interés en las actuales circunstancias creo oportuno recordar:

Manifiesto de Profesores Universitarios en Defensa de la Muerte Natural

      1. Ante las intensas presiones que se ejercen sobre la opinión pública española, para inducirla a consentir la legalización del suicidio asistido y la eutanasia, es necesario defender la dignidad de la muerte natural como final de toda vida humana. 
      2. La vida del ser humano es inviolable, por su dignidad intrínseca que no puede estar sujeta a gradaciones, ya que es universal, independiente de la situación de edad, salud o autonomía que se posea, y está radicalmente vinculada a los derechos humanos fundamentales.
      3. Esa dignidad, inherente a toda vida humana, conlleva el derecho irrenunciable de todos a la vida, siendo deber inexcusable del Estado el protegerla y cuidarla, incluso cuando la persona, su titular, parezca no darle valor.
      4. En cumplimiento de este deber, los estados más responsables reconocen el derecho de toda persona a los cuidados de salud más avanzados, pero, por ello, resulta contradictorio aceptar y promover deliberadamente el acabamiento de la vida de quienes pueden llegar a situaciones de debilidad, dependencia de otros y enfermedad terminal.
      5. El supuesto derecho de «autodeterminación» de la persona, para disponer de su vida como le plazca, entra en conflicto con el derecho irrenunciable a la vida; su utilización para despenalizar el suicidio asistido y la eutanasia no está justificada, podría incluso poner en peligro la vida de personas que de manera natural aspiran a sobrevivir hasta que les llegue normalmente su hora final.
      6. La eutanasia, entendida como el acto deliberado de acabar con la vida de una persona, sea a petición propia o por decisión de un tercero, y el suicidio asistido son ética y moralmente reprobables, pero ello no significa que se haya de practicar ningún tipo de obstinación terapéutica (o encarnizamiento terapéutico) hasta extremos injustificables para la práctica médica.
      7. Los cuidados paliativos, así como una atención integral al enfermo terminal, que le ayude en el último periodo de su vida, constituyen las opciones asistenciales compatibles con una concepción ética de la dignidad del morir.
      8. Se debe potenciar una medicina paliativa al alcance de todos, que aporte los conocimientos especializados y los avances en cuidados médicos y psicológicos, así como el soporte emocional y espiritual adecuado para la fase terminal, del enfermo y su entorno, ya que ese entorno que supone el hogar, la familia y los amigos tiene una gran importancia.
      9. Los profesionales de la salud deben respetar siempre la vida humana y su evolución hacia la muerte natural. La inversión del valor del curar o aliviar como principio esencial de la Medicina, sustituyéndolo por el de provocar la muerte, puede abrir vías cuyos límites son impredecibles. La Ciencia y la Práctica Médica tienen cada vez más y mejores instrumentos para actuar y para discernir; reclamar que se empleen a favor de la vida humana es un derecho de todos.
      10. La vida del ser humano es inviolable, por su dignidad intrínseca que no puede estar sujeta a gradaciones, ya que es universal, independiente de la situación de edad, salud o autonomía que se posea, y está radicalmente vinculada a los derechos humanos fundamentales.

Hacemos un llamamiento a los ciudadanos, y en especial a los poderes públicos, para que se reconozca la dignidad de la muerte natural; una sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la precariedad de su salud y por la actuación de terceros, se inflige a sí misma la ofensa que supone considerar indigna la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas”.

Para terminar, me apunto a lo que en su día señaló el exdiputado español del PP, D. Eugenio Nasarre, en la actualidad presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo: «Lo que resulta interesante observar es la gran similitud de los argumentos en que se basan quienes postulan hoy la legalización de la eutanasia con los que sostuvieron Hitler y los nazis, cuando la incluyeron junto con la eugenesia como parte esencial de su proyecto ideológico. Los actuales defensores de la eutanasia son, en este punto, herederos directos de las doctrinas nazis sobre la vida y la muerte de los seres humanos» (La eutanasia y el nazismo. Publicado en ABC, 16/10/2007).

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