Elon Musk investiga con Neuralink la integración del cerebro humano con las nuevas tecnologías.
Elon Musk investiga con Neuralink la integración del cerebro humano con las nuevas tecnologías.

Querido lector:

Es posible que haya seguido de cerca las batallas ideológicas del último siglo. Podríamos hablar de la separación de la procreación y el sexo, de la familia, del comienzo de la vida humana o de la definición del hombre y la mujer. Todas ellas batallas perdidas por ahora en esta parte del mundo que habitamos gracias al dinero de algunos, la perseverancia y secretismo de otros y, sí, de las omisiones de tanta gente de buen corazón que no ve venir estos movimientos de placas tectónicas sociales o, si son conscientes de ello, deciden no hacer nada.

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No pretendo con esta misiva arruinarle sus vacaciones estivales, pero es cierto que me siento obligado a compartir con usted algo que  me lleva preocupando en demasía estos meses. Se trata de la nueva batalla cultural que lleva ya un tiempo fraguándose en las esferas de poder pero que está a punto de estallar a la superficie y para la que algunos llevan preparándose desde hace décadas sin que usted ni yo hayamos movido un dedo, o los dedos suficientes.

Todavía no me he dignado a explicar de qué se trata este asunto del transhumanismo. Me pongo a ello.

El transhumanismo es una corriente filosófica, cultural y antropológica que cree que hay que extinguir al Homo Sapiens. Sí, al ser humano tal y como lo conocemos. Pretenden suplantarlo por un ser superior, por un ente híbrido entre humano y tecnología. Hablamos de una especie de superhombre biotecnológico, una versión moderna de lo que ya propondría Nietzsche. Al parecer somos demasiado débiles y hay que “mejorarnos”. La misión de sus seguidores fervientes es tomar el control de nuestra propia evolución para que no sea la naturaleza la que dicte nuestro camino. En definitiva no es sino la última forma de erigirse en dioses que ha sido ideada por nuestros congéneres. 

Las excusas son variadas pero van desde la desaparición del dolor, el control de las emociones y estados de ánimo en todo momento, la desaparición de enfermedades (o la selección de aquéllos que no vengan con “defectos”, para explicarlo llanamente y en su lenguaje utilitarista), el alargamiento de la vida humana, la inmortalidad o incluso la defensa de la “especie” frente a los riesgos de una tecnología –especialmente la inteligencia artificial- más avanzada que podría estar a punto de alcanzar lo que ellos llaman la “singularidad”, esto es, el momento en el que la tecnología empezará a aprender por sí misma, punto en el cual será difícil controlarla, según algunos.

No pretendo alarmarle, pero sí que reaccione de forma sosegada a este desafío que seguramente será el más grande que conozcamos como raza

Los riesgos de la inteligencia artificial (IA) no son nuevos para la comunidad científica. De hecho, personalidades de este campo como Stephen Hawkins, Elon Musk (ya hablaremos de él) y bastantes profesores de Cambridge, Oxford, Harvard o el MIT, por citar los más relevantes, firmaron una carta abierta allá por enero de 2015 para hacer un llamamiento mundial con la finalidad de que la ciencia se enfoque no sólo en desarrollar IA, sino también en el control de la misma y los daños colaterales que podría causar esta tecnología a nuestra sociedad.

Con este tipo de cartas hay que tener sumo cuidado, pues la intención es siempre crucial. Mientras estoy seguro que muchos de los científicos firmantes lo hicieron de buena fe, de ahí que le dé cierta importancia, es cierto que otros podrían tener otras intenciones y me refiero, en concreto, a Elon Musk. ¿Se acuerda de él, querido lector? Efectivamente, es el todopoderoso fundador de Tesla. Pero no sólo. También es el co-fundador de Neuralink, empresa que está desarrollando dispositivos para implantar en el cerebro humano con la finalidad de realizar una simbiosis entre el humano y la tecnología. Parece de ciencia-ficción, pero hace escasas semanas presentaron al mundo su primer producto, que pretenden usar en un paciente antes de que termine el 2020.

Se trata de un chip con miles de hilos del grosor de un pelo que serán introducidos en el cerebro para que sea posible el contacto directo con la tecnología. Los hilos se conectarán a las neuronas para que pueda producirse un intercambio de datos (recibir e introducir) y puedan controlarse artefactos con la mente. Se pretende aplicar la tecnología primero en pacientes con parálisis pero como usted, lector, se habrá dado cuenta, el señor Musk no va a invertir su tiempo ni su dinero en una solución tecnológica para curar a un puñado de enfermos. De hecho, por si quedaba alguna duda de ello, Don Elon lo dejó claro.

La intención última de su empresa es la “simbiosis con la inteligencia artificial”, pues incluso en “el escenario más benigno” los humanos serán “dejados atrás”. Por ello, en vez de controlar el desarrollo de la IA de forma apropiada, lo que propone es la plena “unión con la IA”. Esta es la razón por la que dude de las intenciones de Elon Musk al firmar la ya famosa carta abierta.

Parece que al firmarla ponía el foco en los posibles peligros que, una vez constatados, necesitarán una solución tecnológica para aplacarlos: la desaparición de la especie humana por frágil e imperfecta. Y mire usted qué casualidad que esa solución vendrá de las mismas manos que firmaron la cartita y que a la vez se llenarán los bolsillos con lobotomías refinadas del siglo XXI.

Espero tener la oportunidad de analizar este asunto más en profundidad en otros artículos, pues hay muchas aristas que tratar. Sirvan estas líneas para que al menos vayan conociendo esta palabreja, algo de la ideología utilitarista que está detrás de ella y para que vaya pensando qué puede hacer, desde su profesión o con sus habilidades, para luchar contra una élite que con la excusa de defendernos de nuestra propia tecnología, pretende acabar con la misma especie humana y su dignidad. Todo esto, claro está, mientras intentan preservar especies animales que desde un punto de vista evolutivo no tiene sentido alguno, pero esto daría para mucho.

No pretendo alarmarle, pero sí que reaccione de forma sosegada a este desafío que seguramente será el más grande que conozcamos como raza. Yo, todavía, no tengo una respuesta adecuada al mismo.

Espero que siga disfrutando de sus vacaciones, si es lo que le toca, o que la carga no le sea muy pesada, si está trabajando como al que le escribe.

Un cordial saludo de su compañero de raza, espero que por mucho tiempo.

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