La política de puertas abiertas es un suicidio en todos los sentidos.
La política de puertas abiertas es un suicidio en todos los sentidos.

El ser humano se caracteriza por su empatía con el otro, fruto de su inclinación social y de su necesidad de contactar con ‘el otro’. Gracias a esa empatía y sentimiento de unidad las sociedades se han podido desarrollar en mayor o menor medida, siendo las naciones más desarrolladas las que más sentido de pertenencia y unidad tienen de sí mismas. Ejemplo de ello es Europa o América, donde la identidad es uno de los pilares básicos para la convivencia. O, al menos, lo era.

Desde hace pocas décadas, ese sentimiento de solidaridad muy subjetivo se ha acabado imponiendo por encima de todo lo demás como si de una obligación moral y objetiva se tratase. Ahora no es suficiente con ser solidario con mi entorno y con las personas más cercanas a mí (el hombre está limitado en el espacio y en el tiempo), sino que debo ayudar sea como sea a cualquiera, incluso a aquellos totalmente incompatibles con las culturas que las acogen y, en algunos casos, hasta a enemigos declarados y acérrimos. Cuando algunos después matan indiscriminadamente la culpa es de los que acogen por no haber sabido integrarles. De locos.

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La crisis migratoria que sufre el mundo en general, pero Europa en particular, no es casual ya que se ha visto favorecida –cuando no inducida- por las grandes potencias y organismos internacionales, muchas veces de la mano de mafias y grupos terroristas como es Al Qaeda en el Magreb islámico o el Estado Islámico y sus amigos en países como Libia en el norte de África o en la guerra de Siria. Pero el problema es aún más grave cuando muchas ONG favorecen –cuando no ayudan directamente- a que esto siga siendo así. Cabe recordar que algunas de ellas como Open Arms han sido ya denunciadas por tráfico ilegal de personas, pero parece que eso no importa cuando se hace en aras de la ‘Democracia’ y el respeto a los ‘Derechos Humanos’.

Organismos como la ONU han llegado a tildar el problema migratorio como “inevitable, deseable y necesario” y cabe preguntarse desde cuándo el poner en riesgo la vida de decenas de millones de persona por inanición en desiertos o ahogados en el mar es inevitable, deseable y necesario. Estamos hablando de la mayor y más poderosa organización internacional del mundo e, implícitamente, está diciendo que no va a hacer nada para evitar esos flujos migratorios. Con la inmigración masiva los únicos que salen ganando son los gobiernos y las empresas multinacionales que consigue mano de obra prácticamente a precio de esclavo por la inevitable bajada de salarios ante el aumento de la demanda de puestos de trabajo (ley básica del capitalismo).

Las víctimas son tanto los que están a un lado como a otro de las vallas que ahora el PSOE, en un falso alarde de solidaridad buenista, pretende eliminar o reducir Dios sabe con qué objetivo. La hipocresía de los políticos progresistas no tiene límites, sino que se lo digan a Pablo Iglesias e Irene Montero -líderes del partido Podemos- que pide que se eliminen las fronteras y que entre cualquiera. Fácil decirlo cuando se han comprado una casa de un millón de euros (¿casta?) lejos de toda barriada de clase baja donde los que más perjudicados salen son los obreros de toda la vida que ven como ahora, además de luchar para sobrevivir, tienen que luchar con otros que llegan a ocupar su puesto. Los desplazados también tienen color blanco, aunque algunos pretendan hacernos sentirnos culpables de un supuesto “privilegio blanco”, concepto de reciente creación del marxismo cultural para abrir un nuevo frente (el enésimo) en la sociedad.

La solución, cuanto más tarde en aplicarse, más radical será

Las políticas progresistas y socialdemócratas sin sentido de Estado ni de las identidades nacionales -ahora ser patriota es sinónimo de fascista porque lo normal es sentirse ‘ciudadano del mundo’- han creado personajes como Donald Trump, Marine Le Pen, Matteo Salvini y un largo etcétera que todavía está por llegar. Esto debe entenderse cuanto antes: las políticas proteccionistas surgen como reacción ante unas políticas abusivas cuyo único fin parece ser la destrucción de las sociedades tradicionales para desligar al individuo y convertir al planeta entero en una legión de esclavos consumidores en un sistema alienante.

No deseo que estas líneas sean malentendidas por los adalides de la igualdad y los comisarios de la verdad única. Por eso quiero dejar muy claro que es necesario ayudar al prójimo, al más necesitado, pero la ayuda debe tener un sentido y no debe ofrecerse como si fueran apósitos para tapar una herida cuando la hemorragia es mucho más grave y sus causas son otras. Es aquí donde está la delgada línea roja entre la solidad, la maldad y la estupidez. La solidaridad es ayudar al prójimo en lo que se pueda, pero no a costa de tus propios conciudadanos; la maldad proviene de políticos, empresarios y mafiosos que se lucran de esta inmigración masiva y de los conflictos que generan, hundiendo a la población en trifulcas para evitar que piensen más allá de lo que sus ojos les permiten ver; y la estupidez está encarnada por los centenares de miles que por un lado piden más apoyo social por parte del Estado pero no se da cuenta de que millones de personas con nula preparación profesional, sin conocimiento del idioma y sabedores de cómo tocar la tecla emocional adecuada para que lluevan subvenciones, se aprovechan de unos sentimientos muchas veces mal enfocados. Hasta tal punto hemos llegado que youtubers marroquíes explican cómo llegar a lugares como Navarra para cobrar los subsidios sin trabajar. Y el nuevo inquilino de Moncloa –me cuesta llamarle presidente porque se preocupa de todos menos de sus compatriotas- negaba el efecto llamada. ¿Alguien dijo que venían a pagarnos las pensiones?

Recuerdo aquí las palabras de la Hermana María Guadalupe -una monja que ha estado en Siria durante la gran parte de la guerra- sobre los ‘refugiados’: “Caridad no es buenismo”. Mejor explicado, imposible. Es de esto de lo que peca la gran parte de estas personas.

No es normal que los Estados se vuelquen antes en ayudar a extraños que a propios; no es normal que los medios de comunicación te tachen de xenófobo, racista, nazi, fascista, etc., por querer proteger a tu pueblo frente al abuso de la clase política y económica; no es normal que no haya habido ninguna ayuda, repito, ninguna para los españoles durante los años de crisis y ahora personajes como Manuela Carmena se saquen de la manga 100 casas para los supuestos refugiados cuando la mayoría de ellos no lo son, sino que son inmigrantes de toda la vida (¿dónde estaban esas casas para los indigentes, para los desahuciados, para las familias numerosas que son de las pocas que mantienen la natalidad española?); no es normal que los supuestos refugiados cuando pisen tierra desaparezcan y lleven consigo móviles de última generación y, en algunos casos, fajos de billetes; no es normal que los supuestos rescatadores en las aguas del Mediterráneo no sean rescatadores sino taxistas marítimos que cargan y descargan centenares de personas sin que ningún guardacostas les dé el alto y les devuelva a sus lugares de origen; no es normal que muchos quieran ayudar a cualquiera con el dinero público pero no den ejemplo con su propio dinero; no es normal aceptar a miles de personas sin ningún control sanitario ni legal cuando al ciudadano medio le fríen a controles tan solo por moverse de un lado a otro como si fuera un delincuente; no es normal que muchos tengan bula papal para hacer lo que quieran, como quieran y cuando quieran no vaya a ser que si se les pone los puntos sobre las íes el problema sea del policía de turno por pedir la documentación a un inmigrante ilegal que se beneficia de la venta de productos falsos como los ‘manteros’, ni que después destrocen un barrio entero como Lavapiés sin que haya consecuencias. Nada es normal pero las élites se empeñan en vendernos la imagen de normalidad.

La verdadera solidaridad no hace falta exhibirla como si de un trofeo se tratara, se practica día a día. El bien se hace sin importar quién esté mirando

La solución, cuanto más tarde en aplicarse, más radical será. Es un aviso a navegantes y el que avisa no es traidor. Muchos se echarán las manos a la cabeza preguntándose por qué el péndulo tornará al otro extremo a este paso si ellos fueron tan buenos, tan solidarios, tan bien pensantes, tan todo menos lo que tenían que ser: consecuentes.

Dejen de recibir con manos abiertas a quienes no van a tener un trabajo cuando hay millones de parados y el sistema de seguridad social no es sostenible, dejen de vender humo como si Occidente fuera el paraíso en la Tierra cuando dista mucho de serlo, dejen de traer a personas para sentirse mejor consigo mismos mientras siguen comprando ropa o electrodomésticos fabricados en países donde mueren centenares de personas explotadas, dejen de intentar cambiar el mundo y empiecen por cambiarse a sí mismos y dejen de hipotecar nuestro futuro y el de nuestras generaciones.

Ni África ni Asia caben en Europa, es sencillamente imposible. Dediquen sus esfuerzos a frenar a las mafias, a que sean perseguidas y exterminadas, a arrinconar a los explotadores de materias primas, a señalar a los corruptos dictadores que explotan a sus propios ciudadanos. Hay muchas causas por las que luchar, pero todas ellas quizás sean más difíciles que recoger a pobres inmigrantes y darles mantas. Quizás por eso prefieren hacerse ‘selfies’ con ellos en la patera o en el taxi marítimo de turno para obtener muchos ‘me gusta’ en las redes sociales antes que dejar su cómoda vida y jugarse el pellejo combatiendo a los traficantes en su propio territorio o ir a Siria a combatir contra los yihadistas como algunos bravos españoles han hecho, dando su vida en el intento. La verdadera solidaridad no hace falta exhibirla como si de un trofeo se tratara, se practica día a día. El bien se hace sin importar quién esté mirando.

Avisos como el de Donald Trump y la construcción del muro han servido para reducir el flujo migratorio ilegal en la frontera con México un 35 por ciento. Medidas como las de Viktor Orbán en Hungría han reducido un 43 por ciento la entrada de inmigrantes entre 2016 y 2017. Ahora Merkel tendrá que aceptar lo que no quería después de que el pueblo alemán haya pasado de un 7 por ciento al 86 por ciento de apoyos a la deportación forzosa de inmigrantes ilegales. El pueblo está harto de los políticos que han permitido la entrada de millones de personas cuyas consecuencias no siempre se comunican: violaciones masivas de mujeres europeas, asesinatos, pederastia, robos, subvenciones que ni en sueños puede recibir un ciudadano cualquiera después de trabajar toda su vida y pagar religiosamente sus impuestos… Es imposible que ninguno de nuestros iluminados políticos, tan dados a pensar en todo como nos dicen, no hayan calculado las consecuencias de traer a millones de personas cuya cultura raya el medievalismo. Ninguna de las mujeres violadas o asesinadas (¿dónde están las feministas?) ha sido de los políticos que nos dirigen como marionetas, sino de los ciudadanos inocentes e indefensos. Ninguno de los barrios destrozados han sido los suyos apartados del resto de los mortales. ¿Quién pagará por su sangre?

La Historia nos da ejemplos de todo y parece que estemos condenados a repetirla. No se puede ser romano y aplaudir a los bárbaros, ¿se acuerdan?

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