El régimen comunista chino seleccionará a donantes de esperma según su adhesión al Partido Comunista. /Actuall
El régimen comunista chino seleccionará a donantes de esperma según su adhesión al Partido Comunista. /Actuall

Los chinos lo tienen muy claro: si no eres comunista, no te reproduzcas.

Afortunadamente, esta política no se refiere ahora, como lo era en tiempos de Mao, a recibir un tiro en la nuca y cobrarle la bala a la familia si uno tenía pensamientos incorrectos.

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No, se refiere a las condiciones que impone el Partido a quienes pretendan convertirse en donantes de semen y aspiren, así, a transmitir su ADN a futuras generaciones de chinos.

Sólo los hombres con un amor permanente por la patria podrán postularse“, aclara la información del Third Hospital de Pekín, dirigido a los donantes potenciales, después de aclarar otras condiciones, como no padecer enfermedades heredables, infecciosas o mentales.

“Debe tener buenos pensamientos ideológicos”, especifica el hospital dedicado a la fertilización artificial y “amar a la patria socialista y apoyar a los líderes del Partido Comunista Chino”.

“Este caso de miopía ideológica pretende que el multiculturalismo, la coexistencia de varias culturas en un mismo espacio político, es siempre buena”

Es curioso, en una época en la que es tabú considerar que se heredan biológicamente circunstancias psicológicas menos específicas, como la inteligencia o la visión espacial, que los chinos piensen que el amor a la patria o la corrección ideológica van en los genes. Una imagina a un niño chino adoptado por una pareja de Wisconsin despertando una mañana, antes de dirigirse a la High School en ese autobús amarillo que las películas han hecho entrañable, enfervorecido de amor a la patria socialista a tantos kilómetros de distancia.

Pero lo que realmente me llama la atención de la noticia es menos la peculiar superstición pseudocientífica de los chinos como el modo en que desenmascara dos errores esenciales de nuestra civilización europea que, al fin, es la que me interesa.

El primero es el error multicultural. Este caso de miopía ideológica pretende que el multiculturalismo, la coexistencia de varias culturas en un mismo espacio político, es siempre buena, porque las culturas importadas, que se postulan siempre tan valiosas como la nuestra (cuando no mejores), solo pueden enriquecer la propia, haciendo a nuestras sociedades más aptas para el mundo globalizado que indefectiblemente se nos viene encima.

Es, claro, un espejismo sentimental. Porque el multiculturismo no es lo que pensamos, lo que nos gustaría; no son la Fiesta de la Cosecha africana celebrada en el madrileño barrio de Lavapiés o el Año Nuevo chino; no son rollitos de primavera y el exotismo de las formas en un modo de vestir o cocinar.

La cultura es un modo de ver el mundo, de concebir al hombre, de entender la vida en comunidad. Y, cuando son muy diferentes, estarán en abierta competencia en una sociedades en las que, al final, el cómo se vive se decide por votos.

“Todos queremos pensar que, como China nos lo vende todo, como China es ‘moderna’ en su tecnología, eso la convierte en ‘uno de los nuestros'”

Y, en nuestra sociedad abierta y relativista, que niega activamente que existan culturas mejores y peores, nos hemos quedado sin argumentos lógicos para prohibir, no ya el burqa, sino la mutilación genital de las niñas, los crímenes de honor, el matrimonio infantil, la primacía de la ley religiosa sobre la civil y, en fin, miriadas de otras cuestiones, mucho menos digeribles que el pato a la pequinesa, que traen incorporadas como parte de su cultura los recién llegados.

Sí, les parecerá espantoso, y estoy segura de que la abrumadora mayoría de occidentales es partidario de prohibir todas esas prácticas que nos repugnan aunque sean habituales y aun obligadas en su tierra. Pero, entonces, el ‘todas las culturas son iguales’ pierde absolutamente su sentido, y el tan cacareado multiculturalismo queda reducido a una mascarada de bailes, gastronomía y folclore.

Reflexionen, por un segundo, la mentalidad tan abrumadoramente diferente que supone exigir ser un buen comunista para reproducirse o, al menos, para reproducirse artificialmente.

Y esto nos lleva al segundo error, referido específicamente a China. Todos queremos pensar que, como China nos lo vende todo, como China es ‘moderna’ en su tecnología, eso la convierte en ‘uno de los nuestros’, un país ‘normal’ y perfectamente aceptable en el concierto de las naciones, tan diferentes de esas tiranías a las que hay que bombardear porque no son democráticas.

Nuestra codicia y cobardía nos ciegan ante la evidencia de que China sigue siendo una terrorífica tiranía absolutamente controlada por el Partido Comunista, donde hasta hace poco estaba prohibido tener más de un hijo como ahora lo está tener más de dos -con aborto obligatorio en caso de infracción-, que encarcela a los disidentes, persigue a los cristianos y, en fin, está tan dominada por la ideología oficial que teme que los malos pensamientos se transmitan por el ADN.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.