Callum (Hanna) Mouncey fue deportista profesional masculino hasta 2013. Luego comenzó a competir con mujeres en 2013, tras un proceso de hormonación trans.
Callum (Hanna) Mouncey fue deportista profesional masculino hasta 2013. Luego comenzó a competir con mujeres en 2013, tras un proceso de hormonación trans.

Sé que me pongo muy pesada con el evidente choque de trenes que le espera al progresismo reinante, pero es que resulta fascinante de ver, y me llueven ejemplos recientes. Hace poco pude ver un vídeo de una ciudad británica, en la que una musulmana fundida en negro hasta más allá de lo concebible -el verano debe de ser la peor estación para seguir la fe de Mahoma en su versión femenina más estricta, qué agobio- avergonzaba a gritos a un miembro rezagado de uno de estos innumerables desfiles de gente medio desnuda o vestida con cueros o extraños disfraces con los que los LGTBI quieren convencernos de que son gente totalmente normal que solo pide aceptación.

La mujer corría detrás del pobre tipo, que no sabía qué hacer con su bandera arcoiris, mientras un policía sudaba la gota gorda calibrando a qué colectivo protegido debía mayor pleitesía y, suponemos, rezando por que la cosa no pasara a mayores y se viera en la diana de los unos o de los otros.

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Es de cajón. El islam, tal como se da en la realidad y no en las fantasías de colorines de la progresía, es abierta y totalmente incompatible con las licencias de la postmodernidad. No es nada que los muslimes, Dios les bendiga por ello, quieran disimular ni siquiera un poquito. Cualquiera con dos dedos de frente deduce de ahí que llenar nuestras sociedades de islámicos es una receta segura de conflicto, al menos con las tesis más amadas por el pensamiento contemporáneo.

De todos es sabido que un número no despreciable de atletas varones, segundones en sus categorías, han descubierto de repente que, hey, en realidad son mujeres

Los liberales partidarios de la invasión, creyendo que los seres humanos somo piezas idénticas y que la identidad y las ideas son como vestiduras de las que es fácil desprenderse, confían en que se les pase y acaben siendo como de aquí de toda la vida, guardando su piedad para la intimidad pero, en todo lo demás, honrando a los dioses del César. Eso, aparte de arrogantemente imperialista –¿por qué unos relativistas están tan seguros de que sus ideas son mejores que las de los recién llegados?-, exigiría un amago, al menos, de integración y asimilación que, sencillamente, nadie da ni se atrevería a dar.

Pero la semana también me ha traído noticia de un indicio que apunta a otro de estos choques de trenes de los que hablo, en este caso entre la ideología de género y el feminismo. Este promete ser glorioso.

De todos es sabido que un número no despreciable de atletas varones, segundones en sus categorías, han descubierto de repente que, hey, en realidad son mujeres. Esto, que en los orígenes lejanos del movimiento ‘trans’ podía suponer desagradables amputaciones o, cuando menos, cierta verosimilitud, se ha hecho ridículamente fácil gracias a la mencionada ideología, que permite la transición sin tener que hacer nada especial. Así que solo hay que pasar de Harry a Harriett, y empezar a acumular medallas de oro.

Lo divertido, lo cómico, lo carcajeante del asunto es que las mujeres que han aceptado esta farsa como dogma tienen que ver cómo un tiarrón con la testosterona saliéndole por las orejas se lleva el santo y la limosna de sus preciosos logros deportivos y tienen que aplaudir y hacer como que se lo creen. Porque, además, ya saben: no hay diferencias significativas entre hombres y mujeres, eso es un constructo cultural, y por tanto da igual porque el Juan reconvertido en Juana no tiene mayor ventaja sobre sus colegas en el terreno deportivo.

Se habla mucho y mal del tonto del pueblo, del que hemos hecho protagonista de tantos chistes crueles. Pero ese entrañable idiota tenía y tiene -si sigue existiendo- una enorme ventaja sobre el sofisticado moderno. No sabe nada, no ha leído nada, y por tanto no sería tan fácil de engañar como el profesor universitario de hoy, que puede sostener los mayores disparates que no engañan al lelo tradicional, como el que hemos expuesto.

No hace falta, pues, estudio alguno para darse cuenta de que los varones tienen ventajas de fuerza física y destreza sobre las mujeres. Está a la vista y todo el mundo lo vive en su vida cotidiana; es una de esas cosas de las que hablaba Chesterton en su día, tan estúpida que solo un profesor podría creerlas.

Pero, al menos residualmente, los profesores modernos mantienen un vago respeto por lo que sale en papeles con el nombre de ‘estudios’. Y uno de esos acaba de publicar el norteamericano Journal of Medical Ethics. Sostiene la fútil investigación -preguntándome a mí acababan antes y les salía más barato- que las ‘mujeres’ nacidas como varones que se dedican al deporte tienen una ventaja innata, natural, sobre sus rivales. Y que eso no es muy ético, claro.

No les voy a aburrir con los detalles sobre masa muscular y testosterona en sangre, porque solo tiene interés para los inclinados al mundo científico y no es mi caso. Además, distrae de la verdadera discusión.

Los tontos del pueblo hemos acertado, y los sofisticados profesores, naturalmente, erraban, como por otra parte no hace más que comprobarse en una prueba deportiva tras otra

La teoría era que como estos especímenes se estaban sometiendo a terapias hormonales -una condición en el deporte, no en sociedad, donde no se necesita nada en absoluto para ‘cambiar’ de género a efectos civiles-, los efectos de estas terapias anulaban las ventajas naturales que pudieran tener como varones biológicos. 

Bueno, pues los tontos del pueblo hemos acertado, y los sofisticados profesores, naturalmente, erraban, como por otra parte no hace más que comprobarse en una prueba deportiva tras otra.

Tarde o temprano, hasta la más lerda de las feministas se dará cuenta de que, si el sexo es meramente un constructo cultural, cambiable a voluntad, toda su ‘lucha’ se viene abajo, y la causa de la mujer pierde todo significado, porque la palabra mujer no querrá decir nada. Si las diferencias visibles no deciden lo que es ser mujer, ni las hormonales, ni las cromosomática, ni inclinaciones, aptitudes, preferencias o habilidades, ser mujer no es nada, no existe significado alguno para el significante “mujer”, con lo que el feminismo carece de sentido.

Pero démosles tiempo, que las chicas no parecen muy despiertas.

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